¿Quién escribió el Evangelio según San Juan?

En entradas anteriores discutí la autoría de los tres evangelios sinópticos, indicando las razones por las cuales los expertos modernos rechazan de forma prácticamente unánime que estos hayan sido realmente escritos por Mateo, Marcos y Lucas. En esta entrada discutiré la autoría del último evangelio canónico: el Evangelio según San Juan. Al igual de lo que ocurre con los sinópticos, el consenso moderno es que este documento no fue escrito por Juan, sino que fue redactado décadas después de la muerte del apóstol.

Juan
Juan el Evangelista, simbolizado por un águila

Vale la pena empezar este artículo del mismo modo que he empezado los demás en esta serie: haciendo un brevísimo repaso de los problemas con la autoría tradicional de los evangelios canónicos. En efecto, como expliqué en una entrada anterior, la enorme mayoría de expertos de hoy en día (con la excepción de los extremadamente conservadores) rechazan la idea de que los evangelios canónicos sean realmente la obra de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, y por buenas razones.

En primer lugar, aunque pueda parecer sorprendente, en ningún lugar de los cuatro evangelios se indica quienes fueron sus autores. Dicho otramente, los cuatro evangelios son todas obras anónimas. La razón por la cual tradicionalmente se dice que estos textos son obra de Mateo, Marcos, Lucas y Juan es a causa de una tradición eclesiástica, es decir, una opinión generalizada de los Padres de la Iglesia de la antigüedad pero que no consta en ningún lugar del Nuevo Testamento. Pero, y he aquí el problema, no hay evidencia de que esa tradición haya existido antes de finales del siglo II, es decir, más de un siglo después de la composición de los evangelios. En efecto, la evidencia indica que estos cuatro textos fueron conocidos y usados por las comunidades cristianas por más de cien años sin que hayan sido atribuidos a Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Cuando analizamos las obras de autores cristianos anteriores a ese tiempo (como por ejemplo Ignacio de Antioquía, Policarpo de Smyrna o Justinio el Mártir), notamos que ellos citan y usan los evangelios sin nunca mencionar que hayan sido escritos por apóstoles o acompañantes de apóstoles. 

Pero las dificultades no se terminan ahí. Además de ser anónimos los evangelios fueron escritos originalmente en griego koiné. Esto es relevante no sólo porque la lengua original de Jesús y sus primeros seguidores fue el arameo, sino porque al provenir todos de la Galilea rural es extremadamente poco probable que hayan sabido leer y escribir, peor en griego y menos aún al nivel necesario para componer obras literarias. En efecto, las estimaciones modernas sugieren que solo el 3% de la población de la palestina bajo el Imperio Romano sabía leer y escribir. Así, Juan Apóstol, quien es descrito en todas nuestras fuentes como un humilde pescador, difícilmente pudo ser el autor del evangelio que lleva su nombre.

Como podemos ver, un primer análisis nos indica que la probabilidad de que Juan sea el autor de este evangelio es baja. Eso nos lleva naturalmente a hacernos tres preguntas. ¿Por qué la Iglesia decidió atribuirle la autoría de este evangelio concretamente a Juan Apóstol? ¿Por qué los expertos modernos están tan seguros que esto es un error? Y, ¿quién escribió este evangelio realmente?

¿Por qué se atribuyó este evangelio a Juan?

Al igual que en el caso de los otros evangelios, no tenemos ningún documento histórico que nos indique de forma explícita cuales fueron las razones que llevaron a los Padres de la Iglesia del siglo II a creer que Juan fue el autor de este documento. Es más, no tenemos constancia de ninguna tradición anteriores al siglo II que indiquen que Juan haya dejado por nada por escrito (a diferencia de Mateo y Marcos). Sin embargo, a pesar de esto, podemos hacernos una buena idea de cuál fue el razonamiento que la Iglesia empleó para concluir que este texto fue escrito por Juan. Al igual que en el caso del Evangelio de Lucas, las razones que parecen haberlos llevado a concluir que Juan fue el autor de este documento fueron internas, es decir, basadas en “pistas” o indicios provenientes del propio evangelio.

