Dios, el Mal y el Libre Albedrío

En una entrada anterior empecé una serie de entradas dedicadas a explorar el llamado “Problema del Mal”, el problema que existe en compatibilizar la existencia de Dios con la existencia de maldad y sufrimiento aparentemente injustificado en el mundo. En esta entrada voy a discutir una de las soluciones más comunes dadas al problema: que el libre albedrío otorgado por Dios al ser humano explica y justifica la existencia del mal y desolación en el mundo.

La historia humana desde sus orígenes ha estado marcada por enormes cantidades de maldad y sufrimiento. Solo en el Siglo XX el genocidio y conflictos bélicos condenaron a millones de inocentes a una existencia miserable y muerte prematura. Ante esa realidad, cabe preguntarse, ¿por qué Dios permitió todo esto? ¿No es la existencia de todo este mal y sufrimiento fehaciente evidencia que Dios no existe? En efecto, como expliqué en mi introducción al “Problema del Mal” (entrada que recomiendo sea leída antes de esta), desde la antigüedad la existencia de males aparentemente injustificados ha sido interpretada por algunos como evidencia de que no existe una deidad bondadosa, ya que de esta existir entonces esta prevendría tantos males.

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Las Puertas de Auschwitz

Sin embargo, como han insistido varios teólogos durante siglos, este argumento para la inexistencia de Dios puede ser desmontado si se presenta una buena razón por la que Dios permitiría el mal. Si Dios tiene una buena razón por la cual permitir el mal, entonces la presencia de este no debería hacernos dudar ni de la existencia ni poder de una deidad bondadosa.

Ahora bien, ¿cuál puede ser esa razón?

El Libre Albedrío como Teodicea

En filosofía se llama “teodiceas” a los intentos de proveer una justificación por la que Dios permite la existencia de mal y sufrimiento en el mundo. La más popular de ellas atribuye la existencia del mal y sufrimiento al libre albedrío. Podemos expresar esta teodicea bajo la forma de un argumento que iría más o menos así:

  1. Es lógicamente imposible crear entes dotados de libre albedrío que necesariamente solo actúen bien,
  2. La existencia seres dotados de libre albedrío es un bien, y ese bien supera el mal causado por el mal uso del libre albedrío,
  3. Para que exista el libre albedrío, es necesario que los seres dotados de este sean capaces de hacer el mal,
  4. Es moralmente permisible crear situaciones donde exista un mal, pero:
    1. Exista un bien que supere ese mal y,
    2. Sea imposible llegar a ese bien sin ese mal,
  5. Conclusión: Es moralmente permisible crear seres con libre albedrío y tolerar el mal causado por estos.

El atractivo y poder de este argumento es evidente. Si un argumento como este funciona, entonces existiría una razón plausible por la cual Dios, en su perfección y omnipotencia, permitiría cosas tan horribles como Auschwitz, los campos de la muerte y la violación de niños. La pregunta evidentemente es si este argumento funciona o no.

Un Problema Preliminar: Los Males Naturales

Antes de analizar el fondo, es necesario hablar de una dificultad preliminar. Al menos a primera vista, no todo el mal y sufrimiento es consecuencia del obrar de seres dotados de libre albedrío. Si bien el sufrimiento causado por la guerra y genocidio ha sido enorme, lo cierto es que el dolor causado por la enfermedad y desastres naturales no se queda atrás. Podemos dividir los males en dos tipos:

  1. Males morales: Males causados por seres dotados de libre albedrío y,
  2. Males naturales: Males causados por el ciego obrar de las leyes mecánicas que gobiernan el universo,

Los males naturales incluyen cosas tan variadas como enfermedades, terremotos, huracanes, defectos genéticos y accidentes de automóvil. El problema es evidente: si estos males no son el resultado de un mal uso del libre albedrío, entonces es imposible que este los justifique.

