El título de este artículo puede sonar absurdo, pero no lo es. Un experimento reciente ha logrado reproducir en un entorno computacional el cerebro completo de la mosca de la fruta (Drosophila melanogaster), y eso toca directamente algunos de los debates filosóficos más antiguos: ¿qué relación hay entre la mente y el cerebro? ¿Nuestra vida mental es solo el resultado de cómo funciona ese órgano? ¿O hace falta algo más, algo no físico, un “alma”, para explicar quiénes somos? Dicho de otra forma: ¿somos simplemente nuestro cerebro o hay algo adicional? Visto así, el título empieza a tener más sentido. Porque si incluso una mente tan simple como la de una mosca puede explicarse por completo en términos físicos, entonces la pregunta deja de ser sobre las moscas y pasa a ser qué significa eso para nosotros.

Dualismo vs. Fisicalismo
¿Qué es exactamente la mente? ¿Es algo distinto del cerebro, o es simplemente lo que hace el cerebro? Esta pregunta está en el centro algunas de las discusiones más antiguas de la filosofía y la religión.
Por un lado, están quienes sostienen que la mente y el cuerpo son cosas diferentes. Esta postura, conocida como “dualismo”, sostiene que nuestros pensamientos, emociones y experiencias no pueden reducirse a procesos físicos. El cerebro no lo explica todo. Hay algo más: una mente, o un “alma”, que no es material.
Por otro lado, están quienes creen que no existe esa separación. Esta postura, conocida como “fisicalismo”, afirma que todo lo que somos —incluyendo nuestros pensamientos y sentimientos— son simplemente manifestaciones de procesos físicos que ocurren en el cerebro. Según esta visión, la mente no es algo aparte, sino que simplemente es el resultado de la actividad de neuronas, impulsos eléctricos y reacciones químicas. Pensar y sentir serían, en realidad, actividades físicas y nada más.
El atractivo del dualismo
La noción de que la mente y el cuerpo son cosas distintas es muy antigua y extendida. Ya en la filosofía griega encontramos versiones claras de esta idea. Platón, por ejemplo, describe al alma como algo separado del cuerpo, capaz de existir antes y después de él. En diálogos como el Fedón, este filósofo sostenía que el cuerpo era casi una prisión para el alma, y que el verdadero conocimiento solo se alcanza cuando el alma se liberaba de las limitaciones materiales.
Esta forma de pensar, sin embargo, no se limita a la filosofía occidental, sino que aparece de manera espontánea en muchas culturas y religiones antiguas. La idea de que hay algo en nosotros que sobrevive a la muerte del cuerpo —llámese alma, espíritu o aliento vital— es casi universal. En el antiguo Egipto, por ejemplo, se hablaba del “ka” y el “ba” como aspectos no materiales de la persona. En la tradición judía y cristiana, el alma tiene un papel central en la identidad humana. Incluso en tradiciones muy distintas, como el hinduismo, encontramos conceptos como el atman, que se entiende como el núcleo espiritual del individuo. Las antiguas religiones paganas comparten esta misma intuición: pese a todas sus diferencias, las religiones grecorromanas, germánicas, nórdicas, e incluso mesoamericanas postulan la existencia de algún tipo de inframundo, donde las animas de las personas van después de fallecer. Incluso en la tradición china, que suele ser más holista, encontramos distinciones que apuntan en una dirección similar. Todos estos ejemplos muestran que la idea de una dimensión no material del ser humano no es exclusiva de una cultura o época. Aunque varían en sus detalles, comparten una intuición común: somos algo más que nuestros cuerpos.

Todo esto sugiere que el dualismo no es solo una teoría filosófica, sino una especie de intuición universal. En la vida cotidiana, sentimos que nuestras experiencias internas —como el dolor, el amor o la sensación de una caricia— tienen una cualidad distinta de cualquier objeto físico. No parecen ser simplemente cosas que ocurren “en” el mundo, sino algo que ocurre “desde dentro”. Por eso, el dualismo resulta tan atractivo: parece coincidir con la forma en que experimentamos nuestra propia vida mental. Es por eso que por la mayor parte de la historia, la idea de que somos “algo más” que un conjunto de procesos físicos no se veía como una teoría que debía demostrarse, sino como un punto de partida casi evidente.