En concreto, la tradición parece haberse basado en dos pasajes del evangelio para atribuirlo a Juan, pasajes que indican que este fue escrito basándose en el testimonio “del discípulo a quien Jesús amaba”. Reproduzco a continuación los pasajes en cuestión:

Pero, cuando se acercaron a Jesús y vieron que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante le brotó sangre y agua. El que lo vio ha dado testimonio de ello, y su testimonio es verídico. Él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean. (Jn 16: 33-35)

Al volverse, Pedro vio que los seguía el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había reclinado sobre Jesús y le había dicho: “Señor, ¿quién es el que va a traicionarte?” Al verlo, Pedro preguntó: “Señor, ¿y este, qué?” Jesús contestó: “Si quiero que él permanezca vivo hasta que yo vuelva, ¿a ti qué? Tú sígueme no más. Por este motivo corrió entre los hermanos el rumor de que aquel discípulo no moriría. Pero Jesús no dijo que no moriría, sino solamente: “Si quiero que él permanezca vivo hasta que yo vuelva, ¿a ti qué?” Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas, y las escribió. Y estamos convencidos de que su testimonio es verídico. (Jn 21:20-25).

Ahora bien, ¿quién es “el discípulo a quien Jesús amaba”? El Evangelio de Juan no nos lo dice nunca. De hecho, Juan hijo de Zebedeo no es mencionado en ningún lugar del evangelio. ¿Por qué entonces se identificó a Juan con “el discípulo a quien Jesús amaba”? El razonamiento más probable es que los Padres de la Iglesia del siglo II se apoyaron en los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) para llegar a esa conclusión. En efecto, en los evangelios sinópticos hay tres discípulos que tienen un rol muchísimo más prominente que el de los demás: Pedro, Santiago y Juan, hijos de Zebedeo. Ahora bien, Pedro claramente no puede ser “el discípulo a quien Jesús amaba” ya que en uno de los pasajes donde se menciona a este discípulo también aparece Pedro como una persona distinta. Igualmente, tampoco podía ser Santiago, hijo de Zebedeo, ya que la tradición sostenía que fue martirizado poco tiempo después de la muerte de Jesús y el segundo pasaje arriba citado insinúa que los primeros cristianos creían que “el discípulo a quien Jesús amaba” permanecería vivo hasta el regreso de Jesús, cosa que indica que el discípulo tuvo larga vida. Consecuentemente, por eliminación, la Iglesia del siglo II parece haber inferido que este discípulo no podía ser otro que Juan, hijo de Zebedeo.

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Los tres discípulos “estrella” de los sinópticos son Pedro, Santiago y Juan. Ellos son los únicos que presencian, por ejemplo, la Transfiguración.

¿Por qué la atribución es incorrecta?

Como vimos la conclusión que Juan fue el autor de este evangelio parece descansar en dos inferencias conexas:

  1. Juan, hijo de Zebedeo, es “el discípulo a quién Jesús amaba”, y;
  2. “El discípulo a quién Jesús amaba” fue el autor del evangelio

Es importante notar que estamos ante dos cuestiones conceptualmente distintas que deben analizarse por separado. Así, nos tenemos que hacer dos preguntas. Primero, ¿es razonable asumir que la identidad de este misterioso “discípulo a quien Jesús amaba” sea Juan, hijo de Zebedeo? Y segundo, ¿es razonable creer que el “discípulo a quien Jesús amaba”, sea quien sea, es el autor del evangelio?

La primera cuestión es estrictamente literaria e interna al evangelio: ¿quiso el autor, sea quien sea, que “el discípulo a quien Jesús amaba” sea identificado con Juan, hijo de Zebedeo? Es poco probable. En efecto, como mencioné, Juan apóstol en ningún momento es mencionado por nombre en todo el evangelio, razón por la cual la Iglesia del siglo II parece haberse apoyado en la tradición sinóptica para asociar al misterioso discípulo con Juan. Sin embargo, un análisis del Evangelio de Juan indica que su autor no tenía conocimiento de los evangelios sinópticos. En efecto, las discrepancias entre Juan y los sinópticos respecto a los eventos narrados, su orden, tono y teología son claras indicaciones de que este evangelio se redactó sin usar a los otros como fuente. Consecuentemente, es incorrecto creer que el evangelio de Juan es un evangelio “complementario” a la tradición sinóptica (como a veces se ha afirmado) ya el autor no parece haber estado en contacto con ella. Esto a su vez significa que es inadecuado apoyarse en la tradición sinóptica para identificar al misterioso “discípulo a quien Jesús amaba”.

Si el misterioso discípulo amado no es Juan, ¿entonces quién es? El evangelio nos da pocas pistas para identificar a este discípulo. Algunos expertos han propuesto que el evangelio se refiere a Santiago, hermano de Jesús, debido a que en la cruz Jesús le dice a María su madre que ese discípulo “es su hijo”. Otros proponen que se trata de Lázaro, ya que con anterioridad el evangelio indica que Jesús amaba a esa persona (Jn 11:5). Algunos incluso han propuesto que el amado discípulo en realidad no existió, sino que es una construcción literaria fabricada por el evangelista para simbolizar al “discípulo perfecto”. Sin embargo, estas teorías son altamente especulativas. Lo más probable es que la identidad del discípulo haya sido conocida por los integrantes de la comunidad donde se redactó el evangelio originalmente, motivo por el cual el autor simplemente no se preocupó en clarificar quién fue. Por más frustrante que sea para nosotros, lo más probable es que nunca llegaremos a realmente estar seguros quién fue este misterioso personaje.

