El “Padre Nuestro”: Una oración para el Final de los Tiempos

En entradas anteriores dentro de esta serie empecé a abordar temas relativos a la reconstrucción moderna del Jesús Histórico, empezando por abordar cuestiones metodológicas, y aplicándolas para resolver interrogantes concretos sobre su existencia como personaje histórico, su nacimiento, y familia. En esta entrada empezaré a abordar cuestiones históricas relativas a la propias enseñanzas de Jesús, iniciando por la icónica oración que él le enseño a sus primeros seguidores: el Padre Nuestro.

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El análisis del Padre Nuestro se hará en dos secciones. En la primera, se buscará restablecer la oración a su versión más primitiva, revertiendo los ajustes editoriales efectuados por la tradición evangelística. Habiendo terminado eso, procederé a interpretar la oración en su contexto histórico original, es decir, dentro de las expectativas mesiánicas y escatológicas presentes en el judaísmo del Siglo I.

El Padre Nuestro: Reconstrucción

¿Porque “reconstruir” el Padre Nuestro?

Algo que quizá resulte sorprendente sea el hecho de que la versión del Padre Nuestro que se recita todos los domingos con toda probabilidad no es la versión “original” de la oración, sino una versión ligeramente “retocada” por las primeras comunidades cristianas. Para entender la razón detrás de esta afirmación es necesario primero percatarse de que en el Nuevo Testamento no aparece una única versión del Padre Nuestro, sino que en realidad figuran dos de ellas: una en el Evangelio de Mateo y otra en el Evangelio de Lucas:

Mateo 6: 9-13 Lucas 11: 2-4
Padre nuestro que estás en el cielo,
Santificado sea tu nombre.
Venga tu reino.
Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan cotidiano.
Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores.
Y no nos dejes caer en tentación.
Sino líbranos del maligno.
Padre,
santificado sea tu nombre.
Venga tu reino.
Danos cada día nuestro pan cotidiano.
Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben.
Y no nos metas en tentación

En efecto, los evangelios preservan dos versiones similares aunque no idénticas de la icónica oración, hecho que de por sí indica que al menos una de ellas ha sido embellecida o retocada por la tradición evangelística. 

Ahora bien, ¿no es posible simplemente que el Jesús Histórico haya ofrecido dos versiones de la misma oración en dos momentos distinto? ¿No es posible de que estemos ante “dos versiones originales” por así decirlo? Esta aparentemente sencilla explicación, si bien posible, resulta improbable una vez nos familiarizamos con el sistema de fuentes que subyace detrás de los evangelios de Mateo y Lucas.

En efecto, hoy en día existe un consenso substancial entre académicos, exegetas y comentaristas bíblicos de que Mateo y Lucas no compusieron sus evangelios de forma independiente, sino que ambos usaron dos fuentes en común: el Evangelio de Marcos, y una lista de de dichos, parábolas y enseñanzas de Jesús traducidas al griego a la cual los expertos han bautizado como el Documento “Q”. Ambos evangelistas habrían combinado y editado conjuntamente estos dos textos de forma creativa para crear sus propios evangelios. Así, el sistema de fuentes que subyace detrás de los evangelios de Mateo y Lucas se vería así: 

Fuentes Sinoptico
Con púrpura se representa el material literario proveniente del Evangelio de Marcos, y con azul el proveniente del Documento “Q”. Mateo y Lucas habrían combinado ambos documentos con tradiciones únicas a ellos (representadas con verde y celeste respectivamente) para así crear sus propios evangelios.

No voy a entrar aquí a detallar las razones que llevan a la mayoría de estudiosos modernos a afirmar que este sistema de fuentes es correcto, ya que le he dedicado una entrada completa al tema. Basta aquí simplemente notar que si esta reconstrucción de fuentes es correcta, entonces eso significa que no es posible explicar las diferencias entre ambas versiones del Padre Nuestro apelando a dos “versiones originales”, ya que ambos evangelistas la habrían obtenido de una única fuente escrita en común. En efecto, el Padre Nuestro probablemente se encontraba en el listado de dichos, parábolas y enseñanzas de Jesús traducidas al griego que tanto Mateo como Lucas emplearon, lo que a su vez significa que necesariamente las diferencias en ambas versiones son el resultado de deliberados retoques editoriales. 

