El Problema del Mal: Una Introducción

Con esta entrada doy inicio a una serie dedicada a explorar el llamado “Problema del Mal”, la dificultad que existe en reconciliar la existencia de Dios con la existencia de maldad y sufrimiento en el mundo. Para pensadores ateos, este constituye evidencia de que no existe un Dios benévolo mientras que para pensadores creyentes existen formas de mitigar esta tensión. El propósito de esta serie es entonces explorar este debate filosófico.

La forma que procederé es la siguiente. En esta entrada presentaré el problema a grandes rasgos, proveyendo un bosquejo o topología preliminar de las formulaciones del problema, así como de las diferentes refutaciones, defensas y teodiceas que se han propuesto para contraatacarlo. Luego, en subsiguientes entradas, profundizaré en estas diferentes formulaciones y defensas.

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Niños sobrevivientes del campo de concentración de Auschwitz

El Problema del Mal

El problema del mal no es un mero problema abstracto, sino que es un problema profundamente humano que nos conmueve en lo más profundo de nuestro ser. El famoso diálogo entre Iván y Aliosha en “Los Hermanos Karamazov” de Dostoyevski, por ejemplo, es una de las exploraciones literarias más emotivas que existen del problema (recomiendo fuertemente al lector que lea ese diálogo, lo puede descartar aquí). El problema del mal no es un problema puramente intelectual, sino profundamente emotivo.

Elie Wiesel, judío sobreviviente del Holocausto Nazi, ilustra esto de modo vívido mediante su relato de los horrores que vivió en los campos de exterminio:

Un día que volvíamos del trabajo, vimos tres horcas levantadas en el recinto de llamada, tres cuervos negros. Llamada. Los SS a nuestro alrededor, con las metralletas apuntándonos: la ceremonia tradicional. Tres condenados encadenados y, entre ellos, el pequeño pipel, el ángel de ojos tristes. Los SS parecían más preocupados, más inquietos que de costumbre. Colgar a un chico ante millares de espectadores no era poca cosa. El jefe del campo leyó el veredicto.

Todos los ojos estaban fijos en el niño. Estaba lívido, casi tranquilo, y se mordía los labios. La sombra de la horca lo cubría. El lagerkapo, esta vez, se negó a servir de verdugo. Tres SS lo reemplazaron. Los tres condenados subieron juntos a sus sillas. Los tres cuellos fueron introducidos al mismo tiempo en las sogas corredizas. —¡Viva la libertad! —gritaron los dos adultos. Pero el pequeño callaba. —¿Dónde está el buen Dios, dónde está? —preguntó alguien detrás de mí. A una señal del jefe de campo, las tres sillas cayeron.

Silencio absoluto en todo el campo.

En el horizonte, el sol se ponía. —¡Descúbranse! —aulló el jefe del campo. Su voz estaba ronca. Nosotros llorábamos. —¡Cúbranse! Luego comenzó el desfile. Los dos adultos ya no vivían. Sus lenguas colgaban hinchadas, azuladas. Pero la tercera soga no estaba inmóvil: el niño, demasiado liviano, vivía aún… Más de media hora quedó así, luchando entre la vida y la muerte, agonizando ante nuestros ojos. Y nosotros teníamos que mirarlo bien de frente. Cuando pasé delante de él todavía estaba vivo. Su lengua estaba roja aún, sus ojos no se habían apagado.  

Detrás de mí oí la misma pregunta del hombre: —¿Dónde está Dios ahora? Y en mí sentí una voz que respondía: —¿Dónde está? Ahí está, está colgado ahí, de esa horca… Esa noche, la sopa tenía gusto a cadáver.

(…)

¡Alabado sea el nombre del Eterno! ¿Por qué, por qué lo alabaría yo? Todas mis fibras se rebelaban. ¿Porque había hecho quemar a millares de niños en los fosos? ¿Porque hacía funcionar seis crematorios noche y día, hasta los días de Sabbat y los días de fiesta? ¿Porque en su omnipotencia había creado Auschwitz, Birkenau, Buna y tantas fábricas de la muerte? ¿Cómo decirle: «Bendito seas Tú, el Eterno, Señor del Universo, que nos has elegido entre todos los pueblos para ser torturados noche y día, para ver a nuestros padres, a nuestras madres, a nuestros hermanos terminar en el crematorio, alabado sea Tu Santo Nombre, Tú que nos has elegido para ser degollados en Tu altar»? (Elie Wiesel, Noche)