Raising of Lazarus
Jesús resucitando a Lázaro

Ahora bien, pasemos al segundo interrogante: ¿es posible que ese discípulo desconocido, sea quien haya sido, sea el autor del evangelio de Juan? Un vez más es poco probable. Lo primero que tenemos que tener en cuenta es que absolutamente ninguno de los pasajes donde se habla de ese discípulo están escritos en primera persona. No solo eso, sino que los dos pasajes “clave” donde se hace referencia al testimonio de este discípulo explícitamente indican que este no es el autor material final del evangelio. En efecto, volvamos a leer con detenimiento los dos pasajes:

Pero, cuando se acercaron a Jesús y vieron que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante le brotó sangre y agua. El que lo vio ha dado testimonio de ello, y su testimonio es verídico. Él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean. (Jn 16: 33-35)

Al volverse, Pedro vio que los seguía el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había reclinado sobre Jesús y le había dicho: “Señor, ¿quién es el que va a traicionarte?” Al verlo, Pedro preguntó: “Señor, ¿y este, qué?” Jesús contestó: “Si quiero que él permanezca vivo hasta que yo vuelva, ¿a ti qué? Tú sígueme no más. Por este motivo corrió entre los hermanos el rumor de que aquel discípulo no moriría. Pero Jesús no dijo que no moriría, sino solamente: “Si quiero que él permanezca vivo hasta que yo vuelva, ¿a ti qué?” Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas, y las escribió. Y estamos convencidos de que su testimonio es verídico. (Jn 21:20-25).

El primer pasaje claramente nos dice que “su testimonio es verídico”, claramente indicando que ese testigo no es el que está escribiendo el evangelio. Igualmente, el segundo pasaje indica con claridad que ese discípulo ya había muerto cuando el evangelio alcanzó su forma final. En efecto, ambos pasajes clave no nos dicen que el discípulo amado sea el autor del evangelio, sino simplemente que está basado en su testimonio. Ahora bien, ¿cómo debemos de entender que el evangelio haya sido “basado” en el testimonio de este discípulo? ¿Es eso verosímil?

Existe un factor crucial a tomar en cuenta para contestar estos interrogantes. Un análisis cuidadoso de la redacción del evangelio revela que este evangelista, al igual que Lucas y Mateo, no escribió el evangelio por su cuenta sino que empleó múltiples fuentes anteriores, editándolas juntas para crear el documento final. En efecto, los especialistas identifican lo que denominan “costuras literarias”, lugares del documento donde se evidencia que dos o más fuentes fueron “cosidas” juntas para crear un documento mixto. En el Evangelio de Juan, esas costuras se evidencian cuando la narrativa no fluye de modo adecuado, evidenciando que se está pasando de una fuente a otra o donde ha habido una edición del material original. Por ejemplo:

  • En Jn 2:11 Jesús realiza lo que el autor denomina su primer “signo” (i.e.: milagro) al convertir agua en vino, y en Jn 4:54 realiza el segundo al realizar una sanación. Pero en Jn 2:23, es decir, después del primer signo, pero antes del segundo, el evangelio nos indica que “muchos creyeron en su nombre al ver las señales que hacía”. Esto es un problema narrativo, ya que hasta ese momento el autor explícitamente nos ha dicho que Jesús solo ha hecho únicamente un signo.
  • En Jn 2:23 se nos indica que Jesús se halla en Jerusalén, la capital de Judea donde tiene una discusión con Nicodemo. Sin embargo, una vez concluido el dialogo, el texto dice que “(d)espués de esto Jesús fue con sus discípulos a la región de Judea”. Esto es extraño ya que evidentemente Jesús y sus discípulos ya están en Judea, en su mismísima capital. (Ojo, algunas traducciones como la Nueva Traducción Viviente, intentan solventar el error del evangelista al traducir “región” como “campo”, diciendo así que Jesús se movió al “campo de Judea”. Esta traducción es incorrecta. Afortunadamente la gran mayoría de traducciones no cometen este error.)
  • En Jn 5:1, el autor nos indica que Jesús viaja nuevamente a Jerusalén y todo el capítulo 5 transcurre en ese lugar. Sin embargo, al empezar el capítulo 6, en Jn 6:1, el autor de modo inexplicable indica que “Jesús se fue a la otra orilla del mar de Galilea”. Esto es imposible. ¿Cómo se puede ir Jesús a la “otra” orilla del mar de Galilea si se encuentra en Jerusalén, ciudad que no queda ni remotamente cerca de dicho mar?.
  • En la narración de la Última Cena, tanto Pedro como Tomás le preguntan a Jesús a donde va (Jn 13:36 y 14:5 respectivamente). Sin embargo, más adelante, Jesús les recrimina a sus discípulos que ninguno la ha preguntado a donde va (Jn 16:5).
  • En esa misma narración de la Última Cena, al final del capítulo 14, Jesús les indica a sus discípulos “¡Levántense, vámonos de aquí” (Jn 14:31). Pero en vez de levantarse e irse, Jesús continúa hablando, dando un largo discurso (el Discurso de la Vid) que no termina sino hasta una oración que concluye el capítulo 17. En efecto, ni Jesús ni sus discípulos se levantan y se van sino hasta Jn 18:1.

