¿Quién escribió el Evangelio según San Lucas?

En entradas anteriores, exploré los problemas con la atribución tradicional de los evangelios canónicos, centrándome luego en el caso de los evangelios atribuidos a Mateo y Marcos. En esta entrada me concentraré en el tercero y último evangelio sinóptico: el Evangelio según San Lucas. Igual que ocurre con los otros evangelios, los académicos modernos (salvo con la posible excepción de los extremadamente conservadores) unánimemente rechazan que este evangelio anónimo realmente haya sido escrito por Lucas, el médico acompañante de Pablo. ¿Por qué la tradición le atribuyo esa autoría? Y, ¿qué podemos saber del verdadero autor de este documento histórico?

Lucas
Lucas el evangelista, simbolizado por un toro o buey

Antes de empezar, vale la pena recordar que no existe ninguna evidencia de que este evangelio haya sido atribuido a Lucas sino hasta finales del Siglo II. En efecto, hasta ese momento no existe ningún autor cristiano que indique que este documento haya sido escrito por Lucas. No solamente eso, sino que a diferencia del caso de Marcos y Mateo no tenemos evidencia de ninguna tradición o rumor preexistente que indique que Lucas haya dejado nada por escrito sobre la vida de Jesús. En efecto, ni Papías de Hierápolis ni ningún otro autor de la antigüedad indican que un acompañante de Pablo escribió un evangelio. ¿Porqué los líderes de las iglesias del Siglo II le atribuyeron este texto a Lucas? A diferencia del caso de los evangelios atribuidos a Marcos y Mateo, la atribución no parece haber sido inspirada por una tradición preexistente (ya que no tenemos evidencia de que haya existido una) sino por “pistas” internas al documento en sí que llevaron a la Iglesia del Siglo II a concluir que este documento fue escrito por Lucas, el médico acompañante del apóstol Pablo.

 

Porqué se le atribuyó este evangelio a Lucas

Lo primero que tenemos que tener en claro es que el documento conocido como el Evangelio según San Lucas tiene una segunda parte: el libro de los Hechos de los Apóstoles. En efecto, la composición original del documento constaba de dos partes: la primera, un recuento de la vida, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret y la segunda un recuento de los primeros años de la comunidad cristiana. A menudo el público del día de hoy no está consciente de que “Lucas” también escribió el libro de Hechos porque las Biblias modernas separan ambas partes del texto. Sin embargo, esta separación se hace puramente para efectos organizativos ya que ni la Iglesia, ni la tradición, ni los investigadores modernos han puesto en duda que el autor del evangelio también sea el autor de los Hechos de los Apóstoles.

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Papiro 75, el fragmento más antiguo de Lucas (circa 175–225 d.C)

Ahora bien, ¿por qué es este dato relevante para discutir el problema de la autoría? El dato es relevante porque existen pasajes en el libro de Hechos donde el autor habla en primera persona. Concretamente, el autor del libro de Hechos utiliza el pronombre “nosotros” al narrar algunas de las travesías de Pablo, cosa que daría a entender que él lo acompaño en esos trayectos. Esto ocurre en 4 pasajes: Hechos 16:10-17, 20:5-15, 21:1-18, y 27:1-28:16. Los cuatro pasajes en cuestión son narrativas donde Pablo viaja de Troas a Filipo (16:10-11), de Filipo a Troas (20:5-6), de Troas a Mileto (20:13-15), de Mileto a Cesaréa (21:1-9), de Cesaréa a Jerusalén (21:15-17), de Cesaréa a Buenos Puertos (27:1-8) y finalmente de Malta a Roma (28:11-16). Así, a pesar de que no haya un documento histórico que nos lo diga explícitamente, es casi seguro de que fueron estos pasajes los que llevaron a la Iglesia del Siglo II a afirmar que tanto el Evangelio como el libro de los Hechos fueron escritos por un acompañante de Pablo.