Aunque parezca inaudito históricamente la forma más común de resolver esta dificultad ¡ha sido la de negar que existan males naturales! Los pensadores que han tomado esta línea, por supuesto, no niegan que existan terremotos, erupciones o epidemias, pero insisten que su verdadera causa es moral. Tres hipótesis han sido las más populares históricamente:

  1. Los males naturales son causados por el libre albedrío de demonios o entes similares,
  2. Los males naturales son un castigo divino impuesto por dioses, o;
  3. Los males naturales son una consecuencia del Pecado Original,

Si bien hoy en día hay personas que defienden la razonabilidad de este tipo de alternativas (como, por ejemplo, Alvin Platinga), lo cierto es que emplearlas se ha vuelto bastante difícil ya parecen entrar en frontal contradicción con el moderno entendimiento científico de la naturaleza.

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Los terremotos y erupciones volcánicas se explican mediante la interacción de fuerzas mecánicas, no la intervención de seres sobrenaturales.

En el caso 1 y 2 esto es así porque sabemos que cosas como terremotos, inundaciones, y huracanes son causadas por el actuar de leyes puramente mecánicas, como es los movimientos de las placas tectónicas. Estos fenómenos se explican de modo total y convincente sin apelar a factores sobrenaturales, por lo que parecería que “no hay espacio”, por así decirlo, para la intervención de dioses o demonios en la cadena casual que los produce. No solo eso, sino que la ciencia indica que esas leyes mecánicas son ciegas: el terremoto que destruyó la ciudad hubiese ocurrido sin importar si esta hubiese estado llena de santos o pecadores.

Resultado de imagen para original sinLa opción 3, atribuir la existencia de males naturales al Pecado Original, se topa con problemas similares. Según esta hipótesis, originalmente el universo funcionaba de tal forma que no existían males naturales de ningún tipo, pero en el momento que los primeros humanos se rebelaron (cometiendo un mal moral) la estructura del cosmos y sus leyes cambiaron, por lo que los males naturales realmente son el resultado de ese mal moral original. El principal problema con este ángulo es que la evidencia científica indica de modo indiscutible que esas leyes mecánicas y los males causados por ellas son muy anteriores a la existencia del ser humano. Hoy en día es incuestionable que cosas como terremotos, erupciones e inundaciones ocurrían mucho antes que los humanos apareciesen en la faz del planeta. Los primeros humanos emergieron en un ambiente que ya era hostil a su bienestar, por lo que es difícil ver como ellos pueden ser los responsables de esa inhospitalidad. El creyente, obviamente, está en libertad de insistir que la visión científica es errada y adherirse a un fundamentalismo anti-científico, pero al hacerlo debe estar consciente del precio que paga: supeditar su cosmovisión a un entendimiento pre-científico del actuar de la naturaleza.

Evidentemente mucho más puede decirse al respecto de estas líneas argumentales, pero eso requeriría más espacio del que puedo dedicarle aquí. Un análisis más completo será ofrecido cuando analice de teodiceas puramente religiosas. Lo único que quiero establecer aquí es que existe una evidente dificultad en insistir que la teodicea del libre albedrío es capaz de explicar todos los males. En efecto, esta dificultad hace que en tiempos modernos los teólogos tiendan a presentar al libre albedrío como una teodicea incompleta que solo explica males morales mientras usan otras teodiceas para explicar males naturales.

La Teodicea del Libre Albedrío: Análisis Filosófico

Al margen de si uno cree que el libre albedrío es capaz de explicar todos los males o solamente los males morales, lo cierto es que esta teodicea tiene un atractivo indiscutible. Sin embargo, a pesar de claramente ser un argumento poderoso, lo cierto es que sus premisas no han sido ajenas a controversias filosóficas. En efecto, todas y cada una de las premisas de este han suscitado intenso debate. Para ilustrar estos debates, analizaré las premisas del argumento una por una.

1. Es lógicamente imposible crear entes dotados de libre albedrío que necesariamente solo actúen bien

Al lector probablemente le sorprenda que exista controversia al respecto de esta premisa, la cuál parece ser evidente. Lo cierto es que, sin embargo, una mayoría cuantificable de filósofos analíticos (aproximadamente un 60% de ellos según una encuesta realizada hace unos años) están inclinados a negarla. En efecto, la mayoría de filósofos analíticos contemporáneos creen en lo que se denomina “compatibilismo”, doctrina que sostiene que el determinismo y el libre albedrío son compatibles.