La multiplicidad de fuentes empleadas lleva a los estudiosos a la siguiente conclusión: es inapropiado pensar en un autor del evangelio. El Evangelio de Juan es el resultado de una hábil combinación de diversas fuentes, escritas en diversos momentos y por diversos individuos. El autor de este evangelio no es una persona, es una comunidad que a través del tiempo redactó, acumuló y editó textos de diversa índole hasta que al final un editor definitivo le dio la forma presente a este evangelio. Ahora bien, ¿qué podemos saber de esta comunidad? Y, ¿existe evidencia que alguna de las fuentes usadas en la edición final del documento fue el testimonio del misterioso “discípulo a quien Jesús amaba”?

¿Quién escribió el Evangelio según San Juan?

Debe ahora quedar claro porqué la comunidad académica rechaza que Juan, hijo de Zebedeo, haya sido el autor de este evangelio. No solo Juan era sin lugar a dudas un campesino iliterato que hablaba arameo, sino que el propio evangelio indica que el autor no era un discípulo de Jesús. Pero aún más, el análisis del texto revela múltiples capas de edición, y, consecuentemente, múltiples fuentes, editores y autores. En efecto, los estudiosos identifican varias fuentes subyacentes al texto, entre ellas:

  1. Un “Himno a Cristo”. Este habría sido incorporado al evangelio como el famoso prólogo donde se identifica a Jesús con el divino Verbo (“Logos”, “λόγος”).
  2. Un “Libro de Signos”. Un documento que narraba siete milagros (“signos”) hechos por Jesús. Este documento los presentaría de modo cada vez más impresionante, terminando con Jesús levantando a Lázaro. Este documento hubiese concluido con el pasaje que ahora se encuentra en Jn 20:30-31 que nos dice “Jesús hizo muchas otras señales milagrosas en presencia de sus discípulos, las cuales no están registradas en este libro. Pero estas se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que al creer en su nombre tengan vida.” Este escrito habría probablemente sido originalmente un texto misionero, un documento originalmente diseñado para convencer a posibles conversos del poder de Jesús. Este documento se habría editado posteriormente para conectar cada uno de estos siete signos con siete discursos de Jesús.
  3. Varias fuentes de discursos. El evangelio (en especial la Última Cena) está salpicado de discursos que parecen ser independientes de la narración en su conjunto. La existencia de múltiples fuentes de discursos explicaría la costura literaria encontrada en Jn 14:31.
  4. Una “Narrativa de la Pasión”. Los capítulos 18-20 del evangelio, donde se relata el juicio y crucifixión de Jesús, parecen haber pertenecido originalmente a un documento independiente.
  5. Un relato de una aparición del Jesús resucitado. Al final del evangelio se añade un episodio donde Jesús se le aparece a Simón Pedro y al famoso “discípulo al que Jesús amaba”. Este episodio parece no haber sido parte del documento original, ya que este probablemente concluía originalmente en Jn 20:31.

Estas fuentes (entre otras) habrían sido redactadas, entrelazadas, editadas, y modificadas por una comunidad cristiana durante décadas hasta que finalmente un editor final creó el documento que fue puesto en circulación a través del Imperio Romano, documento que hoy en día conocemos como “El Evangelio según San Juan”.