Esto puede quizá resultar escandaloso o inverosímil para los cristianos de hoy en día para quienes los evangelios, y más aún el Padre Nuestro, son vistos como tradiciones sagradas que nadie osaría modificar o editar. Esto, sin embargo, es una forma anacrónica de ver las cosas. En la época que se redactaron los evangelios su contenido todavía no era visto como sagrado o inmutable, sino que era parte de una transmisión fluida, viva y flexible de tradiciones y relatos sobre Jesús de Nazaret. Esto no es un hipotético. Basta con comparar al Evangelio de Marcos con el de Lucas o Mateo para percatarse que estos dos últimos le realizaron cambios y ediciones extensivas a la obra del primero (invito al lector a comprobarlo por sí mismo). Los evangelistas simplemente no parecen haber tenido reparo alguno en editar, modificar y embellecer sus fuentes en el momento de incorporarlas en sus propias obras. 

Ahora bien, habiendo establecido que Mateo y Lucas probablemente copiaron el Padre Nuestro de una fuente anterior y que le realizaron retoques, ¿hay alguna forma de reconstruir la versión original?

Reconstruyendo el Padre Nuestro

A diferencia del Evangelio de Marcos, el cual sobrevivió hasta nuestros días, el Documento “Q” no fue preservado por las comunidades cristianas, motivo por el cual a la fecha de hoy no tenemos acceso directo a una copia de este. Consecuentemente, toda reconstrucción de su contenido requiere de cierta especulación y creatividad.

Para reconstruir el Padre Nuestro es necesario comparar y contrastar cuidadosamente ambas versiones de la oración teniendo estas preguntas en mente:

  • Si hay algo que aparece en una versión pero no en la otra, ¿es más probable que uno de los evangelistas la haya añadido o que el otro la haya quitado?
  • Si las expresiones usadas en una de de las versiones no coinciden con las de la otra ¿cuál de las dos versiones tiene más probabilidades de conservar el vocabulario original?

Teniendo estas dos cuestiones en mente podemos volver a comparar ambas versiones de la oración, marcando en rojo aquellos elementos que solo aparecen en una de las versiones y en azul aquellas expresiones que no son iguales.

Mateo 6: 9-13 Lucas 11: 2-4
Padre nuestro que estás en el cielo,
Santificado sea tu nombre.
Venga tu reino.
Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan cotidiano.
Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores.
Y no nos metas en tentación.
Sino líbranos del maligno.
Padre,
santificado sea tu nombre.
Venga tu reino.
.……
.……

Danos cada día nuestro pan cotidiano.Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben.
Y no nos metas en tentación

Empezando por las expresiones que están en rojo, es decir, por aquellas que no tienen paralelo en la otra versión, notamos primero que estás solamente figuran en la versión de Mateo por lo que o bien fueron añadidas por ese evangelista o omitidas por Lucas. De estas dos posibilidades la primera parece ser la más probable. En efecto, no hay una razón discernible por la cual Lucas quisiera omitir las peticiones marcadas. Mucho más fácil es imaginarse que fue Mateo quien las añadió. Respecto a las expresiones en azul, es decir aquellas que son expresadas con distintas palabras en la otra versión, la situación parece ser la opuesta. En efecto, la versión de Mateo parece ser más “semita” que la de Lucas. Por ejemplo, la equiparación de “deudas” con “pecados” figura en la literatura judía de la época, más no la grecorromana. Así, es más probable que Mateo sea el que preserve el vocabulario original y que Lucas, escribiendo para una audiencia grecorromana, le haya hecho algunos ajustes.

Así, la versión reconstruida del Padre Nuestro que figuraba originalmente en el Documento “Q” probablemente sería esta:

Padre,
Santificado sea tu nombre.
Venga tu reino.
Danos hoy nuestro pan cotidiano.
Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores.
Y no nos metas en tentación.