La popularidad del compatibilismo surge principalmente de dos reflexiones: la primera, que la libertad humana se entiende mejor no como la ausencia de determinismo sino simplemente como la ausencia de coerción y la segunda, que parece ser metafísicamente imposible concebir de un tipo de indeterminismo que no sea aleatorio. Debido a la complejidad del tema le dedicaré una entrada exclusiva al problema del libre albedrío en el futuro, limitándome aquí solo a presentar un resumen de estas dos reflexiones.

i. Determinismo y Libertad

Strawberry Ice Cream ConeLa razón por la cual comúnmente el determinismo y la libertad se ven como incompatibles es porque tendemos a entender el determinismo como una fuerza puramente externa. Pero eso, nos dicen los compatibilistas, es un error. El determinismo también es un factor interno que regula y constituye nuestra voluntad. Imaginemos que Juan entra en una heladería donde elige el helado sabor a frutilla. ¿Fue la decisión de Juan libre? Obviamente sí. Ahora bien, imaginemos que los amigos de Juan nos dicen: “Su sabor favorito siempre ha sido el de frutilla y siempre que va a una heladería pide ese sabor”. ¿Cambia en algo nuestra conclusión? Lo dudo mucho. De hecho, ese dato hace de la decisión de Juan sea más suya, más representativa de su carácter y personalidad. Ahora, imaginemos que un científico escanea su cerebro y declara: “Hay un 100% de probabilidades que pedirá un helado de frutilla, es imposible que quiera pedir otro sabor”. Una vez más, ¿cambia esto nuestra conclusión original? ¿Por qué habría de hacerlo? Este individuo, mediante su decisión, expresó un carácter inherente de su persona. Su decisión fue suya y solo suya. ¿Qué más da que haya sido determinada? Era imposible dado su psicología y neurobiología que pida otro sabor, pero eso no afecta su libertad precisamente porque fue auto-determinada: fue su psicología, su gusto, su personalidad y su cerebro los que determinaron su decisión. En efecto, uno puede ir más allá y afirmar que la suma de estos factores conjuntamente son “Juan”. ¿Qué es “Juan” sino la suma de su personalidad, gustos, carácter, psicología y cerebro? ¿Qué más podría ser el libre albedrío que nuestro comportamiento sea determinado por estos factores?

Para los compatibilistas, entonces, la libertad o libre albedrío consiste simplemente en la capacidad de actuar acorde con nuestros propios designios, ser “capitanes de nuestro barco” por así decirlo. No es la ausencia de determinismo sino el auto-determinismo: que la cadena causal que determina nuestras acciones venga desde nosotros mismos (desde nuestros gustos, ideas, personalidad, ideología, etc.) en vez de ser impuesta “desde afuera”. Consecuentemente, el libre albedrío sería posibles aún si el mundo fuese completamente determinado por rígidas leyes de causa y efecto. Incluso en un mundo donde no exista el indeterminismo y todo lo que ocurra deba ocurrir por inexorable necesidad, los compatibilistas dicen que puede existir el libre albedrío siempre y cuando ese pedacito de universo que somos nosotros mismos sea capaz de expresar sus predeterminados designios sin obstáculos externos.

ii. ¿Puede existir indeterminismo que no sea aleatorio?

Ahora bien, este razonamiento no resulta convincente para todo el mundo (después de todo, según esa encuesta solo 60% de los filósofos son compatibilistas). En efecto, para muchos la existencia de libertad requiere que nuestras decisiones no estén determinadas por factores antecedentes. Para estos pensadores, quienes de denominan “incompatibilistas, si factores anteriores (incluyendo factores internos) determinan como actuamos, entonces no somos libres.

