Dios y el Problema del Ocultamiento Divino

El concepto de “Ocultamiento Divino”, como el propio nombre sugiere, hace referencia al carácter oculto de Dios, es decir, a su carácter distante, silencioso, y ausente. Dios, si es que existe, es un ente que está oculto, un ente cuya presencia simplemente no figura dentro de nuestras experiencias cotidianas de la misma forma que lo hacen otros entes como mesas, vasos, árboles y otras personas. El carácter oculto de Dios es la razón por la cual las tradiciones religiosas insisten que a este se lo llega a conocer mediante la fe, un acto de apertura a la presencia de un ser cuya existencia no puede percibirse directamente con los sentidos o dilucidar fácilmente con la razón. Igualmente, la literatura religiosa está llena de textos que expresan desesperación y angustia ante el a veces inexplicable silencio divino, al igual que exhortaciones de responder ante ese silencio con fe en vez de duda. Se puede decir, por lo tanto, que históricamente el Ocultamiento Divino ha sido abordado dentro de las tradiciones religiosas como un problema de carácter religioso y existencial, un obstáculo a ser superado mediante la fe.

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Sin embargo, en tiempos más recientes el Problema del Ocultamiento Divino ha sido también abordado como un problema de carácter filosófico relativo a la propia existencia de Dios. En efecto, y en especial después de la publicación de la influencial obra de J.L. Schellenberg “El Ocultamiento Divino y la Razón Humana” en 1993, el carácter oculto de Dios ha sido interpretado por un sector de la comunidad filosófica como evidencia en contra de la existencia de un ser supremo. Para los adherentes a esta perspectiva, el carácter silencioso y distante de la divinidad constituye en sí un indicio relevante en contra de la existencia de una deidad similar a la descrita en el Judaísmo, Cristianismo e Islam.

El Ocultamiento Divino y la Existencia de Dios

El argumento originalmente presentado por Schellenberg ha sido revisado y presentado de diversos modos no sólo por él mismo sino también por otros pensadores afines a él (como por ejemplo Theodore Drange en 1996). Sin embargo, a efectos de simplificación y mejor exposición, el argumento básico puede expresarse del modo siguiente:

  1. Si Dios existe entonces:
    1. Tiene el deseo de que todas las personas se relaciones con él de modo significativo, consciente y directo, por lo que debe desear que su existencia sea conocida por todas las personas y,
    2. Cuenta con el poder suficiente para revelar y convencer a todas las personas de su existencia,
  2. Sin embargo, en este mundo existen (y han existido) personas que no conocen de la existencia de Dios, o no están convencidas de ella;
  3. Conclusión: Dios no existe.

El argumento en su esencia es tremendamente simple: si Dios realmente quiere que creamos en él, ¿porque se oculta? Un dios con poder infinito ciertamente cuenta con los medios para hacer que su existencia sea tan obvia a los humanos como lo es la existencia de mesas, vasos, árboles y otras personas. ¿Porque entonces no es ese el caso? ¿No es ello evidencia de que una deidad con esa descripción no existe?

Análisis del Argumento

Premisa 1: Sobre la Naturaleza de Dios

La primera premisa del argumento parte de una definición genérica de Dios como un ser dotado de poder absoluto que desea tener una relación personal y significativa con su creación y, en particular, con los seres humanos. En efecto, las tradiciones religiosas del judaísmo, cristianismo e islam coinciden en que Dios ama a sus criaturas y busca que estas lo conozcan. Así, por ejemplo, el primer párrafo del Catecismo de la Iglesia Católica inicia con esa afirmación:

“Dios, infinitamente perfecto y bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para hacerle partícipe de su vida bienaventurada. Por eso, en todo tiempo y en todo lugar, se hace cercano del hombre: le llama y le ayuda a buscarle, a conocerle y a amarle con todas sus fuerzas.” Catecismo de la Iglesia Católica, Prólogo, 1.1.