El dualismo de Descartes
No obstante su larga historia y difusión, el pensador que articuló de forma más clara y sistemática el dualismo fue el famoso filósofo francés René Descartes, cuyas ideas son el punto de partida de cualquier discusión moderna sobre la relación entre el cuerpo y la mente. En obras comosus Meditaciones, Descartes argumentó que todas las cosas del mundo pueden ser clasificadas en dos categorías de sustancias:
Por un lado está lo que el llamó res extensa, literalmente“cosas extendidas” o “sustancias con extensión”. Esta categoría abarca todo lo que constituye el mundo material: árboles, mesas, sillas, nubes, rocas, músculos, huesos, etc. Todo lo que ocupe espacio físico entra dentro de esta categoría. Para Descartes, las interacciones entre las distintas formas de res extensa se explican precisamente porque ocupan un lugar en el espacio. Un ejemplo sencillo es la de dos bolas de billar: una puede empujar a la otra porque ambas no pueden ocupar el mismo espacio al mismo tiempo, por lo que al entrar en contacto la primera necesariamente desplaza a la segunda. Desde esta perspectiva, el mundo físico se explica en términos bastante sencillos: Ya se trate del crecimiento de un árbol, de una erupción volcánica o de una reacción química, todo puede reducirse, en última instancia, a fragmentos de materia “empujándose” unos a los otros. Así, el mundo físico queda descrito como un sistema continuo de materia en movimiento, donde todos los cambios se explican, en última instancia, por colisiones, presiones y transferencias de movimiento.
Sin embargo, para Descartes existe otra cosa: la res cogitans. La “cosa” o “sustancia” que piensa, es decir, la mente. A diferencia de la res extensa —que se define por ocupar espacio— la res cogitans se define por el acto de pensar entendido en un sentido amplio: no solo razonar, sino cualquier forma de actividad mental como dudar, entender, afirmar, negar, imaginar o sentir. Para Descartes, entonces, la mente o res cogitans no ocupa espacio, no tiene forma, ni tamaño, ni puede dividirse en partes como los cuerpos. Y esto, al menos a primera vista, parecería tener sentido. En efecto, no parece haber una forma de fraccionar un pensamiento, dividir una sensación, o un mover un recuerdo. Al no ocupar espacio, la mente tampoco está sujeta a las leyes mecánicas que gobiernan la materia: no es posible “empujar” un pensamiento, un recuerdo, o una sensación. La mente o el “alma” es una realidad de otro tipo: inmaterial, y por lo tanto, indivisible, e incapaz de ser causalmente afectada por entidades físicas.
Del mismo modo, la forma como llegamos a conocer la existencia y esencia de la res cogitans es totalmente distinta de la forma como conocemos a los entes físicos. Mientras que estos segundos los llegamos a conocer solo de manera indirecta a través de nuestros sentidos (vista, gusto, olfato, etc.), tenemos un conocimiento inmediato y directo de nuestra propia mente. Esta es una de las ideas más famosas de Descartes: aunque uno puede dudar de todo, incluyendo de la existencia del mundo físico o incluso de tu propio cuerpo, uno es incapaz de dudar de la existencia y contenido de tu propia mente, puesto que la misma actividad de “dudar” presupone la existencia de un ente que duda. De ahí su famoso “pienso, luego existo” (cogito, ergo sum). Lo importante aquí es que la existencia de la mente se presenta como algo inmediato y seguro, independiente del mundo físico, lo que para Descartes refuerza su conclusión de que estamos ante dos órdenes de existencia separados: Mientras que los cuerpos se conocen por los efectos que tienen sobre nuestros sentidos, la mente se conoce de forma directa y sin mediación. Yo no observo mis pensamientos de la misma forma como observo una mesa o una piedra, sino que los experimento “desde dentro.”

