La Historia de los Símbolos de los Evangelistas

En entradas anteriores discutí la autoría de los cuatro evangelios canónicos (Mateo, Marcos, Lucas y Juan). Habiendo terminado con esa serie, quiero hacer un breve excurso para discutir un tema puntual y corto, pero que creo puede ser de interés: la razón por la cual los cuatro evangelistas son a menudo simbolizados por cuatro bestias.

Cuatro Ev

Los cuatro símbolos de los evangelistas son los siguientes: Marcos es simbolizado con un león, Mateo con un humano o ángel, Lucas con un becerro y finalmente Juan con un águila. Los cuatro símbolos forman una parte íntegra del simbolismo cristiano desde la antigüedad hasta el día de hoy. En efecto, si uno visita una iglesia es casi seguro que en algún lugar de ella se encontrarán estos cuatro símbolos. ¿Cuál es la historia detrás de ellos?

Cherubim
La cabeza de un querubín

Los cuatro símbolos provienen de la descripción bíblica de los querubines, los cuales son descritos en la visión de Ezekiel como seres terroríficos con cuatro rostros, cada uno mirando a una dirección diferente. Y esos cuatro rostros son, como ya se lo pueden imaginar, los rostros de las cuatro bestias: un rostro humano, un rostro de león, un rostro de toro y un rostro de águila (Ezekiel 1:10). Estos mismos querubines hacen su aparición en el libro del Apocalipsis donde son descrito de igual manera (Apocalipsis 4:7). Ahora bien, ¿porqué se conectó a los cuatro rostros de los querubines con los cuatro evangelistas?

Para contestar a esta pregunta, tenemos que remontarnos una vez más a finales del Siglo II. Como expliqué con anterioridad, fue precisamente en esta época cuando la Iglesia primitiva empezó a tener una seria preocupación en crear un canon de textos “oficiales” para ser leídos en sus congregaciones. La razón de esa preocupación es que, en esa época, no existía todavía una versión “oficial” del cristianismo, sino que existían diferentes grupos de cristianos a través del Imperio Romano con diferentes perspectivas teológicas incompatibles. Así, el cristianismo de esos tiempos se caracterizaba por su diversidad: gnósticos, marcionista, valentinianos, y cristianismos judíos son solo algunas de las versiones del cristianismo de ese entonces y todos estos grupos tenían a su disposición evangelios, epístolas y otros documentos que validaban su propia teología y que, según ellos, fueron escritos por los primeros apóstoles de Jesús. En efecto, el Siglo II presenció una verdadera explosión de literatura cristiana seudoepigráfica. Así los líderes de la Iglesia primitiva (es decir, la secta de cristianos que eventualmente “ganó” y se convirtió en el cristianismo oficial) se vieron en necesidad de justificar por qué los evangelios usados por ellos eran los únicos autoritativos.

Ireneo de Lyons

La principal estrategia empleada por ellos fue la de argumentar que los cuatro evangelios que ellos usaban, y solo esos cuatro, realmente habían sido escritos por cristianos de la primera generación. Es por ese motivo que en el Siglo II, y no antes, los cuatro evangelios anónimos que ellos usaban fueron atribuidos a Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Los demás evangelios, decían estos líderes y pensadores, eran falsos: textos que habían sido escritos décadas después de la muerte de los apóstoles. (Desde el punto de vista de la investigación histórica moderna, la Iglesia primitiva estaba en lo correcto al condenar a los otros evangelios como falsificaciones, pero estaba equivocada en afirmar que sus propios textos habían sido escritos por apóstoles).

Ahora bien, una estrategia secundaria empleada por estos líderes fue el insistir que solo podían existir cuatro evangelios por razones místicas. Ireneo de Lyons, obispo de esa ciudad en 180 d.C, empleó ese razonamiento en su texto “Contra las Herejías” (el mismo texto donde por primera vez se atribuye la autoría de los evangelios a los cuatro evangelistas):