Ahora bien, ¿es razonable creer que en algún lugar de este complejo entramado de fuentes y ediciones haya existido el testimonio de un discípulo de Jesús, “el discípulo a quien Jesús amaba”? ¿O es este discípulo una figura puramente ficticia? Es difícil dar una respuesta sólida. Sin embargo, vale la pena notar que en varios lugares el evangelio demuestra una excepcional familiaridad con la geografía de Judea, las costumbres judías, a la vez que presenta ciertos eventos de forma más verosímil que los sinópticos. Por ejemplo:

  • El Evangelio de Juan nos da detalles concretos de lugares en Jerusalén como el estanque de Betzatá y el estanque de Siloé. Estos detalles son corroborados por investigación arqueológica.
  • El Evangelio de Juan nos indica que los primeros seguidores de Jesús eran discípulos de Juan el Bautista, algo que es más verosímil que el relato sinóptico donde Jesús llama a sus discípulos sin haberlos conocido antes.
  • El Evangelio de Juan indica que el motivo detrás del arresto de Jesús era evitar un posible conflicto con los romanos, algo que es más verosímil que el relato sinóptico donde el arresto es motivado por diferencias teológicas con los líderes judíos.
  • El Evangelio de Juan indica que los discípulos de Jesús bautizaban. Un detalle verosímil que está ausente de las narrativas sinópticas.
  • El Evangelio de Juan indica que el ministerio de Jesús duró tres años, durante los cuales este respetó los festivales judíos. El evangelio correctamente identifica estos festivales.
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El estaque de Betzatá

Esto no quiere decir que el relato de Juan sea verosímil en su conjunto. Existe una enorme cantidad de pasajes y detalles narrativos del evangelio que difícilmente pueden ser históricos (detalles que discutiré en entradas futuras). En efecto, el Evangelio de Juan, por varios motivos, es el evangelio canónico con más problemas históricos. Sin embargo, entre varios relatos inverosímiles encontramos estas “perlas” de verosimilitud. ¿Qué puede significar eso? Me permito especular un poco. En mi opinión (y en la de algunos especialistas), estos toques de verosimilitud indican que detrás del complejo entramado de fuentes y ediciones de este evangelio si existió el testimonio original de un discípulo. Este discípulo, me aventuro a decir, no era uno de los doce grandes apóstoles sino un seguidor de Jesús que residía en Judea y que probablemente se hizo adepto suyo en una de sus visitas esa región. Este discípulo, después de la muerte de Jesús, habría emprendido una misión itinerante (similar a la de Pablo) siendo el fundador de la comunidad donde este evangelio fue escrito. Así, el testimonio dado por este discípulo original constituiría una de las fuentes primitivas de este evangelio, fuente que posteriormente fue editada, complementada y entrelazada con otros documentos durante un considerable periodo de tiempo hasta producir el documento que hoy en día conocemos como “El Evangelio según San Juan”.

En cualquier caso, lo cierto es que varios rasgos del documento como el nivel de conflicto con el judaísmo que presenta, su extremadamente alta cristología, su evidente contacto con el platonismo, y la evidencia de múltiples fuentes y ediciones indican que la versión final del evangelio fue escrita muy tardíamente. El consenso académico indica que la redacción definitiva de este evangelio ocurrió entre el 90 d.C y el 110 d.C, siendo el último de los evangelios canónicos en ser completado.

BIBLIOGRAFÍA

  • Bellinzoni, Arthur J. The New Testament: an Introduction to Biblical Scholarship. Wipf And Stock Pub, 2016.
  • Brown, Raymond E., and Marion L. Soards. Introduction to the New Testament. Yale University Press, 2016.
  • Ehrman, Bart D. Forgery and Counter-Forgery: the Use of Literary Deceit in Early Christian Polemics. Oxford University Press, 2012.
  • Ehrman, Bart D. The New Testament: a Historical Introduction to the Early Christian Writings. Oxford University Press, 2016.
  • Goodacre, Mark S. The Synoptic Problem: a Way through the Maze. Sheffield Academic Press, 2001.
  • Gray, Patrick. The Routledge Guidebook to the New Testament. Taylor & Francis Ltd, 2017.
  • Kloppenborg, John S. Q, The Earliest Gospel: an Introduction to the Original Stories and Sayings of Jesus. Westminster John Knox Press, 2009.
  • Meier, John P. A Marginal Jew: Rethinking the Historical Jesus: The Roots of the Problem and the Person. I, Doubleday, 1991.
  • Piñero, Antonio. Aproximación Al Jesús Histórico. Trotta, 2018.
  • Sanders, E. P. The Historical Figure of Jesus. Penguin Books, 1996.
  • Stein, Robert H. The Synoptic Problem: an Introduction. Baker Book House, 1994.
  • Vermes Géza. Christian Beginnings: from Nazareth to Nicea. Yale University Press, 2013.
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Esta entrada es el parte de una serie dedicada a la autoría de los cuatro evangelios canónicos. Las entradas que forman parte de esta serie son:

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14 comentarios en “¿Quién escribió el Evangelio según San Juan?