¿Por qué Lucas en concreto y no otro acompañante? Esta cuestión es un poco más difícil de responder. Después de todo, Pablo menciona a varios asistentes en sus cartas. Lucas concretamente es mencionado en solo tres: la Epístola a los Colosenses (4:14), la Segunda Epístola a Timoteo (4:11) y en la Carta a Filemón (1:24). En ningún otro lugar del Nuevo Testamento se menciona a Lucas. Ahora bien, puede ser que entre estas tres menciones este la respuesta. En efecto, los líderes de la Iglesia del Siglo II sin lugar a duda notaron, al igual que los investigadores modernos, que tanto el Evangelio, así como el libro de Hechos tienen una muy fuerte orientación universalista: el autor de estos documentos le coloca tremendo énfasis en el rol de los no-judíos en el plan salvífico de Dios, cosa que es una buena razón para creer que el autor (y su audiencia) eran no-judíos. En segundo lugar, ambos documentos poseen una excelente redacción y son claramente la obra de alguien que gozó de una educación excepcional en el contexto del Imperio Romano. Ahora bien, la Epístola a los Colosenses indica que Lucas era médico de profesión (lo que lo haría extremadamente bien educado) y un pagano converso, por lo que este habría sido el candidato perfecto para ser el autor del Evangelio y los Hechos.

Porque la atribución es incorrecta

Ahora bien, siendo este el caso, ¿por qué los estudiosos son unánimes en afirmar que estos documentos no fueron escritos por Lucas?

Vale la pena primero recordar que la autoría Paulina tanto de la Epístola a los Colosenses como de la Carta a Timoteo han sido cuestionadas por los académicos modernos. Consecuentemente, la única mención indubitada a Lucas en el Nuevo Testamento ocurriría en la carta de Pablo a Filemón (1:24) donde no se dice que Lucas haya sido médico ni pagano converso. Sin embargo, ¿no es posible que el evangelio haya sido escrito por un acompañante de Pablo, sea este Lucas o no? Los estudiosos modernos también rechazan esta idea, por varias razones.

En primer lugar, existen numerosas discrepancias entre lo que nos dicen las cartas escritas por el propio Pablo y los eventos narrados en el libro de Hechos. En efecto, cada vez que tenemos la oportunidad de contrastar ambos autores emergen contradicciones.

La conversión de Pablo

Algunas discrepancias son relativas al itinerario. Aquí daré solo dos ejemplos: el libro de Hechos indica que cuando Pablo viajó a Atenas este dejó atrás a Timoteo y Silas en la ciudad de Berea (Hechos 17:10-15) y no se volvió a encontrar con ellos sino hasta que abandonó Atenas y llegó a Corintio (Hechos 18:5). Sin embargo, cuando el propio Pablo narra esta secuencia de eventos en la Primera Carta a los Tesalonicenses, este nos dice de forma clara y explícita que Timoteo, y quizá Silas, viajaron con él a Atenas. La separación ocurrió en Atenas, cuando Pablo envió a Timoteo a Tesalónica para que él le indique como le iba a la comunidad (1 Tess 3:1-3). Otro ejemplo aún más chocante, el libro de Hechos nos dice que justo después de la conversión de Pablo, este viajó a Jerusalén donde se encontró con “los apóstoles” (Hechos 9:3-28). Esto, sin embargo, es contradicho por el propio Pablo quien niega de forma categórica, incluso jurando en nombre de Dios que haya visitado Jerusalén después de su conversión, sino que viajó a Arabia y luego a Damasco. No fue sino después de tres años desde su conversión que Pablo dice visitar Jerusalén, donde se encontró solo con dos apóstoles: Pedro y Santiago, el hermano de Jesús (Gálatas 1:11-20). Los ejemplos podrían multiplicarse, pero el punto debe ya estar claro: las cartas de Pablo y el libro de Hechos no parecen ponerse de acuerdo en cual fue la travesía emprendida por Pablo.

Para Pablo, la crucifixión de Jesús es el mecanismo por el cual Dios y el creyente se reconcilian, siendo la clave de la Salvación

Sin embargo, también existen discrepancias teológicas entre el “Pablo de los Hechos” y el “Pablo de las epístolas”. Por ejemplo, el Pablo de los Hechos en ningún momento hace referencia al efecto salvífico que tuvo la muerte de Jesús, cosa que es uno de los principales mensajes de las epístolas Paulinas. En efecto, la Teología de la Cruz Paulina, la idea de que la muerte de Jesús es el mecanismo mediante el cual Dios se reconcilia con el creyente, simplemente está ausente en los discursos de Pablo presentado en los Hechos. Igualmente, el Pablo de las Epístolas se presenta a sí mismo como el “apóstol para los gentiles”, mientras que el libro de Hechos insiste que Pablo siempre buscaba convertir a los judíos de una localidad, solo buscando a los paganos después de su rechazo. Del mismo modo, el Pablo de los Hechos excusa a los paganos del pecado de idolatría diciendo que ellos simplemente eran ignorantes del verdadero Dios (Hechos 17), mientras que el Pablo de las Epístolas indica que ellos siempre supieron que sus ídolos eran falsos por lo que no tienen excusa (Romanos 1:20-31). Una vez más, los ejemplos podrían multiplicarse.