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Hambruna en Etiopía, 1985

El Holocausto solo es una pequeña muestra del mal que ha sido endémico a la realidad humana. Junto a las víctimas del Holocausto, solo en el Siglo XX, hay que añadir las historias de los Gulags Soviéticos, los campos de la muerte de Pol Pot  y el genocidio armenio entre muchos otros. Pero el sufrimiento y horror no solo es obra de manos humanas, sino que a menudo son causadas por el ciego cauce de la naturaleza. A través de la historia, los desastres naturales y las plagas han causado un dolor y sufrimiento difícil de cuantificar. Hoy en día es difícil concebir las precarias condiciones de vida de nuestros ancestros, cuando las hambrunas eran frecuentes. Las desgarradoras imágenes de la hambruna en Etiopía de 1985, (¡en pleno Siglo XX!), son un poderoso recordatorio del sufrimiento humano que caracterizó la mayor parte de nuestra existencia en este planeta y que todavía existe en gran parte del mundo. Del mismo modo, nuestra historia ha estado infestada de enfermedades y epidemias. La peste negra condenó a un tercio de la población europea a una muerte agonizante en la que la víctima vomitaba sangre a la vez que su carne se pudría. La viruela, traída por los conquistadores y colonos europeos, liquidó a la población nativa de las Américas de una forma cruel y dolorosa, con su piel llena de llagas y sus rostros desfigurados.

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Los efectos de la viruela en la mano de un niño.

Sin embargo, como bien le indicó Iván a Aliosha, probablemente el mal que nos resulta más incomprehensible es el mal que recae sobre niños inocentes. ¿Que tipo de Plan Divino podría justificarlo? La existencia de numerosas enfermedades congénitas a diario condenan a recién nacidos a una vida corta pero llena de agonizante sufrimiento. La enfermedad Ictiosis Arlequín, rara enfermedad genética caracterizada por escamas grandes y gruesas que aparecen en la piel, es ejemplo de ello. Las imágenes de los nacidos con esta enfermedad son tan horrorizantes que he decidido no incluirlas aquí, sino incluir este link a ellas para quien quiera verlas (pero advierto, son muy perturbadoras). Los niños que nacen con esta espeluznante condición normalmente viven pocos días y su corta existencia está marcada por un sufrimiento que pocos seriamos capaces de imaginar, un sufrimiento que pocos de nosotros nos atreveríamos a infligir aún a nuestro peor enemigo.

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Leones devoran a una zebra

En efecto, parecería ser que el horror, muerte y sufrimiento son parte esencial de la naturaleza misma. Los incendios forestales, hoy sabemos, son necesarios para el mantenimiento de un ecosistema saludable pero cada vez que ocurren miles de criaturas mueren calcinadas. ¿Se puede negar el sufrimiento de aquel venado que atrapado en un incendio que es quemado vivo? ¿No pudo el Eterno concebir de un mecanismo menos cruel? Igualmente, gran porción de los seres que habitan nuestro planeta necesariamente debe cazar, matar y consumir los cuerpos de otros seres vivos. ¿Quién puede negar el sufrimiento de una gacela siendo descuartizada viva por un grupo de leones? ¿O el dolor y desesperación que siente la presa del cocodrilo cuando este lo ahoga a la vez que le rompe los huesos? Los depredadores están obligados por las mismísimas leyes de la existencia a infligir un dolor inimaginable a otros seres vivos para seguir viviendo. ¿Qué tipo de Ser Supremo intencionalmente crearía un escenario tan sádico?

El Problema del Mal: Planteamiento Filosófico

Una Pequeña Fábula

Una nave extraterrestre aterriza en nuestro planeta. Sus tripulantes nos cuentan que en su planeta habita un ser de poder, sabiduría, bondad e inteligencia inimaginables. Este ser, nos cuentan, puede sin esfuerzo alguno hacer casi cualquier cosa. Puede crear planetas, materializar objetos y controlar el clima con su mera palabra, entre otras asombrosas habilidades que desafían nuestra comprensión. Los alienígenas además nos aseguran que este ser ama a todos como si fueran sus hijos y que su bondad y compasión desbordan lo imaginable. Entusiasmados por estas historias les pedimos que nos lleven de visita a su planeta. En nuestras mentes nos imaginamos una civilización utópica, un lugar donde no existe la guerra, el hambre, la soledad y la desesperación. Nos imaginamos una sociedad donde la injusticia y opresión que han marcado nuestra historia no existen y donde reina la paz.

