¿Quienes escribieron los Evangelios Canónicos?

En una entrada anterior intimé que los estudiosos modernos de forma prácticamente unánime rechazan la tradicional autoría de los cuatro evangelios canónicos. Empezando por esta entrada expondré las razones que los han llevado a esas conclusiones a la vez que exploraré que cosas podemos afirmativamente decir sobre los autores de estos documentos históricos. Para empezar, es conveniente tener en mente dos aspectos de los evangelios que, a pesar de ser públicos, lamentablemente a veces son ignorados por el público en general:

En primer lugar, los cuatro evangelios son anónimos. En efecto, a diferencia de un gran número de evangelios apócrifos, los cuatro evangelios canónicos en ningún momento dicen haber sido escritos por ningún apóstol, acompañante de apóstol o cualquier cristiano de la primera generación. El título que se les coloca a estos evangelios en las Biblias (ej.: “El Evangelio según San Marcos”) no forma parte del texto original. Esto no es un descubrimiento moderno, sino que desde los inicios de la Iglesia siempre se ha sabido que estos documentos son formalmente anónimos y que los títulos que se les añade no son parte del documento. En segundo lugar, los cuatro evangelios canónicos (y de hecho, todo el Nuevo Testamento) fue originalmente escrito en Griego o, para ser más exactos, Griego Koiné (es decir, “Griego Común”), lengua común del Imperio Romano. En efecto, al contrario de lo que el público en general a veces cree, no existe evidencia alguna que los evangelios hayan sido escritos originalmente en hebreo o arameo.

Teniendo estos dos datos en mente, podemos ahora preguntarnos: ¿cómo fue que estos documentos en griego fueron atribuidos a la obra de los discípulos de Jesús, campesinos iliteratos que hablaban arameo?

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Ireneo de Lyons

Nos encontramos aquí con otra gran sorpresa: no existe evidencia alguna que estos textos hayan sido atribuidos a ningún autor concreto sino hasta finales del Siglo II. En efecto, a pesar de que existan autores cristianos que citan a los evangelios canónicos con anterioridad, ellos nunca se refieren a estos documentos como escritos por Mateo, Marcos, Lucas o Juan. Este es el caso, por ejemplo, de Justinio Mártir, quien en citó partes de los evangelios en sus escritos alrededor del 150 d.C sin atribuirlos a ningún autor concreto. Es solo a finales del Siglo II que encontramos por fin autores que atribuyen estos textos a Marcos, Mateo, Lucas y Juan. Concretamente, tenemos constancia de dos escritos que atribuyen los evangelios canónicos a los evangelistas tradicionales: una obra escrita por Ireneo de Lyons y un fragmento de manuscrito llamado el “Fragmento Muratoriano”.

La obra escrita por Ireneo de Lyons, obispo de esa ciudad, data más o menos del año 180 d.C. y se titula “Contra Todas las Herejías“. Este largo texto compuesto de 5 tomos se enfoca en atacar y refutar las ideas de otros grupos cristianos contemporáneos que el autor considera ser herejías (en particular, el cristianismo gnóstico). Como parte de su estrategia de ataque, Ireneo insiste que, a pesar de la abundancia de evangelios que circulaban en su día, solo cuatro son autoritativos explicando su origen:

Mateo, quien predicó a los hebreos en su propia lengua, también puso por escrito el Evangelio, cuando Pedro y Pablo evangelizaban y fundaban la Iglesia. Una vez que éstos murieron, Marcos, discípulo e intérprete de Pedro, también nos transmitió por escrito la predicación de Pedro. Igualmente, Lucas, seguidor de Pablo, consignó en un libro el Evangelio que éste predicaba. Por fin Juan, el discípulo del Señor que se había recostado sobre su pecho, redactó el Evangelio cuando residía en Éfeso. (Contra Todas las Herejías 3.1.1)

Por otro lado, tenemos el “Fragmento Muratoriano”. Este documento consiste en un fragmento incompleto de un manuscrito escrito en el Siglo VII, pero que contiene la transcripción de un texto más antiguo que data mas o menos del 170 d.C.  El texto recibe su nombre por quien lo descubrió, Ludovico Antonio Muratori:

(Falta la primera parte del manuscrito) … en éstos, sin embargo, él estaba presente, y así los anotó. El tercer libro del evangelio: según Lucas. Después de la ascensión de Cristo, Lucas el médico, el cual Pablo había llevado consigo como experto jurídico, escribió en su propio nombre concordando con la opinión de Pablo. Sin embargo, él mismo nunca vio al Señor en la carne y, por lo tanto, según pudo seguir empezó a contarlo desde el nacimiento de Juan. El cuarto evangelio es de Juan, uno de los discípulos. (…)

A pesar que el “Fragmento Muratoriano” esté incompleto, este claramente indica que hay cuatro evangelios autoritativos y que dos de ellos fueron escritos por Lucas y Juan respectivamente. A pesar que el manuscrito este incompleto y no aparezcan los dos primeros evangelios, realmente no hay duda que estos son Mateo y Marcos.

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El “Fragmento Muratoriano”

La situación es entonces la siguiente: los cuatro evangelios canónicos eran conocidos y citados por autores cristianos desde el Siglo I, pero la atribución de ellos a los evangelistas no parece haber ocurrido sino hasta finales del Siglo II. Que la atribución haya ocurrido en esa época no parece ser un evento fortuito. El Siglo II fue una época donde existió una verdadera explosión de nuevos evangelios ahora conocidos como “apócrifos” (como el “Evangelio de Tomás“). Estos evangelios, a diferencia de los canónicos, no son anónimos sino que abiertamente dicen haber sido escritos por los discípulos de Jesús (a pesar que no hay duda de que ello sea falso). No solamente eso, sino que a pesar que la teología cristiana nunca fue uniforme o monolítica (ni siquiera en el Siglo I), estos textos empiezan a presentar puntos de vista teológicos cada vez más diversos e incompatibles, algunos de ellos incluso abandonando el monoteísmo. Consecuentemente, los líderes de las iglesias se toparon por primera vez con la necesidad de restringir que tipos de textos podían ser empleados y leídos por la congregación, a la vez que tenían que justificar porqué los textos aprobados eran autoritativos mientras que los otros no lo eran.

Por este motivo los líderes de las iglesias, como Ireneo, buscaron conectar los textos que ya usaban con la autoría de cristianos de la primera generación, a pesar que sus predecesores no los hayan atribuido a ellos. La atribución de los evangelios canónicos a Mateo, Marcos, Lucas y Juan parece consecuentemente haber sido una reacción a la ola de nueva literatura cristiana falsificada en el Siglo II.

Ahora bien, ¿por qué se les atribuyeron estos documentos específicamente a Marcos, Mateo, Lucas y Juan? Esa será la pregunta que contestaré en entradas futuras en esta serie.

 

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Esta entrada es el parte de una serie dedicada a la autoría de los cuatro evangelios canónicos. Las entradas que forman parte de esta serie son:

 

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3 comentarios en “¿Quienes escribieron los Evangelios Canónicos?

  1. La verdad es que, si bien podemos hacer críticas sobre estos escritos, no tenemos pruebas para debatir sobre esto. Los dos primeros siglos después de la muerte de Jesus, fueron claves y no hay nada al respecto. Lo escrito en los evangelios habla de un Jesus sabio, amoroso y justo que hablaba de perdón, de humildad y de respeto. Un ejemplo a seguir, aunque la iglesia no haya seguido ese modelo. No encuentro en estos evangelios comportamientos perversos, a menos que sean realizados por los romanos y la clase alta judia, los fariseos. La buena nueva de Jesus, fue de mucha altura, fue un planteamiento espiritual, no material, es algo elevado.

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  2. Cordial saludo,
    quiero agradecerte de antemano todo tu trabajo.

    Yo no soy alguien importante,
    Mi fe en mi Padre es profunda, mas allá de la letra,
    La Palabra se sembró en mi en busca de dar buen fruto.

    Por eso quiero felicitar el trabajo profundo que haces, sin tomar una corriente especifica, una visión y estudio de la historia sin llegar a juzgamientos, herramientas que me han servido para AFIRMAR mi fe, para seguir encontrando en las escrituras secretos profundos, enlaces de lo infinito de La Palabra, engranajes que deben ser contrarios para que el reloj siga girando.

    Att.
    Un burrito al servicio del reino.

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