La existencia de tantas numerosas discrepancias (solo he puesto algunos ejemplos) ya de por sí debería hacernos dudar de que el texto haya sido escrito por un acompañante de Pablo. Sin embargo, otra poderosa existe para dudar de esta autoría: la fecha del documento. En efecto, no cabe duda alguna de que el autor de este evangelio usó a Marcos como fuente, y tampoco hay serias dudas de que Marcos fue escrito alrededor del año 70. Consecuentemente, este evangelio no pudo haber sido escrito antes ese año. Igualmente, el contenido tanto del Evangelio como el del libro de Hechos indican que este fue escrito en un contexto donde la iglesia ya era mayormente gentil y no judía, es decir, en una etapa madura de propagación en el Imperio Romano. Consecuentemente, los estudiosos normalmente creen que este evangelio fue redactado no antes del año 85 d.C. (incluso algunos proponiendo una fechas mucho más tardías, como el año 100 d.C), es decir, varios años después de la primera generación de cristianos (como Lucas).

Ahora bien, ¿cómo se explican esos cuatro pasajes hablados en primera persona?

Los estudiosos han barajado varias hipótesis sin llegar a un consenso sólido. Vale la pena hacer dos observaciones respecto a estos pasajes. En primer lugar, estos pasajes se caracterizan por empezar y terminar abruptamente y a menudo están interrumpidos por pasajes donde se vuelve a emplear la tercera persona (Hechos 20:9-12, 27:9-14, 27:21-26, 28:3-6). En efecto, la forma abrupta en que los pasajes inician y terminan hacen muy difícil “seguir” al supuesto acompañante de Pablo en el relato. Por ejemplo, en Hechos 16 el autor habla en primera persona (“nosotros”) hasta el versículo 17, donde después regresa a la tercera persona sin ningún tipo de transición, explicación u evento que indique que se separó de Pablo y Silas. Asimismo, el autor retoma la segunda persona en Hechos 20:6, en Filipo ¿cómo llegó ahí? ¿cómo se separó? El autor también emplea la segunda persona en el viaje a Mileto (20:15) pero una vez llegan ahí se vuelve a emplear la tercera persona ¿qué pasó? ¿se separó antes de llegar a Mileto? Los ejemplos abundan, pero creo que el punto ya queda claro: no existe una transición fluida entre el uso de la primera y tercera persona en el libro de Hechos, lo que crea una secuencia narrativa desconcertante.

Ahora bien, ¿cuál entonces podría ser la explicación de estos enigmáticos pasajes? Los estudiosos manejan tres hipótesis principales.

  • La primera consiste en la existencia de una convención narrativa en la antigüedad donde los viajes marítimos son narrados en primera persona sin importar si el autor estuvo ahí o no. Esta hipótesis fue sugerida originalmente por E. Plümacher y defendida por Vernon Robbins quien proveyó ejemplos de la Odisea, la Eneida, Alcaeus, Heráclito, Esquilo, Varro y otros.
  • Una segunda hipótesis, defendida por académicos como Bart Ehrman, sostiene que estos pasajes fueron intencionalmente puestos en la primera persona por el autor para confundir al lector, haciéndole creer que efectivamente él fue testigo presencial de algunos de los hechos que narra. Esta teoría no es tan descabellada si uno recuerda la enorme abundancia de otros evangelios donde el autor dice ser alguien que no es (ej. el Evangelio de Tomás dice haber sido escrito por Tomás). Si esta hipótesis es correcta, el autor fue exitoso en su cometido.
  • Finalmente, la tercera hipótesis (la cual me parece la más probable) es que el uso de la primera persona en estos pasajes simplemente es el rezago de algunas de las fuentes empleadas por el autor. En efecto, sabemos que el autor empleó y editó textos preexistentes para componer su obra no solo por la forma en que se resuelve el problema sinóptico (el cual indica que Lucas empleó a Marcos y un documento “Q” para componer su evangelio) sino porque el propio autor lo admite (Lucas 1:1-4). Así, la presencia de estos pasajes puede simplemente significar que el autor empleó uno o varios textos escritos en primera persona al redactar su obra y que en el momento de editarla algunos pronombres quedaron sin ser alterados.