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Sin embargo, apenas nos bajamos de la nave nos llenamos de desilusión. Su planeta, al igual que el nuestro, está lleno de pobreza, desigualdad, y muerte. Terremotos, sequías y erupciones regularmente matan a miles, mientras que la guerra y el genocidio se llevan la vida de millones. La tortura, violación y esclavitud son ocurrencias diarias, mientras que algunos de estos seres sienten una soledad y desesperación tan profundas que se quitan la vida. Desconcertados, les preguntamos a estos alienígenas cómo es posible que estas cosas ocurran en su planeta. ¿Dónde está su gobernante, el ser fantástico que nos describieron? Algunos humanos incluso llegan a cuestionar si el líder supremo de los alienigenas de verdad existe, ¿quizá sea una fabula, una mera leyenda? Los alienígenas se ofenden. “¡Por supuesto que ese ser habita en nuestro planeta!” insisten, “Es verdad que nunca lo hemos visto, pero lo que pasa es que él es invisible y actúa de formas misteriosas”. ¿Que tan convincente es esa explicación?

Me atrevo a decir que la mayoría de nosotros estará de acuerdo que las expectativas de los humanos al subirse a la nave y su desilusión al bajarse de ella están justificados: en un planeta donde habitase un ser como el descrito por los alienígenas, es razonablemente esperar encontrar condiciones de vida muy diferentes a las que encontraron al llegar ahí. Las expectativas de los humanos, su desilusión y su posterior escepticismo son, por tanto, razonables. Ahora bien, ¿no aplica esa conclusión con más fuerza cuando hablamos de Dios, un ser infinitamente más poderoso, sabio y bondadoso que el descrito por los alienígenas? Dios, el ser que en teoría gobierna no solo nuestro planeta sino todo el universo, es infinitamente más poderoso, sabio y bondadoso que el supuesto lider alienígena. A la luz de todo el mal que existe en nuestro mundo, ¿no estamos igualmente justificados en dudar de la existencia de Dios del mismo modo que dudamos de la existencia del líder alienígena? En efecto, el “problema del mal” parece consistir en que, a primera vista, hay una discrepancia entre lo esperable si Dios existiese y la realidad que nos rodea.

Sin embargo, hay varias formas articular esta discrepancia como veremos a continuación.

El Problema del Mal: ¿Lógico, Inductivo o Abductivo?

Podemos clasificar las formulaciones del problema del mal en varios grandes grupos o “familias” de argumentos. La primera gran clasificación que hay que hacer es distinguir entre formulaciones lógicas y formulaciones evidenciales. Las formulaciones lógicas insisten que la existencia del mal es lógicamente incompatible con la existencia de Dios, por lo que su existencia es absolutamente imposible. Por otro lado, quienes defienden una formulación evidencial (sea inductiva o abductiva) creen que la existencia de maldad y sufrimiento en el mundo no hacen que sea absolutamente imposible que exista Dios, pero hacen que su existencia sea improbable. Veamos más de cerca cada grupo.

Formulaciones Lógicas

Las formulaciones lógicas del Problema del Mal insisten que existe una contradicción de orden lógico entre la existencia del mal y la existencia de Dios. Consecuentemente, para ellos, decir “Dios y el Mal existen” sería tan absurdo como decir “un triangulo tiene cuatro lados”. Consecuentemente, ya que el Mal existe de forma evidente, para estos pensadores la existencia de Dios es descartada por las leyes de la lógica de modo que es completamente imposible que un Dios bueno exista. Uno de los primeros en formular el problema del mal desde esta perspectiva de incompatibilidad lógica fue el famoso filósofo griego Epicuro quien se expresó de la siguiente forma:

Image result for epicurus¿Es que Dios quiere prevenir la maldad, pero no es capaz? Entonces no es omnipotente. ¿Es capaz, pero no desea hacerlo? Entonces es malévolo. ¿Es capaz y desea hacerlo? ¿De donde surge entonces la maldad? ¿Es que no es capaz ni desea hacerlo? ¿Entonces por qué llamarlo Dios?