Devils-WheelEl problema con esta postura es la siguiente: si un evento no está determinado por ningún factor antecedente, entonces, ¿no es ese evento aleatorio? Consideren el siguiente hipotético. Pedro, un hombre bondadoso y pacífico, ama a su esposa con un amor sincero y profundo. Pedro está en la cocina cortando tomates cuando su esposa entra. ¿Cuál es la probabilidad de que Pedro, por voluntad propia y sin motivo alguno, de repente use el cuchillo para asesinar brutalmente a su mujer? Por los datos brindados parece que la probabilidad es 0%: es imposible que eso ocurra. Ahora bien, imaginemos que alguien presenta la siguiente objeción incompatibilista: “Pedro tiene libre albedrio, por lo que debe ser posible que de repente decida matar a su mujer sin motivo, si la probabilidad es realmente 0% entonces Pedro no es libre”. En respuesta a esa reflexión, decidimos que existe un 1% de probabilidades que Pedro, el enamorado hombre bondadoso, se convierta, sin causa o motivo, en asesino voluntariamente. Pero ¿qué queremos decir con ese 1%? ¿Significa que de cada cien veces que la mujer de Pedro entra en la cocina, una de ellas acabará en homicidio? ¿Significa que dentro de la cabeza de Pedro hay una ruleta con 99 espacios rojos y 1 espacio negro? En efecto, esto parece reducir la decisión de Pedro a una especie de espasmo, una especie de “corto circuito” cerebral fortuito. ¿Sería Pedro realmente responsable del homicidio de su mujer? ¿No sería simplemente mala suerte que el haya decidido matarla? ¿¡Es esto realmente libre albedrío?!

Para el incompatibilista, que haya un 0% de probabilidades que Pedro mate a su mujer no es un problema. Para ellos, Pedro es libre porque él tiene el poder de matarla, aunque sea imposible que él quiera hacerlo. Pero para el incompatibilista esto es insuficiente. Para ellos debe ser posible no solo que él pueda matarla, sino que él pueda querer matarla sin una razón o causa que determine ese deseo. En efecto, si el comportamiento asesino de Pedro se pudiera explicar apelando a alguna razón o causa, entonces es difícil escapar la conclusión que esa razón o causa determinaron su comportamiento, cosa que los incompatibilistas creen es imposible de reconciliar con el libre albedrío. El problema, evidentemente, es que parece ser metafísicamente imposible articular otra alternativa sin reducirla a un evento aleatorio.

El Compatibilismo y La Teodicea del Libre Albedrío

Si los compatibilistas tienen razón y el determinismo y libre albedrío son compatibles, esto causa una evidente dificultad para esta teodicea. La razón es evidente: si el compatibilismo es correcto entonces no parece existir dificultad para que Dios haya creado seres humanos dotados de libre albedrío que solo elijan hacer el bien. A la luz de estas reflexiones parece ser metafísicamente posible que Dios haya creado seres cuya disposición sea tal que les sea imposible querer hacer el mal sin que esto les robe su libre albedrío. Dios pudo crear a un Adán que libremente haya elegido nunca comer del fruto prohibido. También esta teodicea fracasa si, como indican algunos filósofos, el libre albedrío (sea compatibilista o no) es una mera ilusión y no existe.

Todo parece entonces indicar entonces que para que la teodicea del libre albedrío funcione, uno necesariamente debe suscribirse a una teoría incompatibilista del libre albedrío. Esta es la postura tomada prácticamente por todos los filósofos de la religión contemporáneos que defienden esta teodicea incluyendo a Alvin Platinga, Richard Swinburne, William Lane Craig entre muchos otros. Por espacio he ofrecido aquí solo un muy breve resumen del problema del libre albedrío. En una entrada futura entraré en más detalle.

2. La existencia seres dotados de libre albedrío es un bien, y ese bien supera el mal causado por el mal uso de este

Esta es la premisa central del argumento, pero precisamente la que se escapa del análisis. ¿Realmente es el libre albedrío un bien tan grande que justifica a Auschwitz, los campos de la muerte y la violación de niños? Cualquier postura tomada será prácticamente indefendible, ya que no hay una forma de comparar ambas magnitudes o incluso probar que el libre albedrío es siquiera un bien.