  1. Un comentario lleno de contradicciones; procura ser racional, acaso prepara a los lectores de la biblia para mas adelante decir: LA BIBLIA NO ES CREIBLE O QUE NO DEBEMOS CREER MAS EN ELLA.
    Aquien le importa lo que opinen los criticos modernos?
    Por ejemplo: decir que Jesús hablaba la lengua hebrea y aramea o decir que Juan era pescador campesino, esta menera de decir las cosas es engañarse y engañar. En Israel se hablaba varios idiomas: griego koiné, latin, hebreo y arameo.
    Decir que los judios eran casi iletrados es un insulto a la historia.
    Afirmar que el evangelio de Juan sufrio modificaciones, correcciones… adonde quiere llegar el opinologo?

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    • Con todo respeto, no veo en qué lugar de mi ensayo me he contradicho. Si tiene la amabilidad de apuntar donde lo he hecho rectifico el error.

      Sobre a quién le importa lo que dicen los investigadores modernos, creo que a muchos. A mí, por lo menos, me resulta un área de estudio fascinante por lo que le he dedicado años de estudio.

      En efecto, en la región palestina del Siglo I se hablaba varios lenguajes como el arameo, el griego, el latín, y dialectos proto-arabicos. Pero eso no significa que se hablaban de forma común y en todas partes. En latinoamerica, por ejemplo, se puede encontrar gente que habla español e inglés, pero si uno va a una zona rural probablemente no hablen inglés entre ellos. Lo mismo era con el Griego Koiné en la palestina del Siglo I, había gente que lo hablaba (como Flavio Joséfo o Páblo) pero la gente de las zonas rurales hablaba arameo. El griego no se hablaba de forma común en la palestina del Siglo I del mismo modo que el inglés no se hablaba de forma común en latinoamerica.

      Pero no basta con *hablar* griego para escribir este evangelio. Este evangelio es una composición muy compleja llena de metáforas, simbolismos, adaptación de conceptos platónicos, e inteligente uso de dobles sentidos. El dialogo con Nicodemo en Juan 3, por ejemplo, depende completamente del doble sentido que tiene la palabra “ἄνωθεν” (“anothen”) en griego. En otras palabras, el autor de este texto no solo tenía que *hablar* griego, tenía que *dominarlo*. Tenía que saber leer, escribir, componer y editar en griego a la vez que tenía que estar familiarizado con convenciones literarias greco-romanas, el uso de simbolismo y doble sentido.

      ¿Qué probabilidad hay que Juan, un pescador de la empobrecida Galilea, haya tenido la educación necesaria para todo esto? Prácticamente nula. En las mejores regiones y épocas del mundo antiguo, como la Atenas de Platón, se estima solo entre 10% y 15% de la población era literata. Esto no lo digo yo, esto proviene del reconocido estudio realizado por William Harris, profesor de la Universidad de Columbia. En la región de palestina la situación era aún peor. Catherine Hezser, en su estudio “Literacía en la Palestina Romana” estima que solo un 3% de la población era literata. Los que sabían leer y escribir, evidentemente, eran los pertenecientes a las clases más pudientes en las ciudades, no los campesinos y pescadores de las áreas rurales. Si conoce de estudios académicos del mismo calibre que demuestren lo contrario, le suplico me diga cuales son para leerlos yo mismo. Pero no solo eso, sino que el propio libro de Hechos de los Apóstoles, al describir a los apóstoles, indica que ellos eran “ἀγράμματοί”, “agrammatoi” (Hechos 4:13), palabra que literalmente significa “sin-letras” o “iletrados”, gente sin preparación o estudios.

      Respecto a si el evangelio “sufrió” correcciones y modificaciones, una vez más la opinión de los estudiosos es prácticamente unánime en decir que este es el caso. No me crea a mí, consiga un buen libro universitario de primer año sobre la materia y encontrará la misma información. Personalmente recomiendo el escrito por Bart Ehrman “El Nuevo Testamento, una Introducción Histórica” o el escrito por Raymond Brown “Una Introducción al Nuevo Testamento” (los leí en ingles, pero estoy seguro que habrán traducciones al español). Sea dicho de paso, el fallecido Raymond Brown era un sacerdote católico y aun así llegó a estas conclusiones.

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      • No pierdas tu tiempo respondiendo a gente como “Maximo”, pues hay alto grado de fanatismo y cierran las puertas a la ciencia y a la investigación.

        Por mi parte me parece buena tu aportación “BuhodeMinerva”.

