El Argumento Ontológico Clásico para la Existencia de Dios

Como expliqué en una entrada anterior, a pesar de que a través de la historia de la filosofía se han ofrecido un gran número de argumentos para defender la existencia de Dios, tres “familias” de ellos han sido particularmente influenciales: los argumentos “ontológicos”, los “cosmológicos” y los “teleológicos”. Hablo de tres “familias” de argumentos en vez de tres argumentos porque diferentes filósofos han ofrecido diferentes versiones de ellos, a pesar de que a veces sean muy similares. En esta entrada hablaré del argumento ontológico “clásico” expuesto por San Anselmo y René Descartes.

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San Anselmo

El argumento ontológico es uno de los argumentos más extraños que la filosofía ha producido. En efecto, al escucharlo uno no puede evitar sentir una sensación de que algo muy extraño ha ocurrido, como una especie de truco de magia. El argumento ontológico ha sido paradójicamente uno de los argumentos menos convincentes, pero más difíciles de refutar de la historia de la filosofía. Esto es así porque el argumento ontológico intenta hacer algo enormemente ambicioso: insistir que la esencia de Dios lógicamente necesita de su existencia o, en lenguaje más llano, decir que Dios existe por definición.

Este curioso argumento fue originalmente propuesto por San Anselmo en el año 1078 (aunque algunos rasgos de este aparecen en los escritos de filósofos como Parménides y Zenón). Su versión del argumento esta reproducida aquí:

Se trata, por consiguiente, de saber si tal Ser existe, porque el insensato ha dicho en su corazón: No hay Dios. Pero cuando me oye decir que hay un ser por encima del cual no se puede imaginar nada mayor, este mismo insensato comprende lo que digo; el pensamiento está en su inteligencia, aunque no crea que existe el objeto de este pensamiento. (…)  El insensato tiene que convenir en que tiene en el espíritu la idea de un ser por encima del cual no se puede imaginar ninguna otra cosa mayor, porque cuando oye enunciar este pensamiento, lo comprende, y todo lo que se comprende está en la inteligencia: y sin duda ninguna este objeto por encima del cual no se puede concebir nada mayor, no existe en la inteligencia solamente, porque, si así fuera, se podría suponer, por lo menos, que existe también en la realidad, nueva condición que haría a un ser mayor que aquel que no tiene existencia más que en el puro y simple pensamiento. Por consiguiente, si este objeto por encima del cual no hay nada mayor estuviese solamente en la inteligencia, sería, sin embargo, tal que habría algo por encima de él, conclusión que no sería legítima. Existe, por consiguiente, de un modo cierto, un ser por encima del cual no se puede imaginar nada, ni en el pensamiento ni en la realidad. Lo que acabamos de decir es tan cierto, que no se puede imaginar que Dios no exista. (Proslogion, Capítulo II, n.1458)

El florido lenguaje del santo medieval puede hacer difícil seguir su argumentación. Sin embargo, podemos simplificar y formalizar su argumento de modo que sea más comprensible:

  1. Toda persona (incluso el ateo “insensato”) puede concebir a Dios como el ser más grande del cual nada mayor puede ser pensado. (Si pudiese pensar en un ser más grande que “Dios”, ese ser más grande sería Dios).
  2. Ahora bien, si Dios no existe, entonces uno puede imaginarse algo mayor que Dios: un Dios que exista en la realidad y no solo en la mente.
  3. Pero por la definición dada en (1), uno no puede imaginarse algo mayor que Dios, por lo tanto (2) no puede correcto.
  4. Dios debe existir en la realidad.

Lo que San Anselmo nos quiere decir entonces es lo siguiente: un Dios que solo exista en la imaginación no puede ser “Dios”, ya que solo existir en la imaginación es inferior a existir en la realidad y Dios, por definición, es el ente máximo. En otras palabras, “Dios”, por definición, debe existir en la realidad del mismo modo que los triángulos deben tener tres lados: un triángulo que no tenga tres lados no es “triangulo” y un Dios que solo exista en la imaginación no es “Dios”.

En efecto, esta sería precisamente la forma que en el Siglo XVII René Descartes presentaría su versión del argumento:

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René Descartes

Examinando de nuevo la idea que tenía de un ser perfecto, veía que en ella estaba comprendida la existencia, del mismo modo e incluso con más evidencia, que en la idea de triángulo está comprendido que la suma de sus tres ángulos es igual a dos rectos, o que en la de una esfera que todas sus partes equidistan de su centro. Y en consecuencia es por lo menos tan cierto que Dios, que este ser perfecto, existe, como puede serlo cualquier demostración geométrica. (Discurso sobre el Método IV)

 

Descartes presentó la versión de su argumento en varios escritos, incluyendo sus famosas Meditaciones, con distintos ajustes. Así, por lo general, los filósofos formalizan la versión cartesiana del argumento más o menos de este modo:

  1. Dios es, por definición, el ser que posee todas las perfecciones.
  2. La existencia es una perfección.
  3. Consecuentemente Dios posee la perfección de la existencia.
  4. Dios existe.