Pero no solo eso, sino que estas mismas tradiciones religiosas (al menos en sus versiones más radicales) frecuentemente han insistido que quién no conoce a Dios no solo no podrá ser realmente feliz, sino que está en peligro de ser torturado eternamente después de morir. Los sectores más conservadores dentro de estas tradiciones por lo general van más allá, afirmando no sólo que quienes no creen en Dios sufrirán por la eternidad, sino también aquellos que a pesar de creer en él no le han rendido culto de modo apropiado. Así, por ejemplo, San Cipriano de Cartago pronunció en el Siglo III que “extra Ecclesiam nulla salus”, “fuera de la Iglesia no hay salvación”.

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San Cipriano

La primera premisa no parece admitir dudas: si un existe un dios como el descrito en la tradiciones abrahámicas, entonces este debe de querer que su existencia sea conocida por sus criaturas.

Premisa 2: Creencia, Evidencia y Resistencia

Cuando al filósofo ateo Bertrand Russell se le preguntó qué pasaría si tuviese que encarar a Dios en el Día del Juicio, este contestó con humor que le diría: “¡No hubo suficiente evidencia, Dios! ¡No hubo suficiente evidencia!”. Con esta respuesta sarcástica el filósofo inglés quiso expresar que su falta de creencia en Dios no es producto de ninguna resistencia o rebeldía en contra de él, sino que simplemente no ha encontrado razones para creer. Para Russell, como para muchos, la existencia de Dios dista mucho de ser obvia y muchos encuentran razones para dudar de ella (Russell expuso sumariamente sus razones en su ensayo “Porque no soy Cristiano”, cuyo texto puede descargar aquí). El ateísmo de Russell sería por lo tanto un “ateísmo de buena fe”, un ateísmo que no nace de un deseo de resistirse a Dios, sino un genuino estado de no estar convencido de su existencia al igual que los judíos, cristianos y musulmanes no están convencidos de la existencia de Zeus, Thor, o Osiris.

Bertrand Russell

En efecto, tanto hoy en día como en el pasado existen y existieron millones de personas que simplemente no creen en la existencia de Dios. Esto puede ser sea porque nunca han escuchado de él (e.j.: un individuo que nació, vivió y murió en una comunidad budista) o porque a pesar de haber escuchado sobre él simplemente no encuentran buenas razones para creer que este exista (al igual que muchos judíos, cristianos y musulmanes han oído hablar de Zeus, Thor y Osiris pero no creen en ellos). Para millones de individuos, simplemente no hay evidencia suficiente para creer. Dios en su omnipotencia, sin embargo, ciertamente tiene el poder de suplir esa falta de evidencia y hacer que su existencia sea evidente. ¿Cuál puede ser la razón de ese silencio?

Respuestas más Comunes al Argumento

Como vimos, el argumento del Silencio Divino es en esencia tremendamente sencillo. Si Dios existe, este quiere y puede revelar su existencia, pero sin embargo millones de personas no lo conocen. Las dos premisas del argumento parecen ser correctas. ¿Cómo puede entonces evitarse su conclusión?

No existen “ateos de buena fe”

Es bastante común en círculos apologéticos insistir que es imposible no creer en Dios “de buena fe” o “sin resistirse”. Dicho de otro modo, para muchos creyentes el no-creer en Dios es no aceptar algo que es obvio, por lo que necesariamente es un síntoma de rebeldía y pecado. Esta postura es especialmente importante dentro de la tradición Calvinista, donde se postula la existencia del llamado “Sensu Divinitatis” (“sentido de lo divino”). Para Calvino y sus seguidores, los seres humanos tienen un “sexto sentido” que les permite experimentar la presencia de Dios de modo directo de la misma forma que los ojos nos permiten experimentar la presencia de un árbol. Así, según Calvino, los seres humanos no solamente son capaces de llegar a conocer a Dios sino que efectivamente nacen conociéndolo. Alternativamente, otros insisten que la evidencia de una deidad creadora es tan sólida que incluso si no existe el “Sensu Divinitatis” la pura razón es suficiente para convencer a cualquiera de que Dios debe existir. Así, en un caso o el otro, es imposible que alguien sinceramente crea que Dios no existe, por lo que todos quienes niegan su existencia o bien mienten o se mienten a sí mismos.