Basándose en esta reconstrucción, algunos investigadores se han aventurado a ofrecer una versión en arameo (la lengua de Jesús y sus primeros seguidores). Aquí abajo ofrezco la ofrecida por Joseph A. Fitzmyer:

Español

Arameo

Padre,
1. Santificado sea tu nombre.
2. Venga tu reino.
3. Danos hoy nuestro pan cotidiano.
4. Perdónanos nuestras deudas, como  también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores.
5. Y no nos metas en tentación.
‘abbā’
1. yitqaddaš šĕmāk.
2. tē’têh malkûtāk.
3. laḥmanā’ dî mistĕya hab, lanāh yômā’      dĕnāh.
4. ûšĕbuq lanāh ḥôbaynā’ kĕdî šĕbaqnā’ lĕḥayyābaynā’.
5. wĕ’al ta‘ēlinnanā lĕnisyôn.

La estructura de la plegaria consistiría en una simple palabra para dirigirse a Dios como “Padre” seguida de cinco peticiones de las cuales las dos primeras conciernen a Dios directamente (“tu nombre”, “tu reino”) seguidas de tres peticiones relativas a las necesidades comunales del orador (“nuestro pan”, “nuestras deudas”, “no nos metas”). 

El Padre Nuestro en su Contexto Histórico

Cuando los investigadores buscan encontrar la interpretación original del Padre Nuestro en su contexto histórico, no están indicando que esa es la única interpretación válida teológica o espiritualmente hablando. El Padre Nuestro puede significar algo muy distinto para un evangélico estadounidense de clase media, un campesino católico de la América Latina rural, o un monje ortodoxo en un monasterio en grecia. Muchos cristianos incluso ni siquiera tienen una interpretación de la oración, sino que simplemente la repiten sin pensar en lo que realmente dicen. En efecto, el creyente está en su perfecto derecho de interpretar sus oraciones a la luz de su propia vivencia y experiencia. Pensar que la única interpretación “espiritualmente válida” de una oración es aquella que le dieron los primeros cristianos es, por lo tanto, absurdo. Así, la contextualización histórica del Padre Nuestro debe entenderse como un ejercicio estrictamente académico que de ningún modo busca criticar la interpretación que le puedan dar los cristianos modernos. 

Sin embargo, este ejercicio si nos debe poner en guardia contra la ingenua idea que la interpretación de esta oración hecha por Jesús y sus primeros oyentes se traduce fácilmente a nuestro mundo. El Padre Nuestro fue pronunciado originalmente en un universo radicalmente distinto al nuestro, por personas que vivían, pensaban y existían de un modo casi incomprensible para nosotros y que hablaban una lengua muy distinta. Jesús y sus seguidores eran judíos mesiánicos que vivían en un contexto de opresión en una área remota y empobrecida del Imperio Romano hace casi dos milenios. Eran personas que no pensaban como nosotros, no creían las cosas que creemos y que tenían intereses y preocupaciones distintas a las nuestras.

Las dos primeras peticiones.

1. Santificado sea tu nombre.
2. Venga tu reino.
1. yitqaddaš šĕmāk,
2. tē’têh malkûtāk,

Estructuralmente hablando, lo primero que notamos es las dos primeras peticiones riman en arameo debido a la forma que ese lenguaje expresa el posesivo en segunda persona (“tu” nombre, “tu” reino). Adicionalmente, a diferencia de las otras tres peticiones, estas no están conectadas por un “y” (en arameo “wĕ” o “û”). La ausencia del conector tiene como consecuencia el atar ambas peticiones. Comentando sobre esta estructura, John P. Meier indica “(t)odos estos fenómenos lingüísticos, añadidos al hecho de que estas dos líneas forman la primera parte de la oración, sugieren que estas lineas paralelas son, sino sinónimas, unidas y ayudan a explicarse mutuamente.” (A Marginal Jew, Vol II, pag. 295).

Esta primera impresión puramente estructural se ve confirmada en el momento que proveemos una exégesis contextualizada de su contenido. 