A pesar de que este argumento no sea idéntico al de San Anselmo, su contenido es análogo. Para Descartes, el “no-existir” sería una imperfección (del mismo modo que para San Anselmo existir solo en la imaginación es inferior a existir en la realidad) y como Dios es, por definición, el ente perfecto, este debe existir. Por lo tanto, decir “Dios no existe” sería una contradicción similar a decir “los triángulos no tienen tres lados”.

Los Problemas con el Argumento Ontológico Clásico

Me imagino que el lector, sea creyente o no, probablemente siente que algún tipo de falla debe de existir en este argumento. ¿Cómo es posible probar la existencia de algo meramente definiéndolo? En efecto, a pesar de que grandes filósofos han defendido este argumento, lo cierto es que la mayoría lo ha encontrado poco persuasivo. Sin embargo, a pesar de que intuitivamente sentimos que algo anda mal con el argumento, poner el dedo exactamente en donde ha sido extremadamente complicado. En efecto, volvamos a ver la versión cartesiana del argumento:

  1. Dios es, por definición, el ser que posee todas las perfecciones.
  2. La existencia es una perfección.
  3. Consecuentemente, Dios posee la perfección de la existencia.
  4. Dios existe.

La premisa (1) es simplemente una definición, por lo que no puede estar errada. No solo eso, sino que es una definición bastante intuitiva: Dios siempre ha sido descrito como el Ser perfecto. La premisa (2) es curiosa, pero parece ser intuitivamente correcta: creo que la mayoría de nosotros estaría de acuerdo en decir que es mejor existir qué no existir. La premisa (3) es simplemente una conjunción de (1) y (2). Y, finalmente, la conclusión (4) parece fluir de modo perfectamente natural de las premisas (1), (2) y (3). ¿Qué puede estar mal?

La Isla de Gaunilo

El primer intento de refutar el argumento ontológico provino de un contemporáneo a San Anselmo, el monje benedictino Gaunilo de Marmoutier. Sin embargo, su refutación no consistió en demostrar cuál de las premisas del argumento estaban erradas sino en ofrecer una especie de reductio ad absurdum, es decir, una demostración de que el argumento lleva a una conclusión que es claramente errada o absurda. El reductio de Gaunilo consistió en esto: según este pensador se puede usar el argumento ontológico para “probar” que existe cualquier cosa.

El ejemplo usado por el monje fue una isla ficticia, la cual bautizaremos como la “Isla Perdida”. Gaunilo presentó el siguiente argumento:

  1. La Isla Perdida es aquella isla de la cual no se puede concebir una isla superior. (Tiene el clima perfecto, las mejores playas, la comida más sabrosa, etc.)
  2. Si la Isla Perdida no existe, entonces podemos concebir de una isla superior: una isla con los mismos atributos pero que sí exista en la realidad y no solo en la mente.
  3. Pero por la definición de (1), uno no puede imaginarse una isla superior a la Isla Perdida. Consecuentemente (2) no puede ser correcto.
  4. La Isla Perdida existe.

Image result for islandDe este modo, nos dice Gaunilo, el argumento ontológico puede ser empleado para “probar” la existencia de cualquier cosa: islas, ciudades, casas, estatuas, personas, (etc.) simplemente definiéndolas apropiadamente. Esta conclusión es evidentemente absurda: uno no puede saber que en algún lugar del mundo existe una isla perfecta simplemente definiéndola.

Ahora bien, a pesar de que el argumento de Gaunilo tiene un evidente peso intuitivo, lo cierto es que propiamente no refutó el argumento ontológico. Esto es así por dos razones principales. La primera consiste en que Gaunilo no indica cuál de las premisas del argumento es falsa o porqué esas premisas no conllevan a esa conclusión. En efecto, es una regla de la lógica que si un argumento es válido y sus premisas son correctas, entonces su conclusión debe ser correcta por necesidad. Gaunilo no ha demostrado en donde yerra el argumento, simplemente ha demostrado que el argumento puede aparentemente ser empleado para probar que cualquier cosa existe.

Existe una segunda dificultad. No resulta claro que la Isla Perdida (o cualquier otro ente) y Dios puedan ser análogos del modo que Gaunilo pretende. Podemos imaginarnos una isla absolutamente paradisiaca, pero una isla mejor sería una que pueda crear otros entes, sea eterna, sea capaz de tener pensamientos, (etc.) hasta que se desnaturaliza el concepto de isla. En efecto, la “isla de la cual no se puede concebir otra mayor” parece dejar de ser isla y se empieza a parecer a Dios. Por esta razón, San Anselmo le replicó a Gaunilo que la descripción “un ser del cual no se pueda concebir uno mayor” no se aplica de modo natural a entes contingentes como islas, casas o personas, sino que es únicamente aplicable propiamente a Dios. Todos estos entes carecen, en las palabras de Alvin Plantinga de un “máximo natural”. Esto es, evidentemente, un argumento controversial.