3. Para que exista el libre albedrío y sea valioso, es necesario que los seres dotados de libre albedrío sean capaces de hacer el mal

Esta premisa a menudo es pasada por alto, entendiéndola implícita en la premisa “1”. Sin embargo, tres reflexiones indican que esto no es el caso.

La primera es que existe una distinción entre existencia de seres con libre albedrío y el respetar todas las decisiones que estos efectúan. Puede que Dios haya estado justificado en crear seres libres capaces de hacer el mal en vez de autómatas bondadosos, pero eso no significa necesariamente que esté justificado en abstenerse de intervenir y tolerar cualquier mal que engendren esos seres libres. Un padre de familia puede fomentar la autonomía e independencia de sus hijos, pero si uno de ellos está por matar al otro evidentemente debe intervenir.

La segunda es diferenciar entre impedir que alguien haga su voluntad y el intentar cambiar su voluntad. Un Ser Supremo puede intentar salvar a las víctimas de un dictador genocida frustrando los planes del dictador directamente, por ejemplo, milagrosamente transportando las víctimas un lugar seguro. Sin embargo puede también intentar hacerlo manifestando voluntad de modo inequívoco, pero dejándoles la posibilidad de desobedecerlo si así lo quieren. El dictador podría, por ejemplo, ser visitado por un ángel o advertido mediante señales milagrosas. Mientras la primera opción anula la libertad y autonomía al dictador y sus secuaces, no es del todo obvio que la segunda opción lo haga, ya siguen siendo capaces de asesinar a sus víctimas si lo desean.

La tercera reflexión es que es posible concebir un mundo en donde sea imposible (o muy difícil) hacer el mal, aunque uno desee hacerlo. Nuestros cuerpos, por ejemplo, pudieron haber sido hechos de tal forma que sea imposible que un humano asesine, torture o viole a otro o nuestro sistema nervioso pudo haber sido ajustado de tal forma que cuando uno inflija daño a otro uno mismo sienta el dolor que le está causando. Los hipotéticos pueden multiplicarse.

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El judaísmo, cristianismo e islam sostienen que Dios intervino  para  salvar al pueblo Hebreo de la esclavitud en contra de los deseos del Faraón

Hechas estas reflexiones resulta claro que no parece ser un requisito para la existencia del libre albedrío que un Ser Supremo se abstenga de intervenir. Esta objeción se potencia cuando se la coloca dentro de contextos religioso concretos. Las tradiciones abrahámicas sostienen que Dios a intervenido en ocasiones para frustrar la voluntad de personajes malvados. Dios, en contra de la voluntad del Faraón, salvó al pueblo hebreo de la esclavitud. ¿No los pudo salvar de la cámara de gas? ¿No pudo siquiera enviar un ángel a los Nazis para reprimirlos? Igualmente, estas reflexiones indican que la existencia del libre albedrío no necesariamente debe incluir la posibilidad de causar sufrimiento a otros, sino que esto solo es así por la particular configuración de nuestro mundo y las leyes naturales que lo gobiernan, configuración que pudo haber sido creada de modo distinto.

Richard Swinburne, filósofo y teólogo de la universidad de Oxford, tiene una respuesta interesante a estos problemas. Según Swinburne, el valor del libre albedrío es directamente proporcional al mal que se pueda causar mediante el. Un mundo poblado de entes libres, pero donde sean incapaces de hacer el mal (sea por intervención divina o por las leyes naturales que gobiernan ese mundo) es un mundo donde el libre albedrío vale muy poco, un “mundo de juguete” según sus palabras. La posibilidad de hacer el mal, entonces, no es un mero efecto secundario indeseable del libre albedrío, sino precisamente aquello que lo hace valioso. La teoría de Swinburne ha sido influencia, pero no ajena a controversia. ¿Es realmente la posibilidad de hacer el mal lo que le da valor al libre albedrío? Dejaré que el lector evalué esta posibilidad por sí mismo.

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Richard Swinburne

4. Es moralmente permisible crear situaciones donde exista un mal, pero: (1) Exista un bien que supere ese mal y, (2) sea imposible llegar a ese bien sin ese mal.

