¿Puede el Jesús Histórico despertar devoción?

Como expliqué anteriormente, el Jesús Histórico, es decir el Jesús que emerge de la investigación histórica, es un Jesús muy distinto del predicado por la teología tradicional. El Jesús Histórico fue un profeta apocalíptico, un predicador itinerante que estaba convencido que el Fin de los Tiempos estaba a la vuelta de la esquina y de que era necesario prepararse para ello. El corazón del mensaje del Nazareno parece encontrarse en Marcos 1:15, “Se ha cumplido el tiempo. El reino de Dios está cerca. ¡Arrepiéntanse y crean las buenas nuevas!” Ahora bien, esta imagen de Jesús como un entusiasta apocalíptico naturalmente causa un problema a la teología tradicional, entre otras cosas porque significaría que Jesús, Dios encarnado, estaba equivocado.

¿Puede este Jesús despertar sentimientos de devoción? ¿No se ha hecho humano, demasiado humano para ser un objeto de adoración? Parecería ser una actitud razonable. Sin embargo, esta conclusión no es compartida por muchos quienes investigan la vida de Jesús. En efecto, como expliqué en otra ocasión, muchos de los que investigan al Jesús Histórico son cristianos (lo que tiene sentido, ¿quienes más dedicarían su vida a investigar la vida de Jesús de Nazaret?).

DaleEn esta entrada, les compartiré el emotivo epílogo de la excelente obra de Dale Allison “Jesús, Profeta Milenario”. En este libro académico, Dale Allison investiga desde el punto de vista antropológico los paralelos existentes entre el cristianismo primitivo y otros movimientos apocalípticos o milenarios de otros contextos históricos y culturales. Los movimientos apocalípticos o milenarios normalmente emergen en climas de opresión o angustia social, respondiendo a una fuerte sensación de que algo anda mal en el mundo haciendo inevitable que Dios deba de manifestarse pronto para repararlo. El movimiento milenario fundado por Birsa Munda, por ejemplo, apareció en la India colonizada por Inglaterra y fue una expresión del deseo de los nativos de liberarse del yugo de sus colonizadores. Del mismo modo, la milenaria prédica de Wovoka expresó la esperanza de los nativo-americanos de que Dios les devolviese sus tierras perdidas.

Ahora bien, si bien es verdad que el libro de Dale Alison está escrito desde una perspectiva estrictamente académica, lo cierto es que Alison también es un teólogo protestante. Así, en el epílogo de su obra, Allison abandona por completo el tono riguroso y metódico de su investigación científica y en vez de eso nos presenta una íntima confesión de fe centrada no en el Cristo de la teología tradicional, sino en el Jesús humano, demasiado humano, que emerge de la investigación histórica:

“A veces los sueños son mas sabios que el despertar” – Alce Negro

Él no se nos acerca como un desconocido. Lo conocemos bastante bien. Jesús es el profeta milenario. Él es Wovoka. Él es Mambu. Él es Birsa. Lo que creamos del más pequeño de estos hermanos suyos, en gran extensión, también lo creemos de Él.

Jesús es el profeta milenario del juicio, la encarnación del divino descontento que se mueve entre todas las cosas. Él ve a quienes se pavonean en largas túnicas y se sientan en los mejores puestos de las sinagogas mientras les cierran a los demás las puertas del reino. Él ve a un hombre rico vestido de púrpura y fino lino, que come suntuosamente todos los días mientras que en su puerta yace el hambriento Lázaro sin otros amigos que los perros que le lamen sus llagas. Él ve personas hermosamente adornadas, viviendo en lujosos palacios mientras se entretienen con la cercenada cabeza de Elías venido de nuevo. Lo que Nietzsche llamó de forma apta, aunque desdeñosa, una “moralidad de esclavo, de castidad, abnegación, y obediencia absoluta” le permite a Jesús ver la verdad de quienes buscan el Poder en vez de la Justicia. Son una generación perversa, los que blasfeman contra del Espíritu Santo, los primeros que se volverán los últimos. Jesús sabe que Dios prometió nunca más destruir el mundo con un diluvio, pero de todos modos se prepara para el diluvio del final de los tiempos. Se prepara para el bautizo con el cual Él será bautizado.