Posteriores filósofos han elaboraron esta idea de forma mucho más rigurosa. Un buen ejemplo se encuentra en los escritos del filósofo australiano John Leslie Mackie, quien en su ensayo “El Mal y la Omnipotencia” argumentó que es lógicamente imposible sostener estas tres proposiciones conjuntamente:

  1. Dios es Omnipotente
  2. Dios es Bueno
  3. El Mal existe

Mackie argumenta que la fe del creyente le obliga a sostener estas tres proposiciones de modo simultáneo, pero solo es lógicamente posible sostener dos de ellas a la vez. De este modo, la fe del creyente le obliga a sostener una creencia que es demostrablemente irracional, tan absurda como creer en un triángulo de cinco lados o en que no existe el número 17. Las únicas alternativas racionales al ateísmo para Mackie serían, en consecuencia, creer en un dios impotente o peor aún, en un dios sádico.

Si bien todavía hay pensadores que defienden una formulación lógica del problema del mal como la de Mackie, la mayoría de filósofos contemporáneos opinan que este tipo de formulaciones son simplemente demasiado ambiciosas. Esto es así porque este tipo de argumentos solamente funcionan si esta proposición es verdadera:

No puede existir una razón moralmente válida para que Dios permita el mal en el mundo.

En efecto, para que el argumento lógico del mal funcione, es necesario que sea inconcebible que el mal y Dios puedan coexistir del mismo modo que es inconcebible pensar en un triángulo de tres lados. Pero si por otro lado es concebible que exista una razón, por descabellada que sea, que permita compatibilizar la existencia de Dios con la existencia del mal, entonces el argumento fracasa. Ahora bien, esto obviamente no significa que el problema del mal haya sido resuelto, sino que su correcta formulación no debe hacerse en términos de posibilidad o imposibilidad lógica, sino en términos de probabilidad. Consecuentemente, la discusión contemporánea sobre el problema del mal casi enteramente se centra en formulaciones probabilísticas de carácter inductivo o abductivo.

Formulaciones Inductivas

Una formulación inductiva del problema del mal consiste en decir que la existencia del mal o de males concretos disminuye per se la probabilidad de que Dios exista. Solo por poner un ejemplo, consideren el siguiente argumento:

  1. Probablemente existen “males injustificados” en el mundo que se definen como eventos que producen un gran mal y,
    • No producen ningún bien que supere ese mal, o,
    • Producen un bien que, si bien es superior al mal causado, podrían obtenerse causando un mal menor.
  2. Si Dios existe, entonces es moralmente perfecto y tiene el poder y conocimiento suficiente para prevenir cualquier evento,
  3. Un ser moralmente perfecto prevendría males injustificados,
  4. Consecuentemente, si Dios existe, este prevendría males injustificados,
  5. Consecuentemente, si Dios existe, no existirían males injustificados,
  6. Conclusión: Probablemente Dios no existe.

Me aventuro a decir que las premisas 2 y 3 no son realmente controversiales y las premisas 4 y 5 fluyen naturalmente de estas. El éxito de este argumento, por lo tanto, depende de la probabilidad que se le asigne a la existencia de males injustificados. Ahora bien, ¿de qué tipo de eventos estamos hablando?

William Rowe

William Rowe, conocido filósofo americano, sugiere dos ejemplos: Un fauno que, después de ser herido en un incendio forestal, agoniza por días solo en el bosque antes de morir y una niña que es torturada, violada y asesinada en secreto. Rowe pregunta: ¿Qué tipo de bien puede salir de eventos como estos? Y, si algún bien nace de ellos, ¿realmente no había una mejor manera de obtener ese bien? ¿Ni siquiera para un ser omnipotente? Rowe no afirma que esto sea imposible, pero parece ser improbable. El poder de esta conclusión se potencia si consideramos la enorme cantidad de eventos que a primera vista parecen ser males injustificados. En efecto, Rowe no “prueba” que Dios no exista, pero coloca al creyente en la incómoda posición de negar absolutamente la existencia de males injustificados. En otras palabras, según Rowe, el creyente debe comprometerse a creer que todos y cada uno de los eventos malos que han ocurrido en nuestro universo han: 1) producido un bien que superó el mal causado y 2) no hubo mejor forma de producir ese bien. Esto incluiría cosas tan disparejas y descabelladas como el sufrimiento experimentado por un dinosaurio enfermo en el triásico. Si esta tesis parece improbable, entonces nos dice Rowe, también debería parecernos improbable que Dios exista.