Sin embargo, vale apuntar la implausibilidad de esta postura. ¿Es realmente razonable creer que millones y millones de personas están mintiendo o mintiendose a si mismas? Respecto a este extremo el filósofo Stephen Maitzen ha enfatizado la demografía de las creencias religiosas: la distribución de creyentes y no-creyentes no es al azar, sino que obedece patrones históricos y culturales. En Tailandia el 96% de la población es budista mientras que en Ecuador el 94% es cristiana. ¿Es razonable creer que 96% de los Tailandeses mientan o se estén mintiendo a sí mismos mientras que el 96% de los Ecuatorianos son sinceros? ¿Es posible que el 96% de los Tailandeses sean tan torpes para no darse cuenta de lo obvia que es la existencia de Dios a diferencia del 94% de Ecuatorianos? La causa de ambas distribuciones, evidentemente, se deben a que en uno de esos países llegaron misioneros y conquistadores cristianos mientras que en el otro llegaron monjes budistas. Para el Tailandés promedio la existencia del dios cristiano es tan implausible como la existencia de Zeus lo es para el Ecuatoriano promedio. La no-creencia del Tailandés promedio, por lo tanto, no puede explicarse apelando a una rebeldía secreta.

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En efecto, como apunta Maitzen, el mero hecho de que la distribución de creencias religiosas obedezcan patrones culturales e históricos es de por sí un problema (¿No sería razonable esperar que, si Dios existe, el contenido de todas las religiones fuese uniforme? ¿Porque nunca se aparecieron Jesús o María a los indígenas antes de la conquista?) El análisis de los problemas filosóficos únicos causados por la diversidad religiosa, sin embargo, no se discutirán aquí sino que serán analizados en su propia entrada a futuro.

La incertidumbre es necesaria para la fe

Consideremos el siguiente argumento:

  1. La fe en Dios es lógicamente imposible si no existe incertidumbre respecto a la la existencia de Dios,
  2. La fe es una virtud que Dios desea sea desarrollada por los seres humanos,
  3. Conclusión: Dios desea que su existencia sea incierta para que los humanos posean la virtud de la fe.

En efecto, si entendemos la fe como un acto de apertura a lo que no es certero, entonces sería imposible incluso para Dios crear una situación donde simultáneamente su existencia sea obvia para los humanos, pero que ellos desarollen la virtud de la fe. Vale la pena apuntar que esta limitación no constituiría un límite a la omnipotencia de Dios. En efecto, existe un consenso sustancial entre filósofos y teólogos de que la “omnipotencia” no posibilita crear cosas que sean lógicamente imposibles (es decir, que su propia esencia sea contradictoria). Así, incluso un dios todopoderoso es incapaz de crear triángulos de cuatro lados, solteros casados, o objetos rojos que no tengan color. Del mismo modo entonces, un dios omnipotente tampoco sería capaz de hacer que su existencia sea obvia y a la vez inculcar a los humanos la virtud de la fe. Dios está obligado a elegir entre un mundo donde su existencia sea evidente o un mundo donde exista la fe.

Si bien esta es una respuesta ingeniosa, no ha sido ajena a críticas. Vale la pena enfatizar que se puede hablar de la fe en por lo menos dos sentidos:

  1. La fe como creer en algo sin evidencia,
  2. La fe como depositar la confianza,

Si bien es verdad que la existencia de evidencia haría imposible la fe en el primer sentido, esta sería todavía completamente posible en el segundo caso. En efecto, cuando una persona dice “tengo fe en la fidelidad de mi esposa” este no está diciendo (por lo general) que no tiene razones para creer que su esposa le será fiel. Más bien, cuando una persona dice eso por lo general está diciendo lo opuesto: nos está indicando que conocer el carácter y personalidad de su cónyuge precisamente le da razones para depositar su confianza en ella. La fe de un cónyuge no nace sin evidencia, sino que al contrario está fundamentada en ella. La fe de Abraham en las promesas YHWH, la fe de los apóstoles en la resurrección de Jesús y la fe de Mahoma en la revelación de Alá son todos ejemplos de la fe en el segundo sentido. En efecto, según sus respectivas tradiciones religiosas, todos estos personajes tuvieron contacto directo con la realidad divina por lo que su fe nunca consistió en “creer sin evidencia” (ya que la tuvieron en abundancia), sino más bien “depositar su confianza” en ella.

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El ángel Gabriel se le aparece a Mahoma

Pero yendo incluso más allá, no queda del todo claro si la fe en el primer sentido es también una virtud en sí misma. En todas las áreas de discurso humano (salvo el religioso) creer cosas sin tener suficiente fundamento es considerado como un defecto. La razón por la cual el discurso religioso hace una excepción a la regla es precisamente por el carácter oculto de Dios, el cual hace que sea imposible “depositar la confianza” en él (la fe en el segundo sentido) sin antes hacer un salto al vacío y “creer que este existe sin evidencia” (la fe en el primer sentido). En efecto, la fe en el primer sentido parece ser una virtud instrumental que sólo tiene valor para que pueda existir la fe en el segundo sentido. Si este análisis es correcto, entonces quienes atacan al Argumento del Ocultamiento divino por esta vía parecerían confundir causa con efecto: la fe en el primer sentido es una virtud porque Dios se oculta y no al revés. Si la verdadera virtud de la fe yace en depositar la confianza en Dios, entonces no queda para nada claro si su ocultamiento es realmente necesario.

Dios se oculta para formar nuestras virtudes

Esta defensa, articulada por pensadores como Michael Murray, constituye un caso más generalizado de la defensa provista arriba. En vez de concentrarse en una virtud en concreto (la fe), esta línea es más abstracta, concentrándose en las virtudes en general.

Esta defensa en esencia duplica el argumento dado por John Hick para resolver el “Problema del Mal” adaptándolo al Problema del Ocultamiento Divino. Para John Hick, la razón por la cual Dios permite la existencia de maldad y sufrimiento en el mundo es para “curtir las almas” de los humanos, permitiéndoles desarrollar virtudes como la valentía, la compasión y la caridad. Así, para Murray, Dios mantiene su existencia oculta porque si tuviéramos certeza de su existencia no seríamos capaces de forjar nuestras virtudes apropiadamente. Si tuviéramos certeza de la existencia de Dios, nos dice Murray, no podría existir un auténtico conflicto interno sobre si obedecer su voluntad o no, y sin ese conflicto no podría existir auténtico crecimiento moral.

La defensa esgrimida por Murray tampoco ha sido ajena a críticas. Por un lado, no es del todo evidente si la incertidumbre respecto a la existencia de Dios realmente es necesaria para el desarrollo de las virtudes. Regresando a los ejemplos citados, Abraham, los Apóstoles y Mahoma son vistos por sus respectivas tradiciones religiosas como ejemplos de personajes llenos de virtud, y sin embargo ninguno de ellos tuvo incertidumbre respecto a la existencia de lo divino precisamente porque lo divino se les reveló directamente.

Dios tiene razones que no podemos entender

Una táctica distinta para atacar el Problema del Ocultamiento Divino consiste en argumentar que Dios debe tener una razón para ocultar su existencia, pero que esta probablemente no es comprehensible para los seres humanos. Esta postura se ha denominado en la literatura filosófica como “Teísmo Escéptico”. El razonamiento detrás de esta línea es el siguiente:

Muchos de los argumentos en contra de la existencia de Dios (incluyendo el famoso “Problema del Mal y el “Problema del Ocultamiento Divino”) toman esta forma:

  1. Si Dios existe, entonces X sería el caso
  2. X no es el caso
  3. Conclusión: Dios no existe

En el caso concreto del Problema del Ocultamiento Divino, “X” sería que la existencia de Dios sea obvia. Sin embargo, los proponentes del Teísmo Escéptico indican que la primera premisa de este tipo de argumentos necesariamente requiere de que esta premisa adicional sea cierta:

  • 1.1. Dios no tiene una buena razón para que X no sea el caso.