Así las cosas, Descartes nos deja a nosotros una elegante teoría metafísica sobre cómo funciona el mundo, la cuál a su vez sugiere una forma de reconciliar la ciencia moderna con nuestras antiguas intuiciones filosóficas y religiosas: Por un lado tenemos al mundo material, el cual opera obedeciendo leyes y principios mecánicos y que, consecuentemente, está abierto a ser observado, entendido y explicado en su totalidad utilizando métodos científicos. Pero, por otro lado, existe un segundo orden de existencia completamente desconectado del mundo físico: el plano “mental” o “espiritual”, el cual está habitado de entes que no ocupan espacio y que, por lo tanto, están más allá de cualquier tipo de observación, análisis o explicación que nos puedan ofrecer las ciencias empíricas.
El fisicalismo
Los problemas del dualismo
Ahora bien, pese a que la teoría propuesta por Descartes es intuitiva y elegante, esta empezó a mostrar grietas casi de inmediato.
El primer problema que saltó a la vista fue el problema de la interacción. Si la mente (res cogitans) no ocupa espacio y el cuerpo (res extensa) sí, ¿cómo pueden influirse mutuamente? En la vida diaria parece evidente que lo hacen: un pensamiento puede mover mi brazo, y un golpe en el cuerpo causa dolor en la mente. Pero, desde el punto de vista cartesiano, esto es difícil de explicar. En la física de Descartes todas las interacciones materiales ocurren por contacto, por choques entre cuerpos que ocupan espacio. Pero la mente, al no ser espacial, no puede “tocar” al cuerpo ni ser tocada por él.
Esta objeción fue levantada tempranamente por la princesa Isabel de Bohemia en su correspondencia con el propio Descartes. Ella señaló que si toda interacción física implica contacto y transferencia de movimiento, entonces algo inmaterial no podría afectar ni ser afectado por algo material. Descartes intentó resolver este problema sugiriendo que la interacción ocurría en una parte específica del cerebro: la glándula pineal. Sin embargo, esta propuesta no responde a la dificultad de fondo. Señalar un lugar no explica el mecanismo. El problema no es dónde interactúan, sino cómo puede haber interacción entre dos realidades tan distintas en primer lugar. La objeción de la princesa Elizabet, por lo tanto, sigue siendo relevante el día de hoy.

A partir de ahí comenzaron a aparecer nuevos problemas a medida que la ciencia empezó a progresar. Uno de los más importantes es el llamado “cierre causal” del mundo físico. Esta idea, propia de la física moderna, sostiene que todo evento físico tiene una causa física suficiente. En otras palabras, lo que ocurre en el mundo material puede explicarse completamente en términos de otros procesos materiales. Pero si esto es así, no parece haber espacio para que una causa no física —como la mente— intervenga sin alterar ese sistema cerrado. Si la mente realmente es inmaterial y de verdad influye en el cuerpo, entonces parece que tendría que introducir energía o movimiento “desde fuera” del sistema físico. Pero esto entra en tensión directa con principios básicos de la física, como la conservación de la energía formulada en la primera ley de la termodinámica. Y esto no es una exageración: Si la mente no es material pero aun así logra causar efectos materiales, entonces parecería ser que incluso algo tan trivial y cotidiano como mover voluntariamente el brazo sería una especie de milagro, pues parecería implicar una violación de las leyes fundamentales de la física moderna.
A los varios problemas conceptuales del dualismo se sumaron, en los últimos dos siglos, dificultades empíricas cada vez más difíciles de ignorar. Y es que a medida que avanza la neurociencia, la idea de que la mente es algo separado del cerebro es cada vez más indefendible. En efecto, si la mente fuese realmente inmaterial, entonces sería difícil explicar cómo las afectaciones y cambios que sufre una entidad material –como lo es el cerebro— pudiera tener efectos sobre ella. Pero la neurociencia demuestra justamente eso: cuando se afecta al cerebro, se afecta a la mente.