“Respóndeme con franqueza. Si los destinos de la humanidad estuviesen en tus manos, y para hacer definitivamente feliz al hombre, para procurarle al fin la paz y la tranquilidad, fuese necesario torturar a un ser, a uno solo, a esa niña que se golpeaba el pecho con el puñito, a fin de fundar sobre sus lágrimas la felicidad futura, ¿te prestarías a ello? Responde sinceramente.” Los Hermanos Karamazov, Libro V, Capítulo IV “Rebeldía”

Consideremos estos escenarios:

1) Un tren marcha a toda velocidad. Para horror del conductor, este se percata que en frente suyo se hallan cinco trabajadores en las vías. El conductor puede rápidamente desviar el tren a un riel alternativo, pero en este se halla un único trabajador solitario. Los trabajadores no pueden escapar y el tren no puede frenar. ¿Es moralmente permisible que el conductor desvíe el tren y mate al trabajador solitario para salvar la vida de los otros cinco?

2) En un hospital cinco pacientes se debaten entre la vida y la muerte, todos requiriendo un urgente trasplante de órganos. Un sexto individuo ingresa para un chequeo rutinario. ¿Es moralmente permisible que el médico mate al paciente sano para extraer sus órganos y así salvar la vida de los otros cinco individuos?

Me aventuro a pensar que el lector estará inclinado a pensar que en la primera historia el conductor está justificado en matar a uno para salvar a cinco,  pero en el segundo caso el doctor no debe matar al paciente sano. ¿Por qué es eso? ¿No son cinco vidas siempre más valiosas que una? ¿De donde surge esta discrepancia?

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Immanuel Kant

La diferencia radica en lo siguiente: nuestra intuición moral nos indica que es aceptable realizar acciones que maximicen cosas buenas (como trabajadores vivos). Pero nuestra intuición también nos indica que es moralmente inaceptable tratar a las personas como meros objetos o medios para llegar a un fin. En el primer caso, la muerte del trabajador solitario se configura como un inevitable efecto secundario para salvar a los otros cinco, en cambio en el segundo caso el paciente sano es literalmente transformado en un objeto a ser usado para el bienestar de otros. El imperativo categórico de Immanuel Kant expresa este instinto moral: uno nunca debe tratar a las personas como un medios, sino como fines en sí mismos.

Es esta estipulación moral la que hace esta premisa controversial. En efecto no queda claro si estamos ante un escenario análogo al caso 1 o al caso 2. Por un lado, Dios sabía (pues es omnisciente) que al crear seres dotados de libre albedrío muchos de ellos serían asesinados, mutilados, torturados y violados por otros, pero que eso era inevitable si quería crear ese bien mayor. ¿Significa que las víctimas han sido reducidas a objetos para llegar a ese bien mayor? Pero por otro lado, la existencia del libre albedrío propiamente hablando no requiere que exista el mal, ya que es posible que todas las criaturas actúen bien (aunque no lo hagan). Por lo tanto, se puede argumentar que la sangre y lágrimas de los inocentes propiamente no fueron un instrumento para llegar a ese bien mayor, sino una especie de efecto secundario.

Dejaré que el lector evalué las alternativas.

Dios, el Mal y el Libre Albedrío: Conclusión

Por motivos de espacio he tenido que presentar un análisis limitado. Libros enteros se han escrito sobre este tema entrando en mucho más detalle de lo que he podido ilustrar aquí. Sin embargo, espero haber dejado dos cosas en claro: Primero, que la teodicea de libre albedrío es poderosa y atractiva, ya que ofrece una razón plausible para la existencia de males (por lo menos morales). Sin embargo, en segundo lugar, debe quedar claro que esta teodicea no es un “argumento maestro” e incontestable como a veces se pretende, sino que sufre de varias complejas dificultades. Espero haber estimulado el interés del lector en explorar más a fondo este fascinante debate.

 

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Esta entrada forma parte de una serie no concluida que analiza el Problema del Mal. Las entradas de esta serie (a la fecha) son:

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