Formulaciones Abductivas

Las formulaciones abductivas se parecen a las formulaciones inductivas en que ambas plantean el problema desde una perspectiva probabilística. Sin embargo, se diferencian en que las formulaciones abductivas no consideran probabilidades en aislamiento, sino en el contexto de hipótesis alternativas. En efecto, las formulaciones inductivas se parecen a las lógicas en que se centran en una aparente incompatibilidad entre el mal y la existencia de Dios. Sin embargo, las formulas abductivas admiten la posibilidad de una compatibilidad, pero indican que esta es menos probable que una teoría alternativa.

Por ejemplo, Paul Draper, otro filósofo americano, expandiendo un razonamiento hallado en los escritos de David Hume, formula el problema del mal como una competencia entre estas dos hipótesis incompatibles:

  • Hipótesis 1: El universo está regido por un Ser todopoderoso que ama a sus habitantes y;
  • Hipótesis 2: El universo está únicamente regido por leyes naturales indiferentes al sufrimiento de sus habitantes.

Ahora la pregunta es, ¿cuál de las dos hipótesis constituye una mejor explicación para la existencia del mal? Usando razonamiento bayesiano (demasiado complejo y largo para incluirlo en esta introducción), Draper concluye que la Hipótesis 2 es una mucho mejor explicación que la Hipótesis 1, por lo que deberíamos creer en ella.

Los argumentos abductivos son particularmente poderosos ya que para contradecirlos no basta meramente con solo compatibilizar la existencia del mal con la existencia de Dios, sino que el creyente debe argumentar que la existencia de Dios explica la configuración del mundo, incluyendo la existencia del mal, de un modo más satisfactorio que una hipótesis alternativa.

El Problema del Mal: Refutaciones, Defensas y Teodiceas

Ahora bien, como se puede imaginar el lector, los pensadores creyentes no se han resignado a los ataques del ateísmo, sino que han ideado formas de defender la existencia de Dios a la luz del Problema del Mal. Las defensas ofrecidas han sido varias. Aquí presento una muy breve exposición de aquellas que han sido más influyentes y más usadas en discursos apologéticos con la intención de dedicarle a cada una una entrada separada mas adelante.

Podemos clasificar este tipo de argumentos defensivos en tres categorías que podemos como refutaciones, defensas, y teodiceas.

Refutaciones

Por “refutaciones” aquí me a argumentos que niegan totalmente que la existencia del mal y sufrimiento reduzcan, ni siquiera por un poco, la probabilidad de que Dios exista. La existencia de Dios es tan certera, dicen los que emplean estos argumentos, o el argumento tan mal construido, que ningún mal por más horrible que sea, disminuye la probabilidad de que exista un Dios bondadoso. Algunos de los argumentos más populares que entran dentro de esta categoría son:

i) El “Teísmo Escéptico”

 “Teísmo escéptico” es la creencia de que los seres humanos son incapaces de realmente saber si lo que aparentemente es malo y carece de justificación realmente es así. Los defensores de este argumento indican que debemos ser escépticos de nuestra capacidad de realmente saber si un mal que aparentemente carece de justificación realmente no la tiene.

Desde la perspectiva de un niño pequeño, una inyección parece ser un mal. Pero desde la perspectiva de un adulto, la inyección es un bien. Ahora bien, la diferencia cognitiva entre Dios y el humano supera con creces la diferencia entre un niño y adulto. ¿Qué derecho tenemos entonces a afirmar que aquellas cosas que parecen ser males realmente lo son?

Para los defensores de este argumento, este tipo de consideraciones debe hacernos escépticos de que realmente existan males injustificados en el mundo. Y si no podemos hacer esa afirmación, entonces el Problema del Mal nunca puede constituirse como tal.

ii) La Existencia y Bondad de Dios son Verdades Inmediatas y No-Inferenciales

Muchos epistemólogos sostienen que ciertas verdades del mundo no pueden probarse, pero es racional creer en ellas porque su realidad se percibe directamente. Algunas de las cosas que entrarían dentro de esta categoría sería la existencia del mundo exterior (es decir, la creencia de que las cosas existen fuera de mi percepción de ellas) y la existencia de otras mentes aparte de la mía. No puedo probar o inferir que estas cosas existan, pero aun así estoy justificado en creer en ellas.