Uno de los casos ilustrativos más conocidos es el de Phineas Gage, un trabajador ferroviario del siglo XIX. Tras un accidente, una barra de hierro atravesó su cráneo, dañando parte de su lóbulo frontal. Sorprendentemente, Gage sobrevivió. Pero quienes lo conocían notaron un cambio radical en su personalidad: de ser responsable y equilibrado, pasó a comportarse de forma impulsiva, grosera e inestable. El caso demuestra algo problemático para el dualismo: cambios en el cerebro pueden alterar profundamente rasgos que solemos asociar con la “mente” o el “alma”. Tenemos aquí el claro ejemplo de como una res extensa (una barra de hierro) afectó directamente a una res cogitans (la mente de Gage).

Este no es un caso aislado. A lo largo del siglo XX, la neurología ha documentado muchos ejemplos similares. Pacientes con lesiones en áreas específicas del cerebro pueden perder capacidades muy concretas: el lenguaje, la memoria, la capacidad de reconocer rostros, o la habilidad de tomar decisiones coherentes. Trastornos como la afasia muestran cómo el daño a ciertas regiones puede afectar directamente la capacidad de hablar o entender el lenguaje. Condiciones como la prosopagnosia impiden reconocer caras familiares, incluso cuando la visión en general está intacta. Otro ejemplo llamativo es el de los pacientes con “cerebro dividido” (split-brain). Estos casos ocurren cuando se corta el cuerpo calloso —la estructura que conecta los dos hemisferios del cerebro— para tratar epilepsias severas. El resultado es sorprendente: los dos hemisferios pueden empezar a operar de manera relativamente independiente, como si hubiera dos centros de procesamiento en un mismo individuo. La idea de Descartes de que la mente no tiene extensión física y que por lo tanto es indivisible parece encontrar aquí una refutación empírica.
Pero quizá no sea necesario acudir a ejemplos tan extremos para ilustrar este punto: basta con una simple jarra de cerveza. En efecto, todos nosotros hemos sentido los efectos de sustancias como el alcohol en nuestro estado de ánimo, percepción, y capacidad de razonar. Nuevamente tenemos un ejemplo que parece contradecir la nítida distinción hecha por Descartes: una res extensa (un vaso de cerveza) teniendo un efecto directo en una res cogitans (nuestra mente).
En conjunto, toda esta evidencia apunta hacia la misma dirección: contrario a lo que Descartes –así como la mayoría de tradiciones filosóficas y religiosas— postulan, la mente no parece ser una entidad separada del mundo físico, sino que parece ser parte de este.
El fisicalismo redimido
Ante estas dificultades, el fisicalismo pretende ofrecer una teoría más simple: no hay dos tipos de realidad, sino una sola. Todo lo que existe es, en última instancia, físico. Esto incluye no solo los objetos que vemos —como mesas, árboles o rocas— sino también aquello que normalmente consideramos “mental” o “espiritual”: pensamientos, emociones, recuerdos y sensaciones. Dicho de forma sencilla, el fisicalismo sostiene que la mente no es algo separado del cerebro, sino lo que hace el cerebro: Así como la digestión es algo que hace el estómago, o la circulación algo que hace el corazón, pensar y sentir serían simplemente el resultado de la actividad cerebral.
Aunque hoy suele asociarse con la ciencia moderna, esta idea no es nueva. Ya en la antigüedad encontramos posiciones que se anticipan al fisicalismo. En la antigua Grecia filósofos como Demócrito y Epicuro sostenían que todo lo que existe está compuesto por átomos en movimiento, incluyendo la mente, por lo que esta simplemente se disolvía al morir. En la antigua India, la llamada escuela Cārvāka sostenían que solo existía el cuerpo (compuesto de los cuatro clásicos elementos) y que la conciencia solo emergía como resultado de la materia organizada en movimiento, negando así la existencia de la reencarnación o cualquier otra existencia más allá de la muerte. Esta fue una idea que fue también defendida por Thomas Hobbes, un contemporáneo a Descartes más conocido por su famoso tratado de filosofía política Leviatán, quien sostenía que la mente estaba compuesta de materia y nada más. En efecto, si bien históricamente ha sido una opinión minoritaria, el fisicalismo también tiene un largo y respetado pedigrí intelectual que se remonta hasta la antigüedad.