“La Existencia no es un Predicado”

Al margen de si el contraargumento de Gaunilo resulta persuasivo o no, lo cierto es que este deja el problema de fondo intacto, ya que no indica en donde exactamente está la falla del argumento ontológico. El primer filósofo que realmente colocó el dedo exactamente en el problema no fue otro que el famoso Immanuel Kant, aunque la articulación más precisa del problema debió esperar al advenimiento de la lógica moderna que emergió del trabajo de filósofos como Frege, Russel y Wittgenstein.

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Immanuel Kant

Kant se percató que el problema con el argumento radica en que este emplea el concepto de “existencia” como si fuese una propiedad ordinaria de los objetos, lo que a su vez crea la ilusión de que podemos incluir la existencia de un objeto en su descripción. De este modo, al incluir la existencia como una de las perfecciones de Dios, San Anselmo y Descartes llegan a la conclusión de que decir que “Dios no existe” es como negar que los triángulos tengan tres lados. Sin embargo, como Kant notó, la existencia simplemente no opera como parte de una descripción de un ente. Para hacer esto claro, imaginemos una naranja y listemos sus propiedades: es anaranjada, dulce, redonda, no muy pesada y firme. Ahora bien, ¿es legítimo añadir a esta lista de propiedades decir que esta naranja existe? Nuestra primera inclinación podría ser afirmativa, pero pensemos un poco más cuidadosamente al respecto. Si digo que la naranja es roja en vez de anaranjada (quizá porque la he pintado), existe un cambio en el concepto o la “imagen” de la naranja que tengo en mi mente. Pero ¿en que cambia en este concepto o imagen cuando añado la “existencia” a la lista de propiedades que tiene la naranja? Kant nos da la respuesta: en nada. En efecto, la existencia no forma parte de la descripción del ente ya que no altera las propiedades de este, simplemente nos indica que en algún lugar del mundo podemos encontrar un ente con esa descripción. En efecto, el decir que un ente X existe no describe a X, sino que describe al mundo, indicando que en algún lugar de este un ente con la descripción de X puede ser hallado.

Podemos visualizar esto de este modo: podemos imaginar que los conceptos son como “cajas” donde colocamos propiedades. Así, por ejemplo, la caja llamada “naranja” contiene las propiedades ya descritas: anaranjada, dulce, redonda, no muy pesada y firme. Sin embargo, la “existencia” no es algo que se coloca “en” la caja, sino que nos indica que hay por lo menos una caja en el mundo real. Lo mismo ocurre con Dios. Dios tiene una serie de propiedades (omnipotencia, omnisciencia, etc.) que podemos colocar “en” su caja, pero la existencia no entra ahí, sino que esta nos indica que hay por lo menos una de esas cajas en el mundo real.

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El motivo detrás de la confusión del argumento ontológico clásico consiste en que en nuestro lenguaje ordinario usamos la existencia como un predicado ordinario. Ese es el motivo por el cual al principio estábamos inclinados a decir que si podíamos incluir la existencia de la naranja como parte de su descripción. Sin embargo, desde el punto de vista lógico, la existencia no es un predicado o propiedad del objeto, sino una indicación de que en el mundo real existe al menos un ente con esa descripción. Consideremos la preposición “existe un caballo negro en mi jardín”: uno puede tener la inclinación de pensar que “negro y existente” son la descripción del caballo. Pero consideremos la preposición “hay 7 caballos negros en mi jardín”: la ilusión se desvanece, nos damos cuenta de que en ambos casos simplemente estamos cuantificando el número de veces que el ente “caballo negro” aparece en mi jardín, no describiendo al caballo o caballos. Esta es precisamente la forma en que la lógica simbólica moderna evita que caigamos en ese tipo de trampas: se emplea lo que se denomina un “cuantificador existencial” (simbolizado ∃(x)) para indicar que un ente existe, pero nunca incluimos en la existencia como parte de la descripción del ente.

De este modo, la observación hecha por Kant (y refinada por la lógica moderna) nos indica exactamente donde falla el argumento ontológico clásico. Veamos por última vez la versión cartesiana de este:

  1. Dios es, por definición, el ser que posee todas las perfecciones.
  2. La existencia es una perfección.
  3. Consecuentemente, Dios posee la perfección de la existencia.
  4. Dios existe.

Podemos ver ahora claramente que el problema es que la premisa (2) es falsa. Aunque nos parezca mejor la existencia que la no-existencia, esta no puede ser una “perfección” simplemente porque no es un predicado legítimo. Consecuentemente, decir “Dios no existe” no conlleva ninguna contradicción lógica (al margen de si de verdad existe o no).

Existen otras versiones del argumento ontológico, pero estás serán discutidas en futuras entradas.

 

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Esta entrada forma parte de una serie no concluida que analiza argumentos filosóficos sobre la existencia de Dios. Las entradas de esta serie (a la fecha) son:

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