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      • El libro “Evangelio y cartas de Juan” de Xenen Vidal, explica bastante bien la evolución y pensamiento de los sucesivos autores de este Evangelio.

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  2. Una cuestión que olvidaste mencionar ha sido los testimonios de Policarpo de Esmirna y de Ireneo de Lyon que confirman la antiquísima tradición de la autoría del Evangelio de Juan

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  3. “Mirad que nadie os engañe por medio de huecas sutilezas y vanas filosofías, por estratagema de hombres que para engañar usan con astucia las artimañas del error.”
    “Te alabo, oh, Padre, porque escondiste estas cosas de los sabios y los entendidos, y las revelaste a los niños.”
    “Porque el hombre natural no puede percibir las cosas que son del espíritu de Dios, y para él son locura, porque se han de discernir espiritualmente.”

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  4. Me parece un aporte valioso el que se encuentra en este blog. Agradezco las síntesis de temas tan importantes, que cómo alguien mencionó, nos libran de fanatismos y nos dan mayor claridad en el conocimiento de la Sagrada Escritura. Soy sacerdote católico y todo el estudio teológico hace posible que la relación con Dios sea mucho más cercana. Gracias.

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  5. Soy creyente, la mayoría de lo que he leído en español acerca de la crítica a la fe ha sido muy pobre en cuanto a argumentos pero éste es uno de los pocos casos donde si presenta un gran reto al debate, aunque si es debatible no es nada fácil, no sólo por el peso argumental del artículo sino por lo dogmáticos que podemos ser en nuestros argumentos, yo no le temo a la investigación y a la crítica, si estamos en la verdad tendremos de sobra como defendernos, las Escrituras nos enseñan a contender y defender la fe argumentalmente, el fundamentalismo y el dogmatismo no es bíblico.

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    • Estos últimos meses me ha sido imposible escribir nada en el blog, pero lo tengo pendiente. Escribí un artículo que se llama “El Apocalípticismo de los Primeros Cristianos” donde discuto el Libro del Apocalípsis. Creo que te puede interesar. ¡Gracias por seguir pendiente!

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  6. Llevo unos días leyendo tus ensayos, y debo agradecerte por lo completos y claros que son.
    Entiendo que es tu pasión en estos temas lo que te lleva a investigar y escribir; pasión que comparto con vos plenamente. Por eso quiero compartirte, brevemente, el resultado de mi investigación respecto al autor del Evangelio de Juan.
    F.V. Filson en su obra ¿Quien fue el discípulo amado? (1949), J.N. Sanders con la obra ¿Quien fue el discípulo al que Jesús amó? (1957) y C. Spiq en Ágape en el Nuevo Testamento (1977); todos ellos propusieron a Lázaro como el discípulo amado (como lo mencionaste), pero, el hecho de que Lázaro no sea mencionado en el ministerio de Galilea, y que no haya una tradición amplia sobre la actividad apostólica de Lázaro luego de la muerte de Jesús, deja esta teoría en duda. Lo cierto es que sí es Lázaro. El tema es averiguar quién era Lázaro.
    Lázaro no es un nombre propio, es un seudónimo y significa estar cubierto de llagas (leproso).
    El evangelio de Lucas nos habla de la parábola del hombre rico y el pobre Lázaro (Lc 16,19-31), es la única de las parábolas que contiene un “supuesto” nombre propio: el del pobre Lázaro. Aunque en el texto bíblico no se explicita directamente, se asoció al “pobre Lázaro” con un enfermo de lepra en razón de la presencia de llagas en su cuerpo. Si tenemos en cuenta el antecedente que ninguna parábola incluía nombre propio, Lucas no debió haber omitido esta regla, simplemente se refirió a un leproso usando el seudónimo de Lázaro.
    La unción de Betania, relatada en los cuatro evangelios, nos habla de la mujer que derrama perfume sobre Jesús; pero también nos habla de Lázaro.
    Mateo y Marcos dicen que la unción ocurrió en casa de Simón el leproso (Mt 26,6-13; Mc 14,3-9), Lucas relata este evento en casa de Simón el fariseo (Lc 7,36-50), y Juan dice que Lázaro (el recientemente resucitado) le ofreció el banquete (Jn 12,1-11). Por lo tanto, podemos concluir que Lázaro es Simón, un fariseo leproso, que murió y fue resucitado por Jesús.
    ¿Quién es Simón? Simón es uno de los discípulos de Jesús: Simón el zelota, o Simón el cananeo.
    Con esta teoría es más coherente pensar que un fariseo, conocido del Sumo Sacerdote, experto conocedor del Antiguo Testamento, haya escrito tan exquisito Evangelio.
    Esta es mi teoría, relatada aquí de manera sencilla y breve.
    Me encantaría saber tu opinión al respecto.
    Gracias por todo lo compartido!
    Saludos.