Luego, para que esa premisa adicional pueda ser evaluada (es decir, para saber si Dios tiene o no una razón para que X no sea el caso) es necesario a su vez aceptar la siguiente afirmación:

  • 1.2. Si Dios tuviese una buena razón para que X no sea el caso, entonces esa razón sería discernible para los seres humanos.

Ahora bien, lo que los Teístas Escépticos indican es que esta última afirmación es dudosa, motivo por la cual uno debe permanecer escéptico respecto a ella (de ahí el nombre “Teísmo Escéptico”).

Image result for child vaccination cryEn efecto, los defensores de esta línea argumentan es que si Dios existe, este debe gozar de un intelecto y sabiduría infinitamente superior al de los seres humanos, lo que a su significa que sus razones para hacer o abstenerse de algo no tienen porque ser evidentes. Dios puede tener una razón perfectamente válida para permanecer oculto, pero esa razón rebasa el entendimiento humano. Un gato es incapaz de entender porqué su dueño lo lleva al veterinario y un niño recién nacido no puede entender porque un médico le inyecta una vacuna. La diferencia entre la capacidad mental de un niño o un gato comparada con la de un humano adulto, sin embargo, es infinitamente inferior a la diferencia entre la capacidad mental entre Dios y un humano. Así, nos indican los Teístas Escépticos, no tenemos razón alguna para creer que gozamos de la claridad suficiente para saber qué es lo que Dios haría o no haría. Si Dios se oculta, debe tener una buena razón, pero no hay motivo alguno para suponer que esta es discernible para los seres humanos.

Esta línea de defensa es probablemente la más popular entre teólogos y filósofos creyentes, tanto para resolver el Problema del Ocultamiento Divino como el Problema del Mal. Sin embargo, como es de esperarse, esta postura también tiene sus detractores. Mucha de la crítica de esta postura nace del hecho de que este razonamiento no resuelve propiamente hablando el problema, sino que se limita a especular sobre la posibilidad de que exista una solución invisible para nosotros. Para muchos, sin embargo, esta respuesta es muy poco satisfactoria. En efecto, los críticos de esta línea frecuentemente apuntan a que este podría ser usado para defender la existencia de cualquier cosa, por descabellada que sea. ¿Cómo está usted seguro de que no hay un unicornio invisible debajo de su cama que tiene una “buena razón” para ocultarse? ¿Puede probar que este no es el caso?

Dejaré que el lector saque sus propias conclusiones.

 

BIBLIOGRAFÍA

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  • Maitzen, Stephen. “Divine Hiddenness and the Demographics of Theism.” Religious Studies, vol. 42, no. 2, 2006, pp. 177–191.
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  • “Why I Am Not A Christian.” Russell on Religion, 2002, pp. 77–91.

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Esta entrada forma parte de una serie no concluida que analiza el Problema del Mal. Las entradas de esta serie (a la fecha) son:

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2 comentarios en “Dios y el Problema del Ocultamiento Divino

  1. Si tienes Fe en la existencia de Dios, crees en Él. Basándose en la oración y en la lectura y meditación de los textos sagrados (Biblia, catecismo, etc) puedes acrecentar tu Fe. Lo que no ocurre si no tienes Fe (uso del libre albedrío). O aceptas todo el paquete que implica tener Fe en tu Dios y en tu actitud amorosa para con Él y tus hermanos, o te dedicas a otras cosas. Los Apóstoles no eran seres perfectos, eran pecadores que Dios perdonó. Habría que revisar algunos conceptos y afirmaciones que se manejan con superficialidad y escaso conocimiento,

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