1. “Santificado sea tu nombre”

En el Antiguo Testamento la “santificación” de Dios o su nombre ocurre dentro de dos contextos principales, en ambos casos usando el verbo hebreo qiddaš (“hacer santo”). En el primer contexto, es el pueblo de Israel quién santifica a Dios realizando actos religiosos, creyendo en sus promesas, absteniéndose de pronunciar su nombre, y siguiendo la Ley de Moisés. El segundo contexto, el cual es más frecuente, en cambio, consiste en que Dios mismo sea quien santifique su nombre. Esto lo hace manifestando su majestad, poder y gloria dentro del mundo humano. Particularmente relevante para entender ese contexto es el libro de Ezequiel, donde la santificación de Dios o de su nombre están conectados con la restauración de Israel, la derrota definitiva de sus enemigos y la instauración de una era de paz para su pueblo. Por ejemplo:

»Así dice el Señor omnipotente: “Cuando yo reúna al pueblo de Israel de entre las naciones donde se encuentra disperso, le mostraré mi santidad en presencia de todas las naciones. Entonces Israel vivirá en su propio país, el mismo que le di a mi siervo Jacob. Allí vivirán seguros, y se construirán casas y plantarán viñedos, porque yo ejecutaré un justo castigo sobre los vecinos que desprecian al pueblo de Israel. ¡Y se sabrá que yo soy el Señor su Dios!”» (Ez. 28:25-26)

»Por eso, adviértele al pueblo de Israel que así dice el Señor omnipotente: “Voy a actuar, pero no por ustedes, sino por causa de mi santo nombre, que ustedes han profanado entre las naciones por donde han ido. Daré a conocer la grandeza de mi santo nombre, el cual ha sido profanado entre las naciones, el mismo que ustedes han profanado entre ellas. Cuando dé a conocer mi santidad entre ustedes, las naciones sabrán que yo soy el Señor. Lo afirma el Señor omnipotente. Los sacaré de entre las naciones, los reuniré de entre todos los pueblos, y los haré regresar a su propia tierra. Los rociaré con agua pura, y quedarán purificados. (Ez. 36:22-24)

La conexión hecha por Ezequiel entre la santificación de Dios y su nombre con una intervención escatológica y definitiva tuvo fuertes ecos en la cultura y literatura judía a través de los siglos. Así, por ejemplo Jesús Ben Sira escribiendo alrededor del Siglo II a.C. también conecta la santificación de Dios con un acto por parte suya que tendrá como resultado que las naciones extranjeras conozcan que YHWH es Dios y restablecer a Israel.

Infunde tu temor en las naciones, que no te han buscado; para que entiendan que no hay otro Dios sino Tú, y pregonen tus maravillas. Alza tu brazo contra las naciones extrañas, para que experimenten tu poder. Porque, así como a vista de sus ojos demostraste en nosotros tu santidad; así también a nuestra vista mostrarás en ellas tu grandeza; a fin de que conozcan, como nosotros hemos conocido, que no hay otro Dios fuera de Ti, oh Señor. Renueva los prodigios, y haz nuevas maravillas. Glorifica tu mano, y tu brazo derecho. Despierta la cólera, y derrama la ira. Destruye al adversario, y abate al enemigo. Acelera el tiempo, no te olvides del fin; para que sean celebradas tus maravillas. (…) Reúne todas las tribus de Jacob; para que conozcan que no hay más Dios que Tú, y publiquen tu grandeza, y sean herencia tuya, como lo fueron desde el principio. (Sira 36:2-13)

Similar constelación de ideas podemos encontrar en los Rollos del Mar Muerto, compuestos más o menos alrededor de la época de Jesús, donde se describe la batalla final entre los “Hijos de la Luz” y los “Hijos de las Tinieblas”. Así, por ejemplo, en la “Regla de la Guerra” se describe como Dios santifica su nombre dándole victoria a los pobres y humildes, humillando así a los guerreros de las naciones extranjeras (e.j.: 1QM 11:13-15). 

La “Regla de la Guerra”, rollo encontrado cerca del Mar Muerto que describe la batalla apocalíptica de los “Hijos de la Luz” contra los “Hijos de las Tinieblas”

La idea de Dios santificando mediante el establecimiento de su reino están también presentes en las dos primeras líneas de la antigua plegaria judía conocida como el Kadish, la cual fue compuesta en arameo probablemente alrededor de la época de Jesús y posiblemente incluso conocida por él: 

“Exaltado y santificado sea su gran nombre. En este mundo de Su creación que creó conforme a Su voluntad; llegue su reino pronto, germine la salvación y se aproxime la llegada del Mesías. En vuestra vida, y en vuestros días y en vida de toda la casa de Israel, pronto y en tiempo cercano.”