No obstante, el fisicalismo en su forma actual comienza a tomar fuerza y forma con el desarrollo de la ciencia moderna. A medida que la ciencia empezó a exitosamente explicar todos los fenómenos naturales en términos físicos y mecánicos, la idea de que “todo es físico” ganó cada vez más terreno. En el siglo XX, esta intuición, apoyada principalmente por los éxitos y avances en la neurociencia, ha hecho que el fisicalismo pase de ser una teoría históricamente minoritaria a ser la preponderante entre filósofos de la mente. En efecto, pese a que hay distintas variantes de esta teoría y el debate está lejos de ser zanjado, hoy en día la mayoría de filósofos son fisicalistas. Por ejemplo, una famosa encuesta realizada el 2020 entre filósofos académicos reveló que el 51,9% de ellos era fisicalista mientras que tan solo el 32,1% rechazaba esta postura (el remanente 15,9% indicó tener “otras” posturas respecto de la esencia de la mente).
De la teoría a la práctica: el connectoma como “prueba de concepto”
Ahora bien, en tiempos recientes los avances tecnológicos han comenzado a añadir nuevas aristas a este milenario debate. Durante siglos, la discusión entre dualistas y fisicalistas permaneció confinada principalmente al terreno de la filosofía. Los argumentos se construían a partir de intuiciones, razonamientos abstractos y reflexiones sobre la experiencia humana. Pero ahora la tecnología parece acercarnos a la posibilidad de poner algunas de estas ideas a prueba.
Aquí es donde entra el experimento con la mosca.
En el año 2024, equipos de investigación vinculados al Janelia Research Campus del Howard Hughes Medical Institute anunciaron uno de los mapas neuronales más detallados jamás realizados: una reconstrucción prácticamente completa del cerebro de la mosca de la fruta (Drosophila melanogaster). Aunque una mosca pueda parecer un organismo extremadamente simple, su cerebro representa un desafío tecnológico gigantesco. Contiene aproximadamente 140.000 neuronas y más de 50 millones de conexiones sinápticas.
El proceso utilizado para construir este modelo es extraordinariamente complejo. Primero, el cerebro de una mosca real es preservado químicamente y cortado en miles de secciones ultrafinas, cada una mucho más delgada que un cabello humano. Luego, cada fragmento es fotografiado utilizando microscopía electrónica de altísima resolución. Estas imágenes contienen tal nivel de detalle que permiten observar incluso las diminutas conexiones entre neuronas.
Posteriormente, programas computacionales —asistidos por inteligencia artificial y verificados por investigadores humanos— ensamblan millones de imágenes individuales para reconstruir digitalmente la estructura completa del cerebro. El resultado final es lo que los neurocientíficos llaman un connectoma: un mapa detallado que identifica cada neurona y muestra exactamente con cuáles otras neuronas está conectada.

Una vez obtenido el connectoma, los investigadores traducen esa información a un formato computacional capaz de ser ejecutado por una simulación. Cada neurona es convertida en una unidad matemática digital y a cada conexión sináptica se le asignan propiedades específicas: intensidad, dirección, tipo de señal, frecuencia de activación y otras características fundamentales para el procesamiento neuronal. En otras palabras, el mapa del cerebro deja de ser simplemente una imagen estática y se convierte en una representación dinámica que puede “funcionar” dentro de una computadora.
Luego, este cerebro digital es conectado a una representación virtual del cuerpo de una mosca dentro de un entorno computacional donde también se simulan ciertas leyes físicas básicas. La mosca digital puede recibir estímulos visuales, químicos y táctiles. Puede “ver” objetos, detectar cambios en el ambiente y responder a ellos.
Finalmente, la simulación es activada.