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    • Agradezco tus palabras e interés. Mi perspectiva es que, salvo un hallazgo arqueológico excepcional, nunca vamos a poder llegar a una conclusión sólida respecto de quien fue exactamente el autor del evangelio. La evidencia literaria que tenemos es simplemente demasiado escasa y ambigua.

      Simón era un nombre bastante común en la antigüedad, por lo que el mero hecho que Simón el Zelote y Simón el Leproso/Fariseo compartan el mismo nombre no es evidencia suficiente para concluir que sean la misma persona. Recuerda que incluso Pedro originalmente se llamaba “Simón”. De hecho la conclusión parecería ser la opuesta, ya que los fariseos y zelotes eran grupos ideológicamente distintos por lo que difícilmente “Simón el Fariseo” y “Simón el Zelote” serán la misma persona. La conexión entre Simón y Lázaro la veo también complicada, pues generalmente se entiende que el nombre “Lázaro” proviene del nombre hebreo “Eleazar”, es decir “Dios ha ayudado” (“El” es uno de los nombres hebreos de Dios), por lo que el nombre de Lázaro “per se” no denotaría que haya sido enfermo de lepra (si tienes una fuente que diga lo contrario me interesaría mucho leerla).

      Por regla general, cuando los evangelios relatan un evento de forma diferente, hay que resistir la tentación de mezclar los cuatro relatos y concluir que la mezcla es “lo que pasó realmente”. Los evangelios son el resultado de décadas de transmisión oral, composición literaria, y reflexión teológica. Las discrepancias entre los relatos de la unción cerca de Betania en Marcos 14, Mateo 26, Lucas 7 y Juan 12 reflejan que los autores usaron fuentes distintas y/o alteraron creativamente el relato. Nota, por ejemplo, que Lucas coloca esta historia entre los primeros capítulos de su evangelio mientras que los otros lo colocan casi al final. Debido a que sabemos que Lucas usó a Marcos como fuente, la inevitable conclusión es que Lucas *deliberadamente* decidió cambiar el lugar de esa historia. Fue una decisión creativa del evangelista. De poco o nada sirve combinar estas historias si queremos llegar al sustrato histórico original, ya que muchas de las diferencias entre estos relatos son deliberadas.

      Ahora bien, has hecho una observación importante: no parece ser coincidencia que el pobre en la parabola de Lucas tenga el mismo nombre que el personaje que Jesús resucitó en el evangelio de Juan. Los expertos han notado que si bien los evangelios de Juan y Lucas fueron escritos de forma independiente (a diferencia, por ejemplo, de Marcos y Mateo) parece que existen ciertas tradiciones compartidas entre los dos. Esto se puede ver, por ejemplo, al comparar sus relatos de la Resurrección. Esto lleva a algunos autores como Keith Pearce a especular que quizá Lázaro no haya existido realmente, sino que es un personaje nació producto de la “expansión” de la parabola de Lucas: lo que fue originalmente una parábola en Lucas, décadas después se transforma en un personaje de carne y hueso en Juan. Personalmente no estoy del todo convencido, pero esta es una curiosa explicación detrás de la coincidencia de los nombres.

      En todo caso, te agradezco nuevamente tu comentario y espero que sigas disfrutando el material. ¡Un saludo!

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      • Gracias por tu respuesta, y por tomarte la molestia de aportarme tantos datos precisos.
        Mi investigación está basada en el Evangelio de Juan, en interpretar su misterio, las imágenes y los signos. Descubrir su autor fue una de las últimas cosas que hice.
        Gustosamente te compartiré el libro que escribí, a la espera de tus correcciones y aporte; al fin de cuentas a ambos nos mueve la pasión por descubrir el Jesús Histórico.
        En este preciso momento estoy trabajando en la demostración sobre que se mezcló en los sinópticos la vida de Jesús de Nazaret con la de Jesús Barrabás. Tema contradictorio, como verás.
        Si puedes dejarme un correo electrónico, te enviaré mi libro.
        Toda la información que compartes me es muy útil, y te estoy súper agradecida.
        Saludo cordial.

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      • ¡Agradezco que quieras compartir tu libro conmigo! Puedes enviarlo al correo del blog: buho.minerva.blog@gmail.com

        No te puedo prometer que pueda aportar nada con él, pues en estos meses estoy teniendo muchísimas cosas encima por temas profesionales y personales (por eso no he publicado casi nada últimamente) pero apenas tenga un respiro lo leeré con interés. ¡Muchas gracias!

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