Los Evangelios no pueden ser ni menos ni más de cuatro; porque son cuatro las regiones del mundo en que habitamos, y cuatro los principales vientos de la tierra, y la Iglesia ha sido diseminada sobre toda la tierra; y columna y fundamento de la Iglesia son el Evangelio y el Espíritu de vida; por ello cuatro son las columnas en las cuales se funda lo incorruptible y dan vida a los hombres. Porque, como el artista de todas las cosas es el Verbo, que se sienta sobre los querubines y contiene en sí todas las cosas, nos ha dado a nosotros un Evangelio en cuatro formas, compenetrado de un solo Espíritu. Como dice David, rogándole que venga: “Muéstrate tú, que te sientas sobre los querubines”. Los querubines, en efecto, se han manifestado bajo cuatro aspectos que son imágenes de la actividad del Hijo de Dios: “El primer ser viviente, dice [el escritor sagrado], se asemeja a un león”, para caracterizar su actividad como dominador y rey; “el segundo es semejante a un becerro”, para indicar su orientación sacerdotal y sacrificial; “el tercero tiene cara de hombre” para describir su manifestación al venir en su ser humano; “el cuarto es semejante a un águila en vuelo”, signo del Espíritu que hace sobrevolar su gracia sobre la Iglesia. Los Evangelios, pues, concuerdan con estos, sobre los cuales Cristo descansa.

De este modo, la Iglesia Primitiva insistió que cuatro y solo cuatro evangelios podían ser auténticos. Al margen de si encontramos la explicación convincente o no, lo cierto es que la idea de conectar los cuatro textos empleados por este grupo de cristianos con los cuatro rostros de los querubines fue una idea profundamente influyente.

Sin embargo, Ireneo no solo fue el primer autor cristiano del que tengamos constancia que haya asociado a los rostros de los querubines con los cuatro evangelistas, sino que Ireneo también fue el primero en asociar a cada uno de ellos con una de las bestias:

Uno de ellos, según Juan, narra su real y gloriosa generación del Padre, diciendo: “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba ante Dios, y el Verbo era Dios: todas las cosas fueron hechas por su medio, y sin él nada ha sido hecho”. Por tal motivo, este Evangelio nos llena de confianza: ésta es su característica. El Evangelio según Lucas, ya que tiene rasgos sacerdotales, comenzó presentando a Zacarías cuando ofrece a Dios el sacrificio. Y es que ya se estaba preparando el becerro cebado que debía matarse por el regreso del hermano menor. Mateo anuncia su origen humano, diciendo: “Libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham”. Y sigue: “Este fue el origen de Jesucristo”. Es, pues, el Evangelio de su humanidad, por eso este Evangelio habla de él de manera humilde y conserva su figura como hombre manso. Marcos, a su vez, toma inicio del Espíritu profético que viene de lo alto sobre los hombres, diciendo: “Principio del Evangelio de Jesucristo, como está escrito en el profeta Isaías”, dando la imagen de un Evangelio que vuela con sus alas. Por eso comunica sus mensajes en forma fluida y sucinta; este es, en efecto, el estilo propio de los profetas.

En efecto, aunque Ireneo no es completamente explícito al respecto, este parece asociar ciertas características internas de cada evangelio con cada una de las bestias. Lucas es asociado con el becerro porque su relato empieza con el sacerdote Zacarías y Mateo con el humano porque empieza con una genealogía de Jesús. Curiosamente, Ireneo asocia a Juan con el león (no el águila) por la forma que el evangelio “narra su real y gloriosa generación del Padre” mientras que asocia a Marcos con el águila (no el león) por ser el más sucinto de los cuatro.

Así, a pesar de que Ireneo conectó a los cuatro evangelios con los cuatro rostros de los querubines, la asociación concreta entre cada evangelista y cada bestia no parece haberse concretado sino hasta tiempos de San Jerónimo, el cual escribe en el prefacio de su “Comentario al Evangelio según San Mateo” que:

“El primer rostro humano representa a Mateo, quien empezó su narrativa como si fuese la de un hombre: “El libro de las generaciones de Jesucristo, el hijo de David, el hijo de Abraham.” El segundo representa a Marcos, en quien la voz de un león que ruje en el desierto se escucha: “Una voz clama en el desierto: Preparen los caminos del Señor, enderecen sus senderos”. El segundo representa el becerro que prefigura que Lucas el evangelista empieza con Zacarías el sacerdote. El cuarto representa a Juan el evangelista quien, tomando alas de águila y acelerando su ascenso, habla sobre el Verbo de Dios.”

Así, los cuatro símbolos de los evangelistas quedan fijados del modo que los conocemos hoy.

 

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