En ese momento, la computadora comienza a calcular —millones de veces por segundo— cómo se activan las neuronas en función de sus conexiones y de los estímulos recibidos. Cuando la mosca virtual percibe algo parecido a comida, determinadas neuronas visuales se activan, transmitiendo señales a otras regiones del sistema nervioso artificial, produciendo finalmente movimientos y respuestas.
Lo verdaderamente sorprendente es que estos comportamientos no son programados manualmente. Nadie le dice explícitamente a la mosca digital cómo moverse o cómo reaccionar frente a ciertos estímulos. Esas conductas emergen espontáneamente de la estructura y dinámica de la red neuronal simulada.
El resultado es asombroso: una mosca digital que se comporta de maneras casi idéntica a una mosca real. La simulación permite observar conductas complejas como orientación hacia estímulos, evasión de obstáculos, movimientos coordinados e incluso patrones automáticos de limpieza corporal. Todo ello emerge simplemente de la interacción entre neuronas digitales organizadas de la misma manera que en el cerebro biológico original.
Y aquí aparece la conexión con el debate entre el dualismo y el fisicalismo: Si el comportamiento de un organismo —aunque sea uno tan simple como una mosca— puede ser explicado completamente en términos físicos, entonces parece que no hay necesidad de postular nada “extra”. No hace falta añadir un alma o una sustancia mental distinta para explicar su comportamiento. Si todo el comportamiento de la mosca puede explicarse y reproducirse a partir de su estructura neurológica, ¿qué papel quedaría para una entidad no material? ¿Qué añadiría exactamente?
Por supuesto, es importante no exagerar lo que se ha conseguido. Los propios investigadores han sido muy claros respecto de las limitaciones actuales del proyecto. La simulación todavía simplifica muchos aspectos de la biología real. Las neuronas digitales no reproducen todas las complejas propiedades bioquímicas de una neurona verdadera. Además, muchas dinámicas internas del cerebro siguen siendo poco comprendidas.
Y, por supuesto, existe una diferencia abismal entre una mosca y un ser humano: El cerebro humano contiene aproximadamente 86 mil millones de neuronas, lo que lo hace cientos de miles de veces más complejo que el de una mosca. Replicar un cerebro humano completo requeriría cantidades gigantescas de información, poder computacional y conocimiento científico que todavía no está a nuestro alcance.
Sin embargo, la importancia de este experimento no radica en sus resultados, sino su potencial para cambiar la conversación. Desde la antigüedad hasta el día de hoy, el debate entre el dualismo y el fisicalismo se ha conducido en términos abstractos y filosóficos. Este nuevo marco teórico, sin embargo, introduce la posibilidad de abordar la cuestión desde una perspectiva experimental y empírica. La dificultad deja de ser metafísica y se reduce a un problema práctico: conseguir simular, neurona por neurona, un cerebro humano completo. Un problema complejo, sin duda alguna, pero que eventualmente será resuelto.
Podemos imaginar un futuro —quizás no tan lejano como pensamos— en el que finalmente logremos reproducir digitalmente un cerebro humano completo. Supongamos que esa simulación hablara exactamente igual que la persona original. Que tuviera sus mismos recuerdos, su misma personalidad, sus mismos miedos, sus mismos gestos y manías. Supongamos incluso que insistiera en que posee conciencia y sentimientos reales. ¿Qué concluiríamos entonces? ¿No demostraría que aquello que llamamos “mente” emerge simplemente de la organización física del cerebro? ¿No sería esta evidencia sólida de que las “almas” no existen?
Pero la pregunta también funciona en dirección contraria. Si algún día lográramos reproducir con absoluta precisión cada neurona y cada conexión de un cerebro humano y, aun así, el resultado no mostrara comportamiento consciente o no se pareciera psicológicamente a la persona original, entonces el dualismo adquiriría una fuerza completamente nueva, pues eso parecería demostrar que hay algo más allá de la estructura física del cerebro; algo que no puede ser capturado únicamente mediante neuronas y conexiones. quedaría demostrado que somos “algo más” que nuestros cerebros.
Vivimos, ciertamente, en tiempos interesantes.