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Alvin Platinga

Algunos pensadores religiosos, notablemente  Alvin Platinga, sostiene que la creencia en un Dios bondadoso también entraría dentro de esta la lista de “verdades no-inferenciales”. Para Platinga, los humanos tienen una percepción directa de la realidad de Dios y su bondad (salvo los ateos, quienes por algún motivo son incapaces de percibir a Dios directamente), motivo por el cual ningún tipo de argumento en su contra puede prosperar. Consecuentemente, no importa la cantidad de mal o sufrimiento en el mundo: este es simplemente irrelevante para saber si Dios existe o no.

Defensas

Por defensa entendemos aquí argumentos que si bien admiten que la existencia del mal reduce la probabilidad de la existencia de Dios, cuando se toma en cuenta la totalidad de la evidencia la probabilidad de que exista es alta. Este tipo de argumentos no ataca el problema del mal directamente, sino que busca mitigarlo usando pruebas independientes de la existencia de Dios. Consecuentemente, si bien el mal reduce la probabilidad de que Dios exista, otros hechos (como, por ejemplo, la existencia de milagros, el aparente diseño de la naturaleza, la necesidad de una “primera causa” o “ente necesario” etc.) elevan la probabilidad a tal grado que es el ateísmo el que deviene irracional.

Teodiceas

Sin embargo, las defensas más populares que existen en contra del problema del mal son las llamadas “teodiceas”. Como vimos, el problema del mal desaparece si identificamos una razón moralmente aceptable por la cual Dios tolere la existencia del mal. Las “teodiceas” son intentos de precisamente ofrecer razones posibles.

i) El Libre Albedrío

La teodicea más popular que existe. Para sus defensores, el libre albedrío humano es un bien intrínseco tan grande que supera cualquier mal que pueda provenir de su uso indebido. Dios, por lo tanto, está completamente justificado en tolerar la existencia del mal causado por el libre albedrío humano, ya que no hacerlo constituiría la privación de un bien mayor. Esta teodicea es muy antigua y sigue siendo popular el día de hoy, siendo el ya mencionado filósofo Alvin Platinga uno de sus mayores exponentes.

ii) La “Teodicea Iraneana”

Image result for john hicks philosophyOriginalmente propuesta en el Siglo II por el líder cristiano Ireneo de Lyons y defendida por pensadores modernos como John Hick, esta teodicea indica que la presencia del mal y sufrimiento son necesarias para el desarrollo de las almas humanas. Solo si existe el mal se pueden desarrollar virtudes como la valentía, la templanza y la compasión. Consecuentemente, Dios está justificado en permitir la existencia del mal ya que este posibilita la existencia de un bien superior.

iii) Teodiceas Religiosas

Dentro de esta categoría se enmarcan las justificaciones del mal inherentes a las teologías monoteístas tradicionales. Según la teología cristiana, por ejemplo, el mal existe como consecuencia del Pecado Original cometido por Adán y Eva, pero los efectos de este pecado serán borrados cuando el mundo sea redimido por Cristo al final de los tiempos.

Dos acotaciones deben hacerse a este tipo de teodiceas. La primera es que por lo general tienden a apoyarse en otras teodiceas para completarse. Varios teólogos, por ejemplo, indican que Dios estuvo justificado en permitir el pecado de Adán por respeto a su libre albedrío, tácitamente incorporando esa teodicea dentro de la narrativa bíblica. En segundo lugar, este tipo de teodiceas solo puede funcionar si el relato religioso guarda cierta realidad histórica, y no puramente metafórica. Regresando al ejemplo cristiano, es difícil ver como la historia de Adán y Eva pueden explicar la presencia de mal y sufrimiento en el mundo si es que Adán y Eva no fueron personajes históricos.

 

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Esta entrada forma parte de una serie no concluida que analiza el Problema del Mal. Las entradas de esta serie (a la fecha) son:

¿Te interesó esta entrada? ¡Visita la biblioteca para ver otras de la misma u otra serie!

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