Así, Ezequiel, Ben Sira, los Rollos del Mar Muerto y el Kadish (entre otros) conectan la santificación del nombre de Dios con la manifestación directa de su poder, la restauración de Israel, la derrota de sus enemigos extranjeros, y el establecimiento de su reino definitivo. Así, lo más probable sea que el “santificado sea tu nombre” del Padre Nuestro originalmente no significaba una exhortación a los humanos a honrar el nombre de Dios, sino una petición a Dios mismo que manifieste su poder. Solo Dios puede apropiadamente hacer que su nombre sea santo mediante el ejercicio directo de su majestad, la cual se pide sea manifestada en el futuro cercano. Hecho este análisis, nos percatamos lo cercanas que las dos primeras peticiones del Padre Nuestro son realmente. Al igual que en el
Kadish, la santificación del nombre de Dios y la llegada de su Reino son casi sinónimas. 

2. “Venga tu Reino”

Hoy en día para la mayoría de Cristianos el concepto del “Reino de Dios” se ha convertido en un concepto vago y etéreo, el cual a menudo se entiende como “el Cielo” (el lugar donde las almas de los justos van después de su muerte), o como una metáfora abstracta. Sin embargo, este entendimiento es ajeno a la ideología judía en tiempos de Jesús.

En efecto, como ya debe de ser evidente tras el análisis sobre la “santificación” del nombre de Dios, los judíos como Jesús no estaban preocupados por un reino etéreo e invisible “allá arriba”, sino que su preocupación era que Dios manifieste su reinado “aquí abajo”. En la mente judía, Dios manifiesta su justicia, poder y salvación interviniendo de modo dramático y tangible en la historia de su pueblo, tal y como lo hizo a través de Moisés en los eventos del Éxodo. El Reino de Dios para judíos como Jesús no era una metáfora o la expectativa de un reino espiritual después de la muerte, sino la expresión de la esperanza de que Dios se acierte a sí mismo como el soberano del aquí y el ahora, restaurando a Israel, resucitado (físicamente) a los muertos, juzgando a la humanidad y trayendo una era de paz, prosperidad y justicia.

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El concepto del “Juicio Final” del Cristianismo tiene sus raíces en las expectativas apocalípticas del judaísmo del Siglo I

Así, la petición de que Dios santifique su nombre trayendo su reino encaja perfectamente en el contexto del judaísmo mesiánico y apocalíptico popular en tiempos de Jesús. Para los judíos apocalípticos el mundo de momento se encontraba controlado por poderes demoníacos, los cuales manifestaban su control mediante enfermedad, muerte, posesión y opresión política. Sin embargo, pronto se acercaba el momento en que Dios reclamaría su control sobre este mundo mediante un acto de juicio sobrenatural en el cual estos poderes serían derrotados, Israel restaurado, los vivos y muertos juzgados, y la paz reinaría sobre la tierra. Sería así y solo así que Dios se manifestaría definitivamente como Rey.

Este entendimiento apocalíptico de la llegada de Dios como Rey figura abundantemente en la literatura judía, incluyendo el Libro de Daniel, el Libro de Enoc, y los Rollos del Mar Muerto, al igual que empapa prácticamente todos los textos del Nuevo Testamento. Así, cuando Jesús le pide al Padre que manifieste su Reino esto debe entenderse de un modo literal y apocalíptico. En palabras de Bart Ehrman: 

Bart-d-ehrman-2012-wikipedia.jpgCuando Jesús se refiere a la llegada del Reino, en el cual Dios reinará, él no parece estar pensando en términos puramente simbólicos como Dios volviéndose rey de tu corazón, pués frecuentemente describe el Reino con lenguaje gráficamente táctil. Jesús habla del Reino de Dios “llegando con poder”, de personas “entrando en” el Reino, de personas “comiendo y bebiendo” en el Reino con sus ancestros judíos, sobre sus discípulos convirtiéndose en “gobernantes” del Reino, sentándose en “tronos” de la corte real. (…) Jesús, como otros apocalipticistas antes y después de él, evidentemente pensó que Dios iba a extender su reinado desde el reino celestial donde reside a aquí abajo en la tierra. Habría un reino real y físico aquí, un mundo paradisíaco donde Dios mismo gobernaría a su pueblo fiel, donde habría comida, bebida y conversación, donde habría co-gobernantes humanos sentados en tronos y ciudadanos humanos comiendo en banquetes. (…) Este reino futuro se contrasta con los reinos maléficos del presente en donde el pueblo de Dios está sometido, reinos de odio, necesidad y opresión. (Jesus, Apocalyptic Prophet of the New Millennium, pag. 143)