Jesús es el profeta milenario de la consolación y esperanza que reconforta a aquellos que lloran. Él ve a los pobres, los hambrientos y a los marginados, y proclama que los últimos serán los primeros. Él hace lo mejor de una mala situación: las cosas no son como parecen; todo va a estar bien. Él declara, contra toda evidencia, que los oprimidos y destituidos no son miserables sino benditos. Ellos tienen un tesoro en el Cielo. Ellos serán recompensados en la resurrección de los justos.

Jesús es el profeta milenario cuyo realismo es tan grande que debe abandonar este mundo, la lujuria de los ojos y el orgullo de la vida. Él sabe que nosotros, siendo malos, no podemos arreglar las cosas, que el muro no puede escalarse a sí mismo. ¿Qué tan malas son las cosas? ¿Cómo es el mundo realmente? El enviado de Dios es despreciado como un aliado de Belcebú, y la ciudad del gran rey asesina a los profetas y apedrea a sus enviados. Claramente algo ha ido irremediablemente mal. El reino de Dios es violentado.

Pero con Dios todo es posible. Y así Jesús se convierte en un místico como Daniel. Mientras observa, los tronos se alzan. Él contempla a la reina del Sur levantándose de entre los muertos. Él ve a quienes se arrepintieron por la proclamación de Jonás condenar a quienes no se arrepintieron por la predicación de quien es más grande que Jonás. Nada permanecerá oculto. Todo lo que esté cubierto será descubierto.

La generación de Jesús, sin embargo, pereció. Todos probaron la muerte. Y no fue el reino de Dios el que apareció sino los burlones que preguntan “¿qué hay de la promesa de su llegada?” Pues todas las cosas continúan como desde el inicio de la creación. Jesús, el profeta milenario, como todos los profetas milenarios, estaba equivocado: la realidad no se ha percatado de su imaginación. ¿No fue todo un sueño, una fantasía, un mito en el sentido derogatorio de la palabra?

Antes, hace mucho tiempo, Cristo crucificado era una insensatez, la gran roca de ofensa. Hoy para nosotros, sin embargo, las cruces son joyas. Hoy es el estatus de Jesús como un profeta milenario lo que causa tropiezo a quienes creen. No es de sorprenderse que los oradores de nuestro tiempo, tanto ortodoxos como liberales, han intentado persuadirnos que nos hemos preocupado innecesariamente. Jesús, nos consuelan, no fue un insensato respecto del Fin. No era un entusiasta apocalíptico. Estos apologetas del enviado de Dios escogen y extirpan de la tradición todo aquello que parece contradecirlos o erróneamente interpretan sus palabras. El resultado es el mismo. Sea que la confusión haya sido de sus primeros seguidores o de los interpretes de nuestros días, Jesús es exonerado. Cuando se acercó a Jerusalén Él no creía que el reino de Dios iba a aparecer de inmediato. Podemos culpar a sus estudiantes, quienes en su error escatológico no fueron como su Maestro.

Pero no todo fue dicho en parábolas, y Marcos quizá estaba en lo correcto cuando escribió que Jesús les explicaba todo en privado a sus discípulos. Ciertamente, Jesús no era un obscurantista Délfico, ni tampoco las fuentes de su vida nos lo han oscurecido mucho para nosotros. Parece haberse expresado con bastante claridad. Y de lo que habló con claridad era un mundo viejo hecho nuevo, un mundo corrupto hecho incorrupto. No ha llegado. ¿Llegará algún día?

Y, aun así, a pesar de todo, para quienes tengan oídos para oír, Jesús, el profeta milenario del juicio y la salvación, dice las únicas cosas que valen la pena ser dichas, puesto que su sueño es el único que vale la pena ser soñado. Si nuestras heridas nunca sanan, si el horrendo espectáculo de la historia llena de tristeza cataclísmica nunca es reparado, si no hay nada más para quienes fueron asesinados en los campos de concentración o para los niños de seis años devorados por el cáncer, entonces comamos y bebamos puesto que mañana moriremos. Si al final no hay un Dios bueno que calme este mar de horrores, resucite a los muertos y le de las buenas nuevas a los pobres, entonces este es en efecto un cuento contado por un idiota, que significa nada.

 

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