En cualquier caso, sea como uno quiera explicar el origen de estos pasajes, lo cierto es que la comunidad académica rechaza de modo prácticamente unánime su explicación tradicional: que estos pasajes están ahí porque el autor realmente acompaño a Pablo en sus travesías.

¿Quién escribió el Evangelio según San Lucas?

Ahora bien, ¿que podemos afirmar del verdadero autor del evangelio? En primer lugar, como mencionamos, este autor debió haber recibido una educación excepcional debido a su hábil manejo de fuentes, alegorías y redacción griega. En segundo lugar, el contenido del evangelio nos indica que el probablemente era un pagano (no un judío) que se convirtió al cristianismo y que tiene particular preocupación en explicar por qué esta religión tuvo muchísima más acogida entre gentiles que judíos.

El Buen Samaritano es una parábola única a Lucas

En efecto, en el Evangelio de Lucas los extranjeros juegan un papel muchísimo más protagónico que en los demás evangelios. No es coincidencia entonces que este sea evangelio donde se menciona la parábola del Buen Samaritano, donde el protagonista principal de la parabola e un extranjero. Además, el autor está interesado en contextualizar a Jesús y la Iglesia primitiva dentro del Imperio Romano desde el inicio del evangelio (que empieza con el censo “universal” que lleva a Jesús, María y José a ir a Belén) hasta el final de este, donde Jesús manda a sus discípulos a predicarle a todas las naciones. Finalmente, algo más podemos decir de la comunidad del evangelista: parece haber sido una comunidad con fuertes diferencias sociales, donde algunos miembros (quizá el propio evangelista) eran afluentes mientras que otros no lo eran. En efecto, este evangelio es excepcional en su particular énfasis en la justicia material.

Solo para poner un colorido ejemplo, comparemos el diferente trato de las beatitudes hechas por Mateo y Lucas (estas originalmente se hallarían en el documento “Q”):

Mateo 5:3-12

Lucas 6:20-26

Dichosos los pobres en espíritu, porque el reino de los cielos les pertenece.
Dichosos los que lloran, porque serán consolados.
Dichosos los humildes, porque recibirán la tierra como herencia.
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Dichosos los compasivos, porque serán tratados con compasión.
Dichosos los de corazón limpio, porque ellos verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque el reino de los cielos les pertenece.
Dichosos serán ustedes cuando por mi causa la gente los insulte, los persiga y levante contra ustedes toda clase de calumnias. Alégrense y llénense de júbilo, porque les espera una gran recompensa en el cielo. Así también persiguieron a los profetas que los precedieron a ustedes.
Dichosos ustedes los pobres, porque el reino de Dios les pertenece.
Dichosos ustedes que ahora pasan hambre, porque serán saciados.
Dichosos ustedes que ahora lloran, porque luego habrán de reír.
Dichosos ustedes cuando los odien, cuando los discriminen, los insulten y los desprestigien por causa del Hijo del Hombre.
Alégrense en aquel día y salten de gozo, pues miren que les espera una gran recompensa en el cielo. Dense cuenta de que los antepasados de esta gente trataron así a los profetas.
Pero ¡ay de ustedes los ricos, porque ya han recibido su consuelo!
¡Ay de ustedes los que ahora está saciados, porque sabrán lo que es pasar hambre!
¡Ay de ustedes los que ahora ríen, porque sabrán lo que es derramar lágrimas!
¡Ay de ustedes cuando todos los elogien! Dense cuenta de que los antepasados de esta gente trataron así a los falsos profetas.

Como se puede ver, la versión de Lucas es más “materialista”, busca equidad económica y social y no meramente espiritual. Esta preocupación por justicia material tiene eco en diferentes partes del evangelio donde Jesús exhorta a quienes tienen riquezas de usarlas para ganarse un puesto en el Reino de Dios (Lucas 16:9) y en otros relatos donde se pone particular énfasis en la necesidad de tratar a los pobres con dignidad (ej.: Lucas 16:19-31).

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Esta entrada es parte de una serie dedicada a la autoría de los cuatro evangelios canónicos. Las demás entradas que forman parte de esta serie son:

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