Las dos primeras líneas del Padre Nuestro, por lo tanto son la expresión de una conciencia para la cual el mundo se ha vuelto un lugar intolerable que requiere de inmediata rectificación divina. Un mundo donde César y Herodes son reyes no puede ser un mundo donde Dios es Rey. Dios no reina en el mundo, pero pronto lo hará. Jesús y sus primeros seguidores vivieron en un mundo donde los justos sufrían a manos de crueles gobernantes. Donde la enfermedad y la pobreza pululaban a niveles incomprensibles para nosotros. Donde el pueblo elegido por Dios había sido conquistado y humillado por una potencia extranjera. Donde las clases sacerdotales eran vistas como corruptas. Un mundo lleno de Lázaros muriendo de hambre y soledad en la puerta de ricos vestidos de púrpura y fino lino. Un mundo que requería de una redención material y no solo espiritual. Fue en ese mundo que Jesús de Nazaret por primera vez levantó su mirada al cielo y clamó “Padre, ¡santifica tu nombre! ¡Venga tu Reino!”. 

Las tres últimas peticiones

3. Danos hoy nuestro pan cotidiano.
4. Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores.
5. Y no nos metas en tentación.
3. laḥmanā dî mistĕya hab, lanāh yômā’ dĕnāh.
4. Ûšĕbuq lanāh ḥôbaynā’ kĕdî šĕbaqnā’ lĕḥayyābaynā’.
5. wĕ’al ta‘ēlinnanā lĕnisyôn.

El fuerte tono apocalíptico que impregna las dos primeras peticiones del Padre Nuestro constituyen el trasfondo necesario para interpretar las tres peticiones restantes.


3. Danos hoy nuestro pan cotidiano

La petición en su contexto original estaba atada a la demanda incondicional que Jesús le impuso a sus primeros seguidores de abandonar su familia y posesiones terrenales para unirse en su misión de preparar a Israel para la llegada del Reino. Los evangelios están saturados de tales exhortaciones (ej: Mateo 19:21, Lucas 9:59-62, Marcos 6:8-11). Habiendo abandonado todo, los seguidores de Jesús dependían día a día de la voluntad de Dios. La petición es literal: se le está suplicando al Padre de que provea algo de comer el día de hoy.

En efecto, a diferencia de otros líderes religiosos, Jesús no parece haber estado en lo más mínimo preocupado por crear instituciones que perduren en el tiempo, otorgar leyes por las cuales una sociedad se rija, o dar lineamientos de un sistema económico o político a largo plazo. Al contrario, Jesús exigió a sus seguidores vivir el “día a día” como mendigos esperando la llegada del Reino. Esta enigmática exigencia del Nazareno, sin embargo, cobra sentido si la colocamos en el contexto del judaísmo apocalíptico de su tiempo. Para Jesús, la salvación provendría de un acto decisivo de Dios dentro de la historia humana, no de reformas políticas, económicas o sociales. La llegada del Reino de Dios era un evento que estaba en el horizonte cercano, motivo por el cual era absurdo proseguir con la vida “normal”, sino que toda la energía debía de estar destinada a prepararse para la inminente llegada de Dios como Rey.

4. Perdona nuestras deudas como también perdonamos a nuestros deudores

Esta petición está también inextricablemente atada a las expectativas escatológicas de los primeros cristianos. Cuando llegue el Reino, Dios juzgará a la humanidad dándole a algunos la bienvenida al Mundo Nuevo mientras que otros serán castigados. En múltiples ocasiones, los evangelios indican que en la era futura Dios tratará a cada persona de la misma forma que ellos trataron a sus prójimos en esta era (ej.: Mateo 18: 23-35) Así, la petición consiste en una súplica condicional: debido a que nosotros hemos perdonado a los que nos han ofendido, nosotros podemos pedir que nuestras ofensas sean perdonadas en el Último Día.

5. Y no nos metas en tentación

A la vista de que nuestro análisis nos lleva a la conclusión de que el Padre Nuestro está sumergido en las expectativas apocalípticas del Judaísmo del Siglo I, debemos inclinarnos a creer de que la traducción tradicional de la última petición como “no nos metas en tentación” o “no nos dejes caer en tentación” es inexacta. En efecto, la frase empleada en el griego original (tanto por Mateo como por Lucas) es “καὶ μὴ εἰσενέγκῃς ἡμᾶς εἰς πειρασμόν” donde la palabra clave “πειρασμόν” (“periasmos”) puede traducirse como “tentación” pero más generalmente como “prueba”. Así, la expresión puede traducirse también como “no nos pongas a prueba”.

La relevancia de esta segunda forma de traducir la petición radica en que, visto en su contexto completo, “poner a prueba” probablemente no hacía referencia a las tentaciones del día a día, sino a las grandes pruebas que los justos tendrían que enfrentar en las tribulaciones de los últimos tiempos. En palabras de John P. Meier:

Image result for John P MeierLa petición final de la oración (“y no nos dejes caer en tentación”) es probablemente también escatológica. En las descripciones más elaboradas del final de los tiempos en el Antiguo Testamento, los textos pseudoepigráficos y en Qumran, una batalla monumental entre el bien y el mal, una batalla cósmica con terroríficas bajas, o una sangrienta persecución de los justos fieles a Dios son usualmente incluidas en el escenario escatológico antes de la victoria final de Dios. En el crisol del sufrimiento, los fieles a Dios sería expuesto a las pruebas más aterradoras, y algunos caerían en la apostasía bajo la presión de la crisis final. La última petición parece ser una súplica al Padre de evitarle a sus hijos el horror de esa lucha final entre el bien y el mal, no sea que ellos sucumban (ej.: Marcos 13:20). Consecuentemente el “periasmos” del texto griego no hace referencia a las “tentaciones” del día a día, sino más bien a la “prueba” final que Dios en su soberano control de la historia traerá sobre el mundo en la hora final.” (A Marginal Jew. Vol II. Pag 301).

El Padre Nuestro: Conclusiones

Quizá lo más sorprendente del Padre Nuestro sea en lo tremendamente judía que es la oración. La plegaria está perfectamente ajustada al contexto judío del Siglo I, expresando las preocupaciones y expectativas de ese tiempo de modos no muy distintos a los que figuran en otros textos y oraciones de la época. En efecto, la oración carece de cualquier elemento propiamente “cristiano” (ej.: no se menciona la institución de una Iglesia, ni que Jesús sea el mesías, que haya sido crucificado, o que se esté esperando su retorno). En vez de eso, la oración es una sencilla expresión de la esperanza judía de que Dios se manifestará decisivamente en la historia humana para redimir al mundo.

El Padre Nuestro es, por lo tanto, un eco de una época cuando el cristianismo era todavía una secta dentro del judaísmo, secta que compartía la convicción de muchos otros judíos de ese tiempo de que se acercaba el momento en que Dios pondría fin al curso ordinario de la historia, con todas sus atrocidades, dolores, injusticias y penas, para finalmente revelar definitivamente su poder, gloria y majestad y así convertirse, al final de todas las cosas, de este mundo su único y auténtico Rey.

BIBLIOGRAFÍA

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  • Meier, John P. A Marginal Jew, Rethinking the Historical Jesus: Mentor, Message, and Miracles. II, 1994.
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  • Sanders, E. P. The Historical Figure of Jesus. Penguin Books, 1996.
  • Vermes Géza. Christian Beginnings: from Nazareth to Nicea. Yale University Press, 2013.
  • Vermès Géza. Jesus the Jew. SCM, 2001.
  • Vermès Géza. The Authentic Gospel of Jesus. Folio, 2009.

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Esta entrada es parte de una serie dedicada a reconstruir el Jesús Histórico. Las entradas que forman parte de esta serie